Opinión

La construcción de la democracia en Nicaragua

Oponerse como un puño contra la dictadura, pero abrir la mano y los ojos y la boca y cuestionar permanentemente



Empiezo por lo obvio: estamos ante un problema muy complejo, de muchas dimensiones, entre ellas:

(1) la desigualdad de riquezas, que viene de la colonia con una persistente fuerza inercial, y cuyos beneficiarios tienen nombres propios y gran influencia política, a tal punto que dentro de buena parte de la oposición a Ortega ya es anatema cuestionarlos;

(2) los hábitos adquiridos por los ciudadanos a través de generaciones: la tendencia a excluir sin análisis a quienes piensan distinto; la tendencia a discriminar por origen social y hasta apariencia étnica (por ejemplo: para algunos, si es pobre, no sirve, es un “indio resentido”; para otros, si es rico, no sirve, es un “culo rosado”). El “ciudadano nicaragüense”, en otras palabras, es un concepto en formación, y muy frágil, ni siquiera reconocido por los grupos tradicionales del poder; una noción que nos une brevemente, lo que dura el incendio de una hoja, cuando tenemos enfrente a un enemigo terrible;

(3) la incapacidad general, en especial de los sectores “intelectuales” del país, a buscar la verdad “fuera de marcos teóricos”, o sea, fuera de racionalizaciones ideológicas, lo cual hace de la “historia” una fábrica de mitos. Algunos de ellos, en mi opinión:

(a) la guerra de los 1980 era inevitable, fue impuesta por el cruel imperio;

(b) el somocismo logró un “milagro económico” en los 1960, hasta comienzos de los 1970 (de hecho, muchos países subdesarrollados experimentaron lo mismo en esa época, por lo que no hay tal “milagro”);

(c) el FSLN “se corrompió después de 1990”, antes no hubo “piñata”. Esta versión es promovida incluso desde el anti-orteguismo, y es falsa;

(d) el FSLN dirigió una “revolución” en los años 1980, que colapsó por muchas razones.  Yo creo, y esto es un tema muy largo y difícil de exponer aquí, que lo de esos años fue más bien un proceso de restauración conservadora, cuyos resultados son visibles hoy en día: una sociedad cuyas riquezas están muy concentradas en manos de antiguas oligarquías, ampliadas una vez más–no es la primera vez–para incorporar a nuevos beneficiarios de la misma estructura del poder; una sociedad hiperreligiosa en la que la separación Estado-Religión no existe; una sociedad en la que el poder puede pelearse en las calles, donde mueren los más vulnerables, pero en la cual las decisiones se toman “a otro nivel”;

(e) el FSLN “se desvió” de “su programa democrático” en los 1980. En realidad nunca hubo tal programa, la democracia siempre fue vista como “democracia burguesa”, o sea, algo a ser superado, casi un obstáculo. El FSLN nunca fue democrático.

Y así como estos, muchos otros, que empiezan a construirse incluso alrededor de las luchas actuales, mejor dicho, alrededor del silencio que algunos quieren imponer dentro de la lucha actual, en nombre de una malentendida unidad.

Lo terrible es que esa unidad es, en sí misma, una ficción: los grupos de poder tradicionales (vean el punto (1) arriba) han encorralado a la dirigencia “visible”, semi-oficial, del movimiento contra Ortega-Murillo, mientras que muchos de los intelectuales a quienes me refiero en el punto (3) crean racionalizaciones, descalificaciones, o silencios contra la crítica constructiva.

Yo digo que hay que oponerse como un puño contra la dictadura, pero abrir la mano y los ojos y la boca y cuestionar permanentemente, porque de lo contrario no vamos a poder tener nunca una sociedad liberal-democrática. Y no quiero aceptar como designio insalvable los versos de Aharon Shabtai:

“Porque ha sido siempre así–
los asesinos matan
Los intelectuales lo hacen digestible,
y el poeta canta”