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La conquista de la felicidad

Bertrand Russell asegura en una de sus obras que las pasiones que nos encierran son uno de los peores tipos de cárceles

Leyendo Historia intelectual del siglo XX, de Peter Watson, me encontré con una apretada síntesis de la vida intelectual del filósofo y matemático Bertrand Russell, lo cual me llevó a mis apuntes sobre varias de las obras que he leído de ese excelente escritor, entre ellas, La conquista de la felicidad.

A su muerte, a la edad de noventa y siete años, tenía más de sesenta libros en prensa. Sin embargo, el más original fue el enorme mamotreto cuyo primer volumen vio la luz en 1910, titulado Principia Mathematica, uno de los libros menos leídos del siglo, debido a su objeto de estudio, a su desmesurada extensión, y cuya minuciosa argumentación está hecha con el típico lenguaje lógico matemático. Es uno de los fundamentos de la Informática.

Pero Russell fue un escritor multifacético. Ha sido el único matemático ganador del Premio Nobel de Literatura –lo recuerdo para aquellos que no ven conexión entre ambas disciplinas—y su producción filosófica y literaria es una de las más sobrias y deliciosas que se haya escrito, especialmente por ese espíritu liberador de su pensamiento, a esa búsqueda permanente de la verdad y la confluencia de diversas ramas del saber.

La intención de Russell en Principios de Matemáticas era promover la idea de que las matemáticas se basaban en la lógica y podían «derivarse de una serie de principios fundamentales lógicos en sí mismos». Pretendía exponer, en el primer volumen, su propia filosofía de la lógica y explicar en detalle, en el segundo, cuáles eran las consecuencias matemáticas. La obra final llegó a tener 4 mil 500 páginas, casi las mismas que el libro homónimo de Isaac Newton.

Los peores tipos de cárcel 

Pero no es de Principia Mathematica que quiero hablar –ojalá alguna vez pudiera–, sino más bien, de esa obra sapiensal, La Conquista de la felicidad, escrita al final de su tercera edad, y que constituye una síntesis de la parte más humana y lírica de la vida de Russell, que por lo demás fue un pacifista y defensor de los derechos civiles.

Bertrand Arthur William Russell nació en Trelleck Gales, Inglaterra, de una familia perteneciente a la nobleza. Perdió a sus padres a la edad de tres años y fue educado por sus abuelos paternos. Recibió una educación muy esmerada y se especializó en filosofía y matemáticas. Trabajó como profesor en diferentes universidades y dio muchas conferencias. Se casó cuatro veces, sus tres primeros matrimonios acabaron en divorcio, nos dice Paul Strathern, en Russell en 90 minutos.

“Ciencia es lo que sabemos” —afirmó en una ocasión—; “filosofía, lo que no sabemos”, decía.

En síntesis, en La conquista de la felicidad, el autor asegura que las pasiones que nos encierran en nosotros mismos constituyen uno de los peores tipos de cárcel. Las más comunes son el miedo, la envidia, el sentimiento de pecado, la autocompasión y la autoadmiración.

El megalómano se diferencia del narcisista en que desea ser poderoso antes que encantador, y prefiere ser temido a ser amado, nos explica, en una clara alusión al sentido el poder descrito por Maquiavelo en el Príncipe. Advierte que dado que ningún hombre puede ser omnipotente, una vida enteramente dominada por el ansia de poder tiene que toparse tarde o temprano con obstáculos imposibles de superar.

Uno de los pasajes que más me encantan es cómo este filósofo anula todo sentimiento de superioridad de aquellos pensadores que se han sentido desdichados por su forma de ver el mundo.

“Estoy convencido de que los que, con toda sinceridad, atribuyen sus penas a su visión del universo están poniendo el carro delante de los caballos: la verdad es que son infelices por alguna razón de la que no son conscientes, y esta infelicidad les lleva a recrearse en las características menos agradables del mundo en que viven”, enfatiza.

Hay tantas ideas y sugerencias de Russell sobre la felicidad, que para los fanáticos de poner pensamientos dispersos en Facebook podría ser una mina de oro, pero desde luego, los fanáticos de esa red, al decir de Jaron Lanier, por lo general se comportan como una colmena digital que está creciendo a expensas de la individualidad y la originalidad. Ahí hay más dispersión que sistematicidad, pensamientos aislados más que una filosofía de la vida que se traduzca en un verdadero crecimiento personal.

El secreto de la felicidad 

El amor es un tema central en el pensamiento de este británico, y me encantó encontrar ecos del Arte de Amar, de Eric From, y en referencia, dice:

“El amor es una experiencia en la que todo nuestro ser se renueva y refresca como las plantas cuando llueve después de una sequía y el verdadero amor es aquel en cual no se confunde con un enfoque maternal o paternal, es decir, si amamos a alguien, no debemos esperar que ellos se comporten como nuestros padres”.

Y el Amor se sobrepone al sufrimiento:

Se puede sobrevivir incluso a las grandes penas; las aflicciones que parecía que iban a poner fin a la felicidad para toda la vida se desvanecen con el paso del tiempo hasta que resulta casi imposible recordar lo intensas que eran, dice en otra parte, para enfatizar que una vida feliz tiene que ser, en gran medida, una vida tranquila, pues solo en un ambiente tranquilo puede vivir la auténtica alegría.

La conquista de la felicidad, pareciera ir abordando todos los temas del teatro shakespereano, y no podía ser de otra manera para un escritor británico, pues habla del miedo, la envidia, el sentimiento de pecado –que la religión refuerza–, la manía persecutoria, para lo cual, el gran Bertrand Russell, nos da algunas recomendaciones.
La única cura contra la envidia, en el caso de hombres y mujeres normales, es la felicidad, y el problema es que la envidia constituye un terrible obstáculo para ésta, manifiesta. Recomienda que solo con darse cuenta de las causas de los sentimientos envidiosos ya se ha dado un paso gigantesco hacia su curación.

También afirma que la felicidad básica depende sobre todo de lo que podríamos llamar un interés amistoso por las personas y las cosas. “El secreto de la felicidad es este: que tus intereses sean lo más amplios posible”.
“La vida feliz es, en muy gran medida, lo mismo que la buena vida”, agrega.

El que no hace nada para distraer la mente y permite que sus preocupaciones adquieran absoluto dominio sobre él, se porta como un insensato y pierde capacidad para afrontar sus problemas cuando llegue el momento de actuar.
Es sorprendente que una mente matemática como Russell haya dedicado tanto tiempo y tantas páginas al tema de la felicidad. ¿Pero fue él feliz? Sus últimas entrevistas revelan un maravilloso sentido del humor, firmeza de carácter y resignación ante la muerte. Y lo más interesante de todo: no era creyente. Contrario a la personalidad histérica de Newton, el nuevo autor de Principia Mathematica, manifestaba un gran equilibrio en su personalidad y su visión del mundo.

Desde luego, para ser feliz se deben tener condiciones neurológicas sanas, pues de lo contrario, se requiere terapia o tratamiento psiquiátrico, cosa que muy pocas personas a veces aceptan necesitar.

Para saber más:
Historia de la filosofía Occidental, es una guía fantástica sobre filosofía, y Misticismo y Lógica, entre otras obras, son realmente obras que no deben falta en nuestra biblioteca de los clásicos.

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