Opinion

La fuerza de los votos en Venezuela

Nada será fácil en la tortuosa transición del populismo a la democracia, un proceso que recién comienza en Venezuela

Pese a no estar concluido el escrutinio de las elecciones parlamentarias venezolanas ya se pueden extraer algunas conclusiones de las experiencias vividas durante la jornada electoral y la noche posterior. Si bien el prolongado silencio del Consejo Nacional Electoral (CNE) amagaba con esconder alguna sorpresa desagradable, finalmente nos situamos ante el mejor escenario posible, sin graves incidentes violentos ni aparente manipulación del voto.

La magnitud de la victoria de la MUD (Mesa de Unidad Democrática), estimada en un 16% pese a no estar disponibles las cifras definitivas, ha forzado al gobierno y a sus órganos subordinados, como la propia CNE, a reconocer el resultado. El margen para hacer otra cosa era reducido, tanto por lo que apuntaba la propia realidad venezolana como por lo que ocurría en el vecindario latinoamericano.

Internamente al carácter demoledor del triunfo opositor y a lo que emergía en las redes sociales como la firme determinación de evitar una nueva usurpación se unió el compromiso de un sector de la FAN (Fuerza Armada Nacional) de erigirse en garante de la legalidad. El sentimiento de fin de ciclo comienza a instalarse en ciertos círculos gubernamentales y cada vez son más quienes desean evitar ser arrastrados en una caída que se lleve consigo no sólo a los corruptos y narcotraficantes sino también a los violadores de derechos humanos y a los probables cabecillas de la represión antipopular.

Ciertos elementos de la política regional seguramente habrán hecho reflexionar, aunque a regañadientes, a quienes hasta hace poco manifestaban el deseo de defender a la “revolución” a cualquier precio si la oposición mantenía su impertinente idea de ganar elecciones. La propuesta de Mauricio Macri de aplicar la cláusula democrática en Mercosur, discutida con Dilma Rousseff durante su visita a Brasilia, dio resultado. La carta de Itamaraty al gobierno venezolano fue un claro aviso de cuáles eran las líneas rojas que convenía no traspasar.

Hubo más. El valor del secretario general de la OEA, Luis Almagro, al solicitar respeto por los derechos de las minorías o las declaraciones de algunos gobiernos latinoamericanos tras la sentencia contra Leopoldo Lópezeran señales de que un nuevo fraude no sería convalidado por los gobiernos latinoamericanos. Sin el marchamo democrático, pese a su autoproclamado carácter revolucionario, el régimen bolivariano es incapaz de subsistir. Se da la paradoja, y sus líderes lo saben muy bien pese a no reconocerlo abiertamente, que su única fuente de legitimidad son las elecciones democráticas.

Pero nada hubiera sido posible sin el aluvión de votos que permitió el triunfo de la MUD. A la movilización de la oposición antichavista se unió una enorme bolsa de descontentos golpeados tanto por las dificultades económicas (desabastecimiento e inflación) y por una creciente intolerancia a los excesos de algunos grupos bolivarianos, bien protegidos desde el poder, cada vez más incontrolados y violentos.

Pese a todas las trabas existentes, ya descritas en esta misma Ventana, y a las que emergieron el día de la votación, nada pudo evitar el triunfo opositor. La actitud parcial de los canales de televisión en abierto (oficialistas o próximos al gobierno), la prosecución de la campaña por militantes del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) pese a la prohibición en contrario, la actitud sesgada del CNE al quitar las credenciales a los ex presidentes latinoamericanos o el aumento ilegal del horario de votación, no pudieron torcer el camino emprendido por el pueblo venezolano.

En estos días hemos conocido dos versiones de Nicolás Maduro. Una, la de un hombre crispado dispuesto a llevarse por delante la legalidad democrática si con eso cumple con sus objetivos. El Maduro que amenaza con salir a la calles a defender la revolución (el de “candela con burrundanga) si pierde la elección, o el que apunta a que fue la contrarrevolución la que se impuso en las urnas el domingo 6 gracias a la guerra económica por ella implementada, y que “por ahora”, sólo por ahora, cómo hizo Chávez en 1992, aceptaba la derrota.

El otro Maduro es un personaje más dialogante y conciliador, que señalaba la víspera de las elecciones su disposición a reconocer un resultado adverso. O el que habló del triunfo de la democracia y la constitución en la madrugada del domingo al lunes, cuando ya había quedado claro su estruendoso fracaso. Es obvio que es mejor la segunda versión, aunque hay serias dudas de su sinceridad. Las caras de muchos jerarcas bolivarianos al momento de hacerse este anuncio y el tono empleado por el presidente evidencian lo difícil que fue encajar el golpe.

De ahí que haya que ser muy prudente respecto al futuro inmediato e inclusive sobre el medio plazo. Para comenzar, desconocemos las cifras definitivas de un escrutinio bastante sencillo de contabilizar. De la magnitud del triunfo opositor dependerá su capacidad de acción y de control al gobierno. De todos modos, la amplitud de la victoria es una garantía, aunque no absoluta, de que podrán mantener la unidad pese a las más que previsibles presiones gubernamentales, o de sus intentos de comprar parlamentarios.

Tampoco sabemos qué intentará hacer el chavismo para mantener la iniciativa política ni a qué ardides recurrirá, si lo hace, para limitar el poder de la nueva Asamblea Nacional. Es evidente que sólo con diálogo se podrá salir con ciertas garantías de la actual situación de impasse, pero para ello es necesaria la disponibilidad de ambas parte, algo complicado teniendo en cuenta las múltiples líneas de fractura dentro de cada una de las fuerzas enfrentadas.

El futuro venezolano es incierto. Nada será fácil en la más que complicada y tortuosa transición del populismo a la democracia, un proceso que recién comienza en Venezuela. Un proceso que como está demostrando el caso argentino, está lleno de sorpresas y manipulaciones de la verdad y de las instituciones en beneficio del caudillismo saliente. Un proceso, sin embargo, que podrá volver a colocar a la democracia en el centro de la vida política latinoamericana.

Originalmente publicado en ProDavinci

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