Opinión

La doctora, mi mamá

Mercedes Torres Silva

Siento que mi mamá y yo hemos sido compañeras desde que tengo uso de razón... Mi mama es una líder y yo no tuve más que seguirla.



El 30 de noviembre en el Hotel Intercontinental Managua, el Colegio de Farmacéuticos de Nicaragua entrega un reconocimiento a mi mamá, Mercedes Torres Silva. Una vez me preguntaron en quien me había inspirado para ser feminista. En mi mamá, apunté, mientras otras amigas escribían los nombres de las líderes que las guiaron en lo que llamábamos la liberación de la mujer. La escogí porque de niña, para mí, ella era la mejor.

Cuando crecía, en la acera frente a mi casa en León, cada fin de semana los hombres golpeaban a las mujeres y las arrastraban por la calle. Mi mamá no tenía marido y en consecuencia nadie la apaleaba. Así que allí juré que no iba a casarme, nadie me pegaría tampoco. Me casé al final, y dos veces, pero no nació marido que me pegara o me gritara.

De ella aprendí el valor de la autonomía económica y de la honradez. Sus Mandamientos: no pedir, y tampoco aceptar dinero fácil porque te lleva robar o a prostituirte. Conocí el valor del trabajo. ¿Qué no hicimos para sobrevivir? Por ejemplo, con un su marido periférico, fabricamos y vendimos jabones de azufre contra los hongos, jarabe de carao para la tos, y pastillas para la chistata. Vendimos las pitahayas del patio, limpiamos casas.

Medicina natural se diría ahora, y creo que allí le empezó el amor por la química farmacéutica, título que recibió en 1978, a los 41 años, y el de médica naturista que recibió en los años 80. En esa década, ante la falta de pasta dentífrica, se dedicó a formular la Dentex. No hacia espuma, como todas las del campo socialista, pero limpiaba, es probable que también lijara, pero en todo caso mejor que el carbón o el bicarbonato al cual acudíamos, ante la desaparición de la Colgate.

Igual con la formulación de medicinas, amanecía probando que las soluciones mantuvieran la consistencia, que las pastillas no se desbarataran, que se mantuviera la calidad. Hoy la farmacia se estudia separada de la química, pero en su tiempo quien fuera profesional de la farmacia tendría que fabricar pociones. Por eso se desarrolló profesionalmente en el campo de la producción farmacéutica en los laboratorios Solka, Ramos, Ceguel y otros.

Con 82 años, aún presta servicios de asesoría, y aunque alguien piense la viejita trabajando. Dice que, si no lo hace, se muere. Y está muy orgullosa de tener empresarios que respeten su trabajo y oigan sus consejos. Definitivamente no nació para ama de casa. Lo de ella es viajar y leer. Con su salario de obrera se pagó un viaje por Europa. Había un congreso de farmacia, y retada por alguien que le dijo que ni soñara que podía ir, pidió crédito y se largó a Suecia, Alemania, Finlandia.

Termino dando conferencias en contra de la dictadura y se hizo amiga de Silvio Reñazco quien caería en 1977. Hace unos meses se fue de paseo a Panamá, y María Mercedes Mendoza le suple de libros, cuando los míos se agotan.

Lectora voraz. Durante la convalecencia de un reemplazo de rodilla, se leyó la autobiografía de Marguerite Duras, en una semana; El hombre que amaba a los perros, un fin de semana, las novelas cortas de Padura, una cada tres días, Memorias de la lucha sandinista, de Mónica Baltodano, uno tras otro, la Biblia, enterita cuatro veces al año.

Por eso mismo, creo que yo me leí toditita la biblioteca infantil del parque San Juan, en León, hoy convertida en venta de gaseosas. Quería igualar lo que ella contaba como proeza, haberse leído El Quijote, Las Mil y una Noche y no sé qué historias de Los Borgia, cuando apenas era una niña. Apenas los tuve a mano los leí, metiéndome en su personaje de mujer soltera y fatal, vestido tallado, tacones altos.

No le entre al maquillaje porque la muy villana me dijo que las jóvenes se veían mejor sin pintarse. Después entendí que no quería que le gastara sus cosméticos, y tampoco comprarme los míos, y resolví que andaría como las heroínas de Corín Tellado, sin afeites.

Ella compraba religiosamente Vanidades Continental, y yo me instruí en un feminismo elemental y soñador, y de unas ganas de conocer mundo en esta revista. Allí también se reportaba la vida de Oriana Fallacci, la periodista sagaz y aventaba que cubría guerras y hablaba con presidentes, mientras nos reglaban retratos de Ellas en Primer Plano.

Siento que hemos sido compañeras desde que tengo uso de razón. Me contó detalles durísimos sobre su vida y me desarrollo el sentimiento de solidaridad entre mujeres. Embarazada a los dieciséis años, la apalearon y la corrieron de su casa, y fue a rodar, hasta que levanto cabeza y termino de maestra en una zona rural en El Sauce. Creo que en mi infancia fungí como su pareja ayudando a cuidar a seis de mis hermanos, mientras ella estudiaba la secundaria nocturna y se bachilleraba, y buscando como nos ganaríamos la vida.

Seguimos en las mismas cuando estudio la carrera de farmacia en la Universidad. Empezó lavando los instrumentos de los laboratorios de química, y limpiando el edificio, mientras se las arreglaba para mantenernos estudiando. En esa época, Sócrates Flores la recluto para la guerrilla urbana, y como gallina con pollos, inició a tres de sus hijos, como correos de FSLN. Por meses escondimos al doctor Oscar Aragón en una bodega del edificio del año básico, y como le llevábamos leche, un trabajador nos acusó de estarnos robando el Pine Sol.

Mi mamá es una líder y yo no tuve más que seguirla. Ella era directiva del Sindicato de la UNAN en León, y yo en Managua. Sabe hablar en público, y es buena conversadora. Tal vez mucho, es una fuente inagotable de consejos no solicitados, igual que ello. Es su culpa. También por ese espíritu de Mama Chanchona, mi anarquista interior está, como dicen los memes, en contra de todo poder, menos el de mi mamá.

Este será el tercer reconocimiento que la sociedad civil le ha hecho. En 1976 una asociación de León, la declaro madre obrera del año. La CST, o no sé quién, la premio por Innovadora después de la Dentex. Por todo lo anterior y más, el reconocimiento del Colegio de Farmacéuticos, del que ella ha sido directiva en varias oportunidades, me hace sentir como la Susanita de Quino. Solo que en lugar de decir con el pecho henchido: mi hijo el doctor, que también lo digo. Hoy lo que me sale es decir Mi mamá, la doctora.