Opinión

La cooptación política

La novena, viene a ratificar que mientras una sociedad no termine de ahuyentar los fantasmas, estos reaparecerán en los relatos de sus novelistas



Tenía buen rato de no leer nada de Marcela Serrano, lo último que me había empinado fue Diez mujeres, (Alfaguara, 2011). No sé porque tuve que esperar siete años para reencontrarme con ella. Su preferencia por situar en el lugar exacto a sus personajes —mujeres sin prejuicios, fuertes, independientes— me seduce. No solo por darles el lugar que merecen, especialmente por la forma que hilvana sus relatos. No hay cabida para una dicotomía simplona. Esa absurdez de hablar de la existencia de una literatura femenina. Escrita por mujeres. Cortázar por su parte habla del lector-hembra, refiriéndose al lector que se repantiga en el sillón, sin implicarse jamás en un drama que debería hacer suyo; y el lector-cómplice, copartícipe de la experiencia que pasa el novelista en “el mismo momento y de la misma forma”. Pertenezco a esta segunda especie. Después que concluir la lectura de ciertas obras dejo de ser el mismo. Es el resultado de la magia contagiante que ilumina sus páginas. Su luz nos transforma.

Creo más que indispensable establecer estas diferenciaciones; rechazo la primera por inconsecuente y pretensiosa —huele a machismo—; asumo la segunda porque nunca logro escapar del influjo de los grandes creadores de ficción. Mario Vargas Llosa insiste sobre el particular. Nada más que no realiza ni se atreve a formular ninguna tipología. El tema lo asume con fe de carbonero. Declara que su mayor deuda la tiene más bien con los personajes de ficción y no con seres de carne y hueso. El mayor logro de estos imagineros consiste en hacernos creer como verdaderas las elucubraciones creadas bajo el prodigio de su imaginación. Vargas Llosa les llama la verdad de las mentiras. Cuando Iván Turguénev se zambulló en las profundidades del Quijote y Hamlet, los dos grandes arquetipos humanos, mostraba que los grandes creadores son capaces de resumir la argamasa de la que estamos hechos. El idealismo en estado puro y la razón en su quintaesencia. Todos tenemos algo de Quijote y de Hamlet.

Marcela Serrano prueba con solvencia la posibilidad de abordar temas políticos envueltos en papel maché. Moldea la historia a su gusto y perfección. Un deleite compartido. La novena (Alfaguara, 2016), viene a ratificar que mientras una sociedad no termine de ahuyentar los fantasmas, estos reaparecerán en los relatos de sus novelistas. Las atrocidades cometidas por los militares chilenos, comandados por el general Pinochet, siguen espoleando la imaginación, incluso de sus más recientes novelistas. Metida en un envoltorio romántico o tal vez debido a este subterfugio, muestra que la novela épica se resiste a morir. Mientras los horrores del pasado no sean asimilados, siempre habrá quienes los traigan de regreso para restregarlos en la cara. Testimonios irrebatibles que resurgen cada cierto tiempo. Alegatos de los que desean librarse quienes participaron como autores o encubridores de las tropelías cometidas por un régimen al que prohijaron y del cual ahora no quieren acordarse.

Todavía en los turbulentos años ochenta del siglo pasado tenía sentido hablar de izquierdas y derechas. El encanto del poder empezó a seducir por igual a unos y a otros. Las estrategias para alcanzarlo o retenerlo son utilizadas tanto por quienes se ubican en uno y otro bando. Serrano señala de qué lado se ubica Miguel Flores al inicio. Ahonda en la humanidad de Amelia. Ser dueña del fundo La novena no le provoca ninguna crisis existencial como las que vive Miguel Flores. Comparte lo que tiene y dispensa un trato por igual a las personas bajo su servicio. La única vez que hizo uso de su ascendiente fue para proteger a Miguel, confeso militante de izquierda, enemigo jurado de la satrapía de Pinochet. Con el recalentamiento de los conceptos las distinciones entre izquierda y derecha continúan difuminándose. No creo que desaparezcan. Mudarán de piel. Siempre habrá personas que se rebelaran contra el oprobio y obscenidad que supone la concentración ilimitada del poder y la riqueza.

Los semiólogos —esos engreídos capaces de diseccionar las obras hasta hacerles perder su esencia— saben lo que dicen. Plantean las distintas posibilidades de lectura que ofrecen poemas y novelas. La novena constituye un magnífico ejemplo. Un primer acercamiento sería apegarse a la afirmación explícita que hacen los publicistas. Se trata de una novela política. No por eso los lectores quedan maniatados de pies y cabeza. La mayoría de los críticos se han inclinado por destacar la reciedumbre de las tres mujeres que saturan su universo simbólico. Una reafirmación sobre la que vuelve la novelista chilena. Amelia, Sybil y Mel, constituyen la trilogía en la que descansa la propuesta creativa de Serrano. Sabe trasvasar sin remilgos la liberalidad, el erotismo, la sexualidad, el adulterio y plena independencia con que arropa a estas criaturas. Sybil, la prima inglesa, sirve de bisagra. Su manera de ver el mundo influye en Amelia como en su hija Mel. Dos mundos contrapuestos. Muy diferentes. Chile e Inglaterra.

Sensual y sensitiva, Amelia, burguesa incontaminada, no tiene reparos en ayudar a Flores, universitario de izquierda, hecho prisionero en 1985 —mientras protestaba— por esbirros al servicio de Pinochet. Es el único hombre en esta historia. Enviado al ostracismo, repelido por sus carceleros, visto con desdén y casi con desprecio por los habitantes que circundan el fundo de La novena, Miguel se convierte en protegido de Amelia. Su desprendimiento lo expresa con ternura candente. Una trama vertiginosa —recurre a saltos en el tiempo— salpicada de encontronazos y sinsabores, derriba el mundo político izquierdoso de Miguel. Sin quererlo y peor aún, hasta saberlo muchos años después, su paga ha sido injusta. Por su culpa Amelia es detenida por los militares. Los contrastes que hace Marcela Serrano, entre la vida burguesa de Amelia y la pobreza que consume la vida de Miguel, invitan a una segunda lectura. Podrían ser muchas más. Todo depende de la sensibilidad de los lectores.

Esta otra aproximación —tal vez más pertinente— ratifica la forma que Amelia, sin pretenderlo, termina cooptando al militante izquierdista. Durante su estancia como relegado, Amelia da prestada a Miguel Flores la novela Mary Barton (1848), escrita por Elizabeth Gaskell; narra y plantea las vicisitudes que viven los obreros en Manchester, entre 1839 y 1842. Para evitar la muerte de Miguel, sus compañeros lo envían a estudiar becado a Inglaterra. Como Lector-cómplice Miguel asume el drama de los obreros ingleses. Experimenta un cambio de vida significativo. El estudiante de sociología opta por estudiar literatura. La dimensión humana subjetiva ya no le incomoda. Deja de ser militante entusiasta del objetivismo sociológico. ¿Quedó atrapado por las bondades que depara una vida holgada? ¿Se trata de un tránsfuga? ¿No pudo eludir la exquisitez de las comidas preparadas por Amelia? ¿Tampoco del lustre de su pelo, la fragancia de su piel y la calidad de sus ropas? ¡Pareciera que sí!

A mi juicio se trata de una posibilidad de lectura inevitable; los cambios en Miguel comienzan desde que Amelia le regaló unas sábanas —¿sábanas de Holanda, como soñaba el romancero granadino? —. Después le obsequio parte de la ropa de su marido. ¿No supo encarar un mundo que aborrecía y le parecía enajenante? Las maldiciones en voz baja se disipan. Cuando conoce a Sybil en Inglaterra, evoca a Amelia; queda prendado de la manera cómo aquella encara la vida. Son demasiado parecidas. Se entera que Amelia había sido hecha prisionera. Sus compañeros de lucha escondieron armas en La novena. La policía política de Pinochet llegó a desenterrarlas. Le torturan y violan. De regreso a Chile, convertido en publicista de renombre, Miguel asiste al entierro de su benefactora y amante. En ese momento Mel, tercera heredera de La novena, cree odiarle. Como ocurre en las novelitas rosas, Mel y Miguel terminan encamados. Amándose. El típico happy end. Nada despreciable.