Opinión

Inteligencia pop

De hombres a dioses

¿Cómo es posible que De hombres a dioses, de Yuval Harari, haya alcanzado un prestigio de libro de cabecera para muchas personas inteligentes?



De hombres a dioses pretende ser una “breve historia de la humanidad”. Su autor, el historiador Yuval Harari, intenta resumir en 450 páginas la evolución de nuestra especie. El Homo Sapiens, que en sus orígenes fue un simio insignificante, ahora estaría “a punto de convertirse en un dios”. Afirmaciones exageradas como esta son sólo uno de los problemas del libro de Harari.

De hombres a dioses ha conseguido una gran popularidad entre un público inteligente pero no especializado. Barack Obama y Mark Zuckerberg lo han recomendado. En efecto, este ensayo histórico ofrece una lectura entretenida, a ratos absorbente, que sobrevuela los milenios interpretando con audacia algunas de las peripecias más complejas de la historia humana.

Harari hace ese recorrido tan ambicioso armado con una ideología básicamente biológica y evolutiva. Para él la historia es “la fase siguiente en el continuo que va desde la física a la química y a la biología”. Esa perspectiva lo conduce a aplicar una mirada cientifista y materialista al devenir humano, incluso cuando se trata de los asuntos más espirituales.

Harari nos informa que el Homo sapiens superó a las otras especies animales y humanas (por ejemplo, los neardentales) gracias a “esa característica realmente única de nuestro lenguaje [que es] la capacidad de trasmitir información acerca de cosas que no existen en absoluto”.

Para Harari las leyendas, los dioses, las leyes, el dinero, las empresas y otras entidades como estas, son inexistentes. Todas estas cosas serían “ficciones” que los humanos somos capaces de imaginar colectivamente, y por lo tanto compartir. Estas “ficciones compartidas” tendrían función evolutiva: permitirnos cooperar en tareas tan complejas como la política o la economía. Y esto le daría a nuestra especie una ventaja insuperable sobre las demás.

Subrayar la capacidad de abstracción del lenguaje humano es una obviedad. Seguramente por eso Harari les pone a las abstracciones un nombre más espectacular: “ficciones”. Pero también lo hace obligado por su concepción materialista de lo real. En una de sus páginas más didácticas y a la vez más ingenuas, Harari nos enseña que la empresa Peugeot no es real, es sólo una ficción legal. Y lo mismo afirma acerca de la justicia, los derechos humanos, etc.

Decidir qué es lo real es un problema filosófico eterno que ha merecido soluciones bastante más complejas que el crudo materialismo de Harari. Por ejemplo, podría afirmarse que la justicia no existe porque no podemos tocarla o verla. Pero lo que sí existe es nuestro acuerdo en considerar real a la justicia.

La insistencia de Harari en la irrealidad de las abstracciones podría parecer pueril, sino fuera porque es imprescindible para la confusa ideología naturalista subyacente en su libro. El autor de De animales a dioses fustiga a menudo a los “humanistas” que se hacen ilusiones sobre nuestra condición única y especial. Para él, nuestra especie sería sólo una variedad de mono evolucionada por azar. Los cortos 70.000 años de evolución de este mono humano no han bastado para que deje de ser un animal.

Lo anterior arrastra a Harari a una más de sus muchas contradicciones. Por una parte sugiere que el humanismo y la cultura, con su constelación de abstracciones, han separado al Homo sapiens de la naturaleza hasta convertirlo en el más eficiente “asesino ecológico en serie”. Pero a la vez Harari propone que nuestra separación de la naturaleza es un engaño, porque seguimos siendo mayormente un producto de nuestros condicionamientos biológicos. Incluso nuestras emociones y sentimientos son pura química: “A la gente le hace feliz una cosa y sólo una: sensaciones agradables en su cuerpo”. Lo único real sería la biología, el sustrato físico de nuestra vida.

Esa exacerbación materialista es central para la agenda que promueve Harari. Si los sapiens renunciáramos a nuestro orgulloso humanismo y reconociéramos nuestra esencial e insuperable animalidad, esto podría hacernos más solidarios con el resto de la fauna a la que causamos un enorme dolor. (El animalismo es una de las facetas ideológicas más patentes en este libro.)

Sin embargo, si sólo somos animales empeñados en la expansión de nuestra especie, y la moral es apenas una ficción útil para la cooperación y el éxito de los sapiens, ¿por qué diablos iba a inquietarnos el sufrimiento o destrucción de las demás especies? El desequilibrio ecológico sólo debería preocuparnos por razones egoístas, como que éste amenace nuestra subsistencia.

No obstante, ¿quién podría creer seriamente en esa amenaza a nuestra subsistencia tras leer un libro que culmina sus enredos postulando que la ciencia –otra supuesta “ficción”– está “a punto de convertirnos en dioses”?

De hombres a dioses contiene muchos datos, algunos muy sabidos y otros menos, mezclados en formas a veces originales y otras veces confusas. En este libro abundan las exageraciones, las contradicciones, las afirmaciones rotundas y autodesmentidas. (Una refutación detallada de las tesis de Harari puede encontrarse en un artículo reciente de C. R. Hallpike,  publicado en New English Review.)

¿Cómo es posible entonces que De hombres a dioses haya alcanzado un prestigio de libro de cabecera para muchas personas inteligentes?

Aventuro una explicación literaria. El estilo narrativo del libro de Harari es veloz y abigarrado. Sus imágenes son a menudo vistosas e ingeniosas. El lector queda mareado por la rapidez del relato (70.000 años recorridos en 450 páginas) y por los anuncios espectaculares (“El mayor fraude de la historia”, se llama un capítulo). El mareo aumenta cuando el mismo autor de esas afirmaciones rimbombantes luego las relativiza y hasta las desmiente en la “letra chica” de su desarrollo. El estilo narrativo de Harari, sensacionalista y grandilocuente, impresiona con su erudición y su audacia. Pero este mismo deseo de impresionar al lector a cualquier costo también delata su esencial frivolidad.

De animales a dioses es un ensayo más ingenioso que inteligente y más provocativo que profundo. Es un ejemplar de ese subgénero intelectual que rellena las listas de superventas y que podríamos llamar “Inteligencia pop”. Una especie de inteligencia superficial pero muy agresiva, cuya rápida expansión amenaza nuestra moderna ecología cultural.