Opinion

La arenización del FSLN

La masacre de 2018 acabó con la organización que alguna vez rechazó el terrorismo como método de lucha

La apropiación del FSLN por Daniel Ortega ha llevado a este partido a recorrer una trayectoria inversa a la de ARENA de El Salvador. El primero, nacido como movimiento político-militar de izquierda, tras un breve período de institucionalización, ha terminado en una organización paramilitar con escuadrones de la muerte que reivindican la violencia para mantener en el poder a su líder. El segundo, de origen paramilitar anticomunista y con escuadrones de la muerte, ha pasado por un largo proceso de institucionalización como partido con altos y bajos, sin perder su vertebración en torno al poder político de la oligarquía salvadoreña.

En el trayecto de su involución, el FSLN experimentó una acelerada desinstitucionalización y tres rupturas en su ética, su mayor capital político: La piñata en 1990, el pacto con Arnoldo Alemán en 1999 y la masacre de 2018. ARENA ha continuado su tránsito a pesar del trauma de haber sido desalojada del gobierno en 2009, y aunque ha rebajado su perfil anticomunista, no ha variado su naturaleza clasista.

Hay suficientes evidencias recientes de la degradación del FSLN a organización aglutinada en torno a la violencia: la creación de la Asociación Consejo para la Defensa de la Patria (CODEPAT), que intenta blanquear el paramilitarismo como en su tiempo lo fueron ORDEN y FAN en El Salvador; el asesinato de Eddy Montes y la brutal golpiza a otros presos políticos, a manos de guardas de prisión cegados por la rabia partidista; y el secuestro de Zayda Hernández practicado al más puro estilo de los sicarios mafiosos con la intención de aterrorizar.

Si las dos primeras rupturas acabaron con la imagen de un FSLN probo e inclaudicable, la masacre de 2018 acabó con la organización que alguna vez rechazó el terrorismo como método de lucha para evitar poner en peligro a la población no combatiente. Pero terminó también con la versión del partido como representante de intereses generales, articulada en torno a nobles propósitos como la igualdad y la justicia social. Al contrario, cuando ordenó disparar contra personas desarmadas se convirtió en la negación de su supuesta vocación humanista para convertirse en un aparato terrorista; y al desatar la espiral represiva derivó en lo que nunca había sido, en una horda apiñada en torno a la violencia como única ideología, con el único propósito de defender la permanencia de su Señor en el poder.

En este camino de violencia y muerte, el FSLN se ha despojado incluso de su consigna señera. El acrónimo PLOM que en la clandestinidad firmaba las comunicaciones internas y que sintetizaba Patria Libre o Morir, se ha convertido, de la mano de los fanáticos armados, en PLOMO, en bala, el proyectil con que se amenaza a quienes se oponen a la dictadura. PLOMO se pinta en las paredes de los sentenciados a muerte, PLOMO se esgrime desde la impotencia de quien se sabe derrotado, PLOMO promete quien sabe que todo está perdido, que la derrota de 2018 ha sido peor que la de 1990.

La masacre de 2018 cerró el ciclo de la debacle ética del FSLN. Cada día salen a luz nuevas atrocidades y se confirma la ruina institucional a la que ha llevado a todo el Estado, en particular la policía, el ejército y el sistema judicial. Al igual que el FSLN todo el Estado es un engranaje para reprimir, mentir y matar.

De la mística sandinista, la que construyeron con su ejemplo los que vivieron “como los santos”, Jorge Navarro, Leonel Rugama, Julio Buitrago, José Benito, Douglas Mejía…y cientos de muertos en nombre de la excepcionalidad ética del FSLN, no quedan escombros ni “casas llenas de humo”.  La masacre de 2018 y el terrorismo de Estado que se instaurado en nuestro país, terminó por demolerlo todo.

El FSLN de hoy no puede apelar a la superioridad moral de otros tiempos, la de “los más y los mejores”. El FSLN de hoy se arma para matar a quienes se le opongan, no importa la edad ni los derechos que les amparen. Se oculta detrás de pasamontañas porque no quiere que lo identifiquen ni pretende ser ejemplar; más bien quiere escarmentar, sembrar pánico, para que los rebeldes aprendan la lección. Se organiza igual que hace 40 años en escuadras y en unidades de combate contra un enemigo invisible y a la vez ubicuo, al acecho permanente. Sus voceros ladran a la luna sus amenazas, ya no prometen un mundo mejor sino que vomitan odio en contra de una población desarmada, represaliada, con familiares asesinados, presos o en el exilio.

Por más que intenten imitar el formato de antaño ya no hay épica ni ética. Ni hay heroísmo en masacrar la marcha de las madres, ni hay calidad moral cuando se asesina por la espalda a un preso político. Al contrario, las bridas de plástico con que amarraron las manos de Zayda son las mismas con que los escuadrones de la muerte de Arena ataban los pulgares de los asesinados en El Salvador.

Como otros partidos de izquierda, en sus inicios el FSLN lanzó un programa de cambio a la sociedad basado en una propuesta ética que prometía un futuro mejor construido por las mejores personas. Es difícil valorar cuánto ha cumplido o cuánto se ha desviado de su programa político, pero a la luz de lo vivido en el último año, queda claro que ha roto con las bases subjetivas en que se apoyaba su promesa de cambio. Al romper con las bases morales de sus actuaciones, rompió con aquella propuesta ética, el contrato que asumió con una parte de la sociedad. De aquel FSLN ya queda muy poco; casi nada.

Con la masacre de 2018 el FSLN llegó a la vía muerta que llegan las organizaciones ahogadas en la violencia, perdió su autoridad moral para vender o representar un futuro prometedor. El FSLN ya es el pasado; un pasado cruel y sangriento. El FSLN es el ancien régime, el viejo orden que se niega a morir pero que morirá irremediablemente.

Convertido en una banda de fanáticos armados, ya no tiene ética para ganar el consenso; sólo el terror para imponer su dominación. Al igual que los partidos tradicionales cayó al vacío por el puente roto entre la moral y la política.

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