Opinión

¡Intolerancia extrema!

Bajezas

En un país eternamente polarizado por la clase política, las heridas infligidas podrían ser difíciles de restañar



Uno de los resultados más graves después de cinco meses continuos de lucha cívica, ha sido la manera como se ha profundizado la intolerancia. El fenómeno se agudiza debido al déficit histórico acumulado. Las desavenencias y rencores se han disparado de manera alarmante. Siguen creciendo. El desencuentro entre las familias nicaragüenses ha empeorado durante estos meses. Los llamados a la cordura y al entendimiento son desoídos. El agravamiento provocado por los desencuentros está provocando grietas en el tejido social. En un país eternamente polarizado por la clase política, las heridas infligidas podrían ser difíciles de restañar.

Las oportunidades históricas que hubiesen servido para trascender este primitivismo colectivo —el triunfo de la revolución sandinista en 1979, la llegada al poder de Violeta Barrios de Chamorro, el regreso a la presidencia de Daniel Ortega, para citar ejemplos de nuestra historia reciente— han sido desaprovechadas y malversadas. En vez de resolver las diferencias mediante el diálogo y la negociación, los políticos han actuado a la inversa. Con cálculo premeditado han azuzado a sus seguidores contraponiéndoles unos con otros. Los políticos han sido reincidentes. Las ambiciones de poder han prevalecido sobre cualquier otra motivación o consideración ciudadana.

Las posibilidades de la continuidad del Diálogo Nacional son entorpecidas ante la renuencia de diferentes actores de tratar de moderar su proceder y deponer un lenguaje violento, cargado de adjetivos altisonantes. La persecución y encarcelamiento de dirigentes y personas afines a la rebelión cívica arrecia el conflicto. Imposibilita que Nicaragua retorne a la normalidad. ¿Cómo va a ser posible que el país se encamine hacia una situación de estabilidad política y económica, cuando decenas de personas son detenidas por el simple hecho de disentir? La estabilidad solo será fruto de un entendimiento nacional o no será. ¿Resulta difícil o imposible entenderlo?

La historia nacional es rica en enseñanzas que no se han querido aprender. Casi todas han sido desdeñadas. Solo cuando el número de muertos, heridos y prisioneros desangra al país de manera inmisericorde, las fuerzas contendientes se sientan a negociar. Sólo así se pudo poner fin a la guerra con los contras. Los ciclos de violencia terminan con altísimos costos. La paz en Nicaragua casi siempre ha sido una derivación de acuerdos alcanzados en mesas de negociaciones. Nunca antes. Triste tener que recordarlo. ¿Será que la sensatez se imponga antes que continúe acrecentándose el número de muertos y heridos? Esta es mi más cara esperanza.

La crisis se alienta recurriendo a la agitación, propaganda y contrapropaganda. Hay que enervar los ánimos. Ponerlos al rojo vivo. La intención es predisponer a los seguidores a actuar de la manera más descarnada. A no tener escrúpulos. Ensañarse con el otro. A desconocerlos como personas. Convertirlos en simples piezas de un tinglado que para conquistarse impone una actuación que sobrepasa a toda consideración humana. Simples fichas que torpedean la vocación autoritaria de quienes dirigen las fuerzas en pugna. No hay asomo de indulgencia. Tampoco se llega o quiere comprender que estamos frente a una lucha fratricida. Darío profético.

Deben realizarse esfuerzos para regresar a la mesa de negociaciones, buscar una salida pacífica, reencontrar el camino del diálogo y el entendimiento. Si la presencia de organizaciones internacionales se convierte en un imperativo para alcanzar la paz, todas las energías deben encaminarse en esa dirección. Hay que buscar y encontrar garantes confiables que refuercen el trabajo desarrollado por la Conferencia Episcopal de Nicaragua. Muchas veces siento la sensación que las invitaciones hechas por el presidente Ortega solo tienen la intención de ganar tiempo a su favor. ¿Pero cuál tiempo? El tiempo acaba. El país prosigue viajando hacia el despeñadero.

No existe político que se rehúse a recurrir al análisis de coyuntura o hacer un balance de sus fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. El análisis de fuerzas supone la posibilidad de incidir en el rumbo de la sociedad. Saber quiénes están a su favor y quiénes se oponen o disienten de su conducción. Una obsesión de los políticos. En situaciones críticas tienen que hacer recuentos diarios sobre la marcha de los acontecimientos. A nivel interno y a nivel internacional. Máxime ahora que la globalización se impuso con todo su rigor. Cuáles son sus principales aliados y quiénes integran las fuerzas oponentes. Un ejercicio cotidiano ineludible.

La caída de los precios internacionales —con una tendencia sostenida hacia la baja— tiene que ser objeto de preocupación primordial para los gobernantes. Los precios de los principales productos de exportación de Nicaragua están a la baja, según el Centro de Trámites para las Exportaciones. Ocho de los veinte productos generadores de divisas, vienen perdiendo precio. El más afectado ha sido el sector bananero (-23.1%), seguido la azúcar de caña (-12.8%), el café oro con menos 12%, aceites y grasas, menos 8.6%, ganado bovino con menos 8.1%, rones con menos 8%, maní con menos 7.1% y la carne de bovino con menos 1.1%. Un cuadro económico negativo.

Durante los últimos años distintas encuestas presentadas por Cid Gallup y M&R, señalaban que el principal problema de los nicaragüenses es la falta de empleo. A partir de los sucesos de abril, con el cierre de empresas, hoteles, restaurantes y la caída en picada del turismo, Nicaragua perdió trescientos cuarenta y siete mil empleos según el último estudio de la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (Funides). La reciente encuesta de Amcham es igualmente preocupante. El 60% de sus empresas afiliadas despidió al 10% de su personal y el 3% corrió a más de la mitad. Con la incertidumbre que el 46% cree que tendrá que disminuir su personal.

La pérdida de empleo, detenciones, el envío de mensajes acusatorios contra muchísimas personas a través de las redes sociales, ha provocado nuevamente la salida de millares de personas. La pérdida de cerebros ocurre como aconteció durante la guerra de agresión en los ochenta. La oficina de migración costarricense afirmó que al menos veinte mil nicaragüenses. Una cifra conservadora. La diáspora continúa. La existencia de la crisis impide contenerla. La salida de médicos, enfermeras, veterinarios, ingenieros y maestros de obra tendrá efectos perdurables. La incidencia de la crisis política ha tenido resultados catastróficos en el sector comercio.

Con un cuadro político adverso y una economía en contracción, no hay más alternativa que regresar al diálogo. Es la única posibilidad de encontrar una salida menos dolorosa. El despliegue de las fuerzas policiales y paramilitares, el acoso a periodistas y medios, la intimidación y captura de los líderes de las protestas, no han sido efectivas. A estas alturas, el Gobierno debe comprender que el recurso de la fuerza no ha tenido los efectos esperados. La ciudadanía nicaragüense perdió el miedo. Las últimas tres marchas —durante una semana— asediadas por antimotines, policías y fuerzas de choque, indican la ciudadanía persistirá en sus demandas.

Mientras las campañas de odio persistan de ambos lados, las probabilidades de un entendimiento verdadero se vuelven imposibles. El uso de un lenguaje escatológico, burlas contra los detenidos, afán triunfalista, memes denigrantes, videos infamantes, creación de páginas falsas para incriminar al otro, la circulación desmesurada de informaciones inexactas, etc., cargan el ambiente de nitroglicerina. Ponen densa la atmósfera. El aire se ha vuelto irrespirable. Muchas personas transformaron las redes en plataformas de agresión. Su naturaleza viral empeora la situación. Las expresiones de civismo son muy pocas. Podría decir que fueron confiscadas para fines espurios.

En su ambigüedad, las discrepancias alentadas a través de las redes sociales son de una agresividad extrema. El interés por un genuino entendimiento pasa por desactivar expresiones y videos encaminados a exacerbar los ánimos. ¿La vida de centenares de nicaragüenses no vale una tregua? Con justa razón Vicente Huidobro, el gran poeta chileno, exclamó: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”. Los discursos alentando la discordia no deberían tener cabida en el momento actual. Tampoco el doble discurso. Las actuales circunstancias exigen actuar de la manera más ecuánime y transparente. Deponer actitudes violentas constituye un requerimiento impostergable.

Queda muy poco tiempo para recapacitar y reconducir las contradicciones. Los gobernantes deben ser los más urgidos. Las expresiones extremas de intolerancia provienen de su lado. No por eso queda exento el sector social, político, económico y cultural opuesto al Gobierno. Las intervenciones de la vicepresidente Murillo generan resentimiento. Las manifestaciones cívicas son reprimidas. En el colmo de la absurdez y como muestra de un surrealismo pueblerino, instruyeron a sus aliados reventar las chimbombas azul y blanco. Con estas muestras de intolerancia se vuelve difícil pensar que existe genuino interés por volver a las negociaciones. ¡El compromiso es de todos!