Opinion

La crónica devela y se rebela

Los cronistas guardan una línea de parentesco y continuidad de conferir especial atención a la cotidianidad

Cuando Martín Caparrós rompió lanzas contra la información y su forma de redacción —en tercera persona— lo hizo con la intención de criticar su impostura. Se ubicó dentro de la corriente que desnuda su pretendida objetividad. Un tema añejo dentro del periodismo. Muestra su descontento. Arremete el servilismo del periodismo con el poder. Una simbiosis donde ambos cohabitan llevando el periodismo la carga más onerosa. La crónica por el contrario posee el encanto de descentrar el foco periodístico. Con justicia resiente que el periodismo muestre un interés inusitado por ricos y famosos, tetonas y futbolistas. Se rebela contra esta manera de presentar los hechos. En este punto se emparenta con Javier Darío Restrepo. El colombiano también denuesta contra esa fijación que tiene cierto periodismo con el poder y los poderosos. Sus anatemas se deben a la omisión y olvido en que incurren. Un mal generalizado.

Ambos también coinciden que debido a este empecinamiento han dejado de interesarse por los pobres y multiplicidades de historias que merecen contarse. Al develar esta obsesión muestran la cara oculta de una práctica dominante en el ámbito del periodismo. Enormes territorios quedan fuera de su radio de interés. Con esta actitud termina emparentándose con la publicidad en su repelo por la pobreza. Otro aspecto que marca su atención —especialmente para Caparrós— constituye el denominador común de los frecuentes cuestionamientos que se hacen por todas partes a la inclinación del periodismo por centrar su atención en acontecimientos irregulares: catástrofes, muertes, hambrunas, accidentes, guerras, epidemias. El argentino concluye que sin desastres la mayoría de la población no llegaría a ser noticia. Lo inaudito y anómalo tiene garantizado un espacio. Una actitud que no deja de irritar.

Desde que Max Weber preconizó la supuesta neutralidad de las ciencias sociales —un anacronismo rebatido en su momento— algunas escuelas asumieron este patrón. Un dislate que también incurrieron las escuelas de periodismo. Sobre todo las escuelas estadounidenses. Con el agravante que estas premisas se convirtieron a la vez en modelo de modelos —inicialmente de diarios y posteriormente de escuelas de otras latitudes— creyendo conveniente ceñirse a esta pauta. A esto obedeció la aparición de la llamada objetividad. Un mal persistente muy a pesar de haber sido refutada y desacreditada. La engañifa proviene —advierte Caparrós— de crear la ilusión de una mirada sin intermediación. Contundente ratifica que se trata de convencer a los lectores que aquí no hay nadie que te cuenta, que esta es la realidad. Al ocultar al sujeto que informa lo hace de forma interesada. Todo texto es siempre escrito por alguien.

Contrario a esta práctica generalizada, la crónica incorpora la vida de todos. Al hacer esta afirmación rotunda Caparrós alude a cualquier persona. Desde seres aparentemente simples hasta hechos que generalmente pasan desapercibidos. Contrario a lo que podría suponerse, la crónica introduce el yo y narra lo que acontece a muchísima gente. Una manera de desmentir y enfrentar la información y su política del mundo. Una forma de mostrarnos que todo podría ser distinto. La crónica —insiste Caparrós— es política. El mal mayor de la información proviene que no soporta la duda. Peor todavía el discurso informativo se hermana con el discurso de los políticos. Un viejo maridaje del que jamás se libraran los medios. La virtud suprema de la crónica consiste en una práctica que tiene nombre. Que dice existo, estoy, yo no te engaño. Parte de esta nueva bocanada provino del nuevo periodismo. Fue uno de sus gestores.

Al plantear la crisis de la objetividad periodística el catalán Miquel Rodrigo Alsina (La construcción de la noticia, Paidós Comunicación, Barcelona, 1989) deja en evidencia que el nuevo periodismo arremetió contra el concepto de objetividad. En lo que yerra Alsina es creer —como muchos— que el nuevo periodismo fue un fenómeno periodístico genuinamente americano. Un pecado del que debemos sentirnos liberados. El surgimiento de este parto deslumbrante tuvo varios centros de irradiación. Uno de los cuales se asienta en la América nuestra. Un error constante que padecen algunos estudiosos del periodismo ha sido atribuir sin miramientos a Estados Unidos como único centro fundacional del llamado nuevo periodismo. El más entusiasta de todos ha sido Tom Wolfe. En su texto laudatorio Nuevo Periodismo (Anagrama, 1998) así lo cree. Entre sus múltiples epicentros —en América Latina— desde México hasta Argentina.

La nueva propuesta supuso la irrupción y aparición de un periodismo más subjetivo. Muy atento en cuidar las formas y en hacer de sus narraciones un dechado. Lo novedoso en su momento fue la incorporación de lo cotidiano y dar la espalda a los políticos. Los favorecidos fueron sectores sociales, económicos y culturales obviados hasta entonces. Atrayentes fueron las modalidades y estructuras narrativas ensayadas. El nuevo periodismo será la conjunción de realidad y ficción. Rompe las camisas de fuerza que imponen los cánones establecidos. El abrazo entre ficción y realidad no supone falsear la realidad. Para decirlo en palabras de Gabriel García Márquez —uno de sus tantos cultores— la crónica es un cuento nada más que es verdad. Nuevas maneras de narrar y el manejo y acopio de reglas estilísticas y recursos literarios fueron introducidos para hilvanar el relato. Las deudas con la ficción son más que evidentes.

Tom Wolfe desempeñó el rol de difusor del acierto de escribir textos memorables. A él debe el nombre y a Gay Talese le atribuye como primer acreedor de esta forma de narrativa. El celebrado autor de Honrarás a tu padre (Alfaguara, 2011) recuerda que trataba de contar historias poniendo al lector en estrecho contacto con personas y lugares reales mediante el fiel registro y empleo de diálogos, entornos, detalles personales íntimos, incluyendo el uso del monólogo interior. Gay encuentra estímulo y una capacidad de maravillarse en lo que otros consideraban común y corriente. A contrapelo con sus editores del Times persistió, a ellos no gustaba como seleccionaba y escribía los temas. Les llamaron historias de trapero. Sin teorizar concuerda con Juan Villoro. Al ser enviado como castigo a la sección de obituarios quedó convencido que las notas necrológicas estaban en la órbita de la historia personal y de la biografía.

Aparte de sus diversos libros —Talese— tiene dos trabajos cuya lectura considero indispensable. Son didácticos y aleccionadores. El primero, Orígenes de un escritor de no ficción y el otro Cuando tenía veinticinco. Ambos aparecen en Retratos y encuentros (Alfaguara 2010). Insiste en recordar la regla que lo ordinario, el acontecimiento cotidiano en la rutina de la persona media, merece ponerse por escrito, en especial en un periódico, si aquello está bien escrito. Nuestros mayores han pregonado e insistido en enseñarnos que no existen ni buenos, ni malos temas. Solo existen buenos o malos escritores. Un axioma que cada día gana más adeptos. Uno los consejos de Talase para escritores jóvenes se centra en afirmar que la única cualidad indispensable es la curiosidad… y el ánimo para salir y aprender acerca del mundo y de las gentes que llevan vidas singulares, que habitan en lugares ocultos. Como sus pares descree de los políticos.

Los cronistas guardan una línea de parentesco y continuidad —con excepciones honrosas por supuesto— de conferir especial atención a la cotidianidad. Jamás podríamos pasar por alto los libros testimoniales y de denuncia de sus mejores practicantes. En cuanto a la cotidianidad basta leer a Monsiváis, Paniatowska, Villoro y Almazán, México; hermanos Martínez D’Aubuisson, El Salvador; Amalia Morales y Matilde Córdoba, Nicaragua; Jaime Jursich Durán y Alberto Salcedo, Colombia; Pedro Lamebel, Chile; Martín Caparrós y Leila Guerriero, Argentina; Julio Villanueva Chang y Gabriela Wiener, Perú; y Alberto Padura en Cuba. Esto no supone abandonar el terreno de la política. Sus acercamientos son otros. Más reveladores y consistentes que la forma plana con que abordan los temas quienes se sienten superiores al resto de sus compañeros en las salas de redacción por cubrir a los políticos. ¡Cuánta equivocación!

La crónica se ha asentado en el momento que los editores se sienten atraídos por Twitter como moscas por la miel. Cada vez encapsulan más y más las informaciones. Dos males que Villanueva Chang cuestiona de forma cruda. En su ensayo ¿Qué significa escribir una crónica hoy? expone los daños y perjuicios ocasionados por ciertos medios electrónicos. Atraídos por el vértigo “… de la primicia… acostumbran a enterarnos casi de todo en cápsulas por minutos y gratis”. A la gratuidad e Internet se debe añadir que la adicción a la tecnología telefónica ha creado a un consumidor desconcentrado, impaciente, eléctrico. Los editores llevan la peor parte. A tono con los tiempos —insiste— se están acostumbrando a tratar a los lectores como clientes, pacientes con déficit de atención o analfabetos. Los cronistas a través de sus escritos son quienes han develado y se han rebelado contra esta tragedia. ¡Todo un mérito!

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