Opinión

¡Jamás renunciar al diálogo!

Nicaragua estudiantes diálogo nacional

Siempre se adujo que la participación del presidente Ortega en el Diálogo Nacional no era sincera. Acudió presionado por la situación.



¿Su participación no era sincera? Siempre se adujo que la participación del presidente Daniel Ortega en el Diálogo Nacional no era sincera. Acudió presionado por la situación. En Nicaragua nadie esperaba lo acontecido a partir del 18 de abril. El estallido de las protestas, una explosión que conmovió a todos. La rapidez con que se expandió fue insólita. La manera como los estudiantes repelieron a las fuerzas de choque en Camino de Oriente, fue un hecho inédito. Totalmente inesperado. La golpiza propinada por dirigentes del Centro Universitario de la Universidad Nacional (CUUN) al anciano Nicolás Palacios, además de grave, inaudita. Enardeció los ánimos. Era insólito que un miembro del CUNN, después de agredirle por protestar ante la disminución de su pensión, ya caído en suelo lo vejara sin remordimiento.

La tarde del 19 de abril los estudiantes universitarios capitalinos —especialmente los estudiantes de la UCA— decidieron nuevamente enfrentar a las fuerzas de choque del gobierno, cobijadas bajo el eufemismo de Juventud Sandinista. La reacción estudiantil incendió la pradera. En menos de 24 horas empezaron las protestas por todo el país, no solo los estudiantes. Como en ocasiones anteriores eran la avanzadilla. Los líderes estudiantiles encabezan las protestas. ¿Quién iba a pensar que con la velocidad del rayo se sumarían estudiantes de la UNA, UNI, Upoli y UNAN-Managua? El miedo era cosa del pasado. Ciudadanos de Masaya, Boaco, Matagalpa, Rivas, Granada, Chontales, Nueva Segovia, Rivas, Jinotega, Región Autónoma del Caribe Sur, Carazo y Estelí, expresaron su descontento. Nicaragua asomó desde entonces a otra realidad.

Cuando el presidente Ortega asistió al Diálogo Nacional, el país ardía en llamas. La Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN), convocó a la primera reunión el miércoles 16 de mayo, en la sede del Seminario Interdiocesano de Fátima. Los obispos habían aceptado la solicitud hecha por el mandatario. Decidieron ser testigos del cónclave. Las organizaciones defensoras de los derechos humanos contabilizaban en ese momento cincuenta y ocho (58) muertos. Una carga demasiado pesada para un dirigente que se precia de revolucionario. Ante la escalada represiva los dirigentes de la rebelión cívica habían puesto tranques en diversas carreteras y ciudades del país. El presidente llegó acompañado por la vicepresidente Rosario Murillo, el canciller Denis Moncada, el ministro de Hacienda Iván Acosta, el presidente del Banco Central Ovidio Reyes, el asesor económico Bayardo Arce y el diputado Edwin Castro.

El despliegue de fuerzas de seguridad utilizada por el comandante Ortega causó perplejidad. Al menos yo interpreté que esta determinación la había tomado debido a la gravedad de las circunstancias. Nunca antes había requerido desplegar a centenares de efectivos para protegerse. Las tomas televisivas mostraban una caravana interminable de vehículos y motorizados, así como de dos helicópteros sobrevolando los aires, mientras se desplazaba de su residencia en El Carmen hacia el seminario de Fátima. La Conferencia Episcopal, atendiendo sugerencias y reclamos, decidió finalmente que el Diálogo Nacional fuese televisado. En un país donde los diálogos políticos han devenido siempre en componendas y repartideras de poder, la ciudanía quería ver y conocer los pormenores de los temas que iban a tratarse.  

Un joven sorprendió al país. El vuelco radical fue la intervención de Lester Alemán. El estudiante de la UCA, increpó y señaló al presidente Ortega ser el verdadero responsable de las decenas de muertos ocurridos hasta entonces. Con voz grave le pidió su renuncia. ¿De dónde sacó tanto valor este muchacho, se preguntaba la gente? ¿Cómo es posible que un jovencito se atreva a tanto? ¿De dónde había salido? Meses después Alemán diría a la prensa, que al haber sido nombrado como delegado de sus compañeros, la noche anterior había estructurado y practicado, lo que la mañana del 16 de mayo dijo al comandante Ortega. Un mandatario hierático lo escuchó y quedó viendo. No movió un solo músculo de la cara. La única que se mostró molesta fue la vicepresidente Murillo. El país permanecía expectante.

Los presentes no terminaban de asimilar la intervención de Lester Alemán, cuando Madeleine Caracas sumó su voz. El presidente pidió que le señalaran nombres de los muertos, la joven Caracas adelantó que ella lo haría. Esta es la lista. Álvaro Conrado de 15 años, presente, Francisco, presente, Mario, presente, Carlos, presente, Orlando, presente, Kevin, presente, José, presente, Jesner, presente, Halintong, presente, Marlon, presente… La respuesta en coro de sus compañeros estrujó corazones. Una vez más los estudiantes —igual que el 23 de julio de 1959 en León, donde fueron masacrados Erick Ramírez, Mauricio Martínez, José Rubí y Sergio Saldaña— se inmolaban por una Nicaragua para todos. Con aplomo ratificaban su hidalguía. Eran y siguen siendo auténticos portavoces del sentir popular. Sus cabezas más visibles.

Al final de la reunión, Bayardo Arce quiso intervenir; en lo poco que dijo, dejó claro que la delegación gubernamental llegaba al Diálogo Nacional expresamente a abordar y tratar de poner fin a los reclamos desatados por las reformas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS). Con el amago de Arce quedó en evidencia que nunca imaginaron que las protestas habían dado un giro de ciento ochenta grados. Atrás quedaba la petición de derogar las reformas al reglamento del INSS. El comandante Ortega —no obstante— emitió el decreto presidencial 04-2018 derogándolas. Después que las partes consensuaron una agenda, el Diálogo Nacional —con más bajas que altos— entró en período de intermitencia. La disposición no varió un ápice la decisión de seguir con la rebelión desatada en su contra.

Mientras desarticulaba los tranques a sangre y fuego, el presidente había aceptado la presencia en Nicaragua de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de los delegados del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. El 19 de julio, durante la celebración del aniversario de la revolución sandinista, el comandante Ortega atacó de forma virulenta a los obispos. Los señaló de golpistas. Intentó recomponer la delegación del CEN en el Diálogo Nacional. El Vaticano no accedió. Aun así, los obispos de la iglesia católica han insistido una y otra vez, haciendo llamados al presidente para que regrese a la mesa de negociaciones. Nicaragua es un país donde los diálogos no fructifican en los términos que la ciudadanía lo espera. Siempre derivan en repartos de granjerías y puestos públicos. Con los estudiantes era imposible que ocurriera algo parecido.

Jamás renunciar al diálogo. La visita del canciller Moncada al secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, pidiendo la intervención de ese organismo como garantía para la continuidad del Diálogo Nacional, abrió nuevas esperanzas. La visita de Moncada ratificaba las afirmaciones vertidas por el presidente Ortega a la prensa internacional. Estaba interesado en que la organización de más alta representatividad mundial mediara en Nicaragua. Es lógico que los políticos siempre traten de ganar tiempo. Una máxima inviolable. ¿Por qué el presidente Ortega no iba hacerlo? Lo contradictorio era que mientras Moncada pedía en Nueva York que la ONU sirviera de garante, el presidente expulsaba a la delegación del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. ¿Un doble juego político? Ahora así es percibido.

Una constante del comandante Ortega, en sus declaraciones a la prensa internacional —todavía no se decide brindar entrevistas a los periodistas nicaragüenses— ha sido la naturaleza contradictoria de su narrativa. En cada una de las entrevistas hace afirmaciones diferentes. ¿Habrá pensado cuánto daño le hace esta estrategia discursiva? ¿Seguirá creyendo que en la era de la posverdad él también está habilitado a jugar con la verdad? ¿Sus asesores de prensa no le habrán explicado que los medios —tanto nacionales como internacionales— funcionan como un sistema? En ningún momento de su gestión, como durante los últimos cinco meses, la prensa internacional, como gobernantes de muchísimos países, tienen puestos sus ojos en cada una de sus afirmaciones. Un juego riesgoso. Complejo y complicado.

Ante la insistencia de la prensa internacional sobre la necesidad e importancia del diálogo, sus más recientes declaraciones indican que las posibilidades de sentarse a negociar con los miembros de la Alianza Cívica, resultan improbables. ¿Es válido un diálogo en los términos en que lo ha propuesto? ¿Dialogar únicamente con sus bases? En la entrevista que concedió a la televisión alemana, Deutsche Welle, el presidente Ortega respondió que “se hizo un intento, pero no funcionó”. Su respuesta ha sido interpretada como un rechazo a la mediación de la ONU. ¿Será? El comandante Ortega desea entrevistarse con el presidente estadounidense Donald Trump. Un deseo legítimo. Cómo legítimo resulta también que dialogue con las fuerzas que le adversan. Veo muy remota la posibilidad de que pueda hablar con Trump.

El cardenal Leopoldo Brenes fue muy preciso, el diálogo debe ser entre las partes en conflicto. Después de iniciado el Diálogo Nacional, el presidente Ortega ha buscado integrar a otros actores. El expresidente Arnoldo Alemán ha querido alegremente participar. ¿Una quinta columna? Nadie lo duda. Monseñor Brenes está clarísimo “que estamos viviendo una situación difícil y todo el mundo está preocupado por nosotros”. Con justa razón consignó que los diálogos siempre se dan con aquellas instituciones o personas con quienes se tienen diferencias. No entre los mismos. Hay que insistir una y otra vez en la continuidad del Diálogo Nacional. Jamás debemos renunciar al diálogo. Es la forma menos costosa y más civilizada para encontrar una salida a la crisis política que estremece a Nicaragua. Los gobernantes son los más obligados en estas circunstancias.