Opinión

La historia y la histeria marchan juntas

revolución

El problema de algunos opositores es que cualquier decisión que tomen de abstenerse o participar en las elecciones… ya las perdieron



A veces recurrir a los hechos históricos sirve para algo, aunque con solo recordarlos no se pueda cambiar nada. No obstante, sirven para develar mentiras y algunos compromisos deshonestos de quienes creen muy conveniente ocultarlos para no revelar sus propósitos actuales para el futuro. No es que todo siga siendo igual que en los momentos pasados, sino que se deben divulgar para que se vean tal cual fueron o como todavía son. Pero, necesariamente, al evocar los hechos, permite ver que hoy se manifiestan y pueden verse en grados y niveles superiores a los hechos similares del pasado.

Estoy pensando en las campañas de la prensa internacional comprometida con la política exterior norteamericana –por coincidencia o por contrato—, cuando la CIA, como brazo operativo de esta política, ha necesitado esconder o desfigurar las auténticas características de gobiernos como lo hizo con el nacionalista Jacobo Árbenz (Guatemala 1954), el  socialista chileno Salvador Allende (Chile 1973) y el revolucionario Nicolás Maduro en la actualidad.

Tal vez no se han olvidado de las criminales consecuencias del terrorismo publicitario en las sociedades guatemalteca y chilena, las que todavía no desparecen, si no en sus aspectos formales 64 y 45 años después, respectivamente. Pero, además de estos tres –Fidel y otros dirigentes— han sido igualmente demonizados y denigrados sin conseguir todos los resultados buscados.

Las campañas publicitarias por encargo de entonces, prendieron en la mente de los sectores de derechas –y de los mal informados—, como sucede ahora con las campañas contra Venezuela, pero si tomamos en cuenta las diferencias técnicas de la información del mundo actual y las de entonces, es obligado reconocer que estamos frente a una campaña descomunal sin precedentes e incomparable a todo lo que en esa materia pudiera haber ocurrido en el mundo. Sin embargo, la resistencia de Venezuela ante las agresiones políticas, financieras, diplomáticas, calumniosas y desinformadoras, también son muchas veces superior a la que pudieron haber hecho en la Guatemala del 54, o en el Chile del 73.  Y la “razón” de la mayor intensidad y variedad de las campañas de odio contra el proceso venezolano, es que no lo han podido destruir.

Por si no lo recuerdan, o no lo quieran recordar, las campañas de ahora, además de ser de mayor envergadura en varios sentidos, para hacerlas creíbles tienen que ponerle más fuerza al acelerador y, lo más importante, tienen que hacerse los amnésicos al momento de pretender validar las acciones de los enemigos de Venezuela. Para que al gobierno de este país en rebeldía frente a sus enemigos sea visto como un “paria de las Américas”, tienen que echarle un  pesado velo a los hechos históricos en los que sus enemigos han sido y son protagonistas de crímenes únicos contra la humanidad.

Quienes patrocinan a los Kuczynski –y a los otros títeres del “grupo de Lima”, corruptos como otros los miembros de la OEA— sus agresiones contra Venezuela, porque su presidente supuestamente ha sometido “a una situación de vida infrahumana y ha perpetrado crímenes de lesa humanidad”, son continuadores y herederos de las agresiones criminales contra Afganistán, Irak, Libia, Siria y corresponsables de los miles de refugiados que si no mueren ahogados en el Mediterráneo, son brutalmente discriminados por gobiernos de Europa, cuyos países un día no tan lejano sometieron al saqueo colonial a sus países.

Al extremar sus acusaciones contra el gobierno venezolano, han cerrado su mente y su conciencia al recuerdo de los genocidios atómicos en Hiroshima y Nagasaki, perpetrados por un gobernante norteamericano, antecesor y sucesor de gobernantes genocidas que nunca podrán lavar de sus manos la sangre que han hecho verter a casi todos los pueblos del mundo, incluido el nuestro. ¿Creerán que ya nadie se acuerda de sus barbaridades, y que pueden mentir impunemente, escondiendo las manos de tantos criminales que han existido y que hoy disfrazan de paloma mensajera de la paz, a su voraz águila imperial para agredir a cualquier país?

Los Estados Unidos y sus gobernantes son verdaderos parias, porque viven del tributo forzado de casi todos los pueblos. Esos, ni siquiera han podido ser calificados como lo merecen, porque gozan de impunidad y son los que pagan las campañas publicitarias contra el proceso venezolano. Un dato revelador: Tillerson, portador del águila disfrazada de paloma contra Venezuela, es un magnate petrolero que sueña con obtener las grandes reservas de su petróleo.

Es cierto que la situación en América Latina ha cambiado, y la “correlación de fuerzas” también, pero ese cambio no es en una sola dirección, sino en dos y opuestas: por un lado, el imperio está más agresivo, pero no más imbatible, y está desesperado por los 20 años de fracasos en sus intentos por derrocar a dos gobiernos venezolanos. Los fracasos yanquis, han debilitado a sus agentes políticos en la oposición, los que cada vez se muestran más desorientados y, por eso mismo, se han desunido, pues confiaron en que con su violencia y la ayuda imperial les daría el poder.

Por otro lado, descuidaron el hecho de que el pueblo venezolano les ha venido conociendo mejor y, en consecuencia, grandes sectores populares les ha retirado su confianza, lo que se ha demostrado en las últimas elecciones. Esos amplios sectores se han desengañado, por su reconocimiento a la resistencia de los dirigentes revolucionarios junto a sus medidas para corregir errores, combatir la corrupción y fortalecer la lucha en protección del pueblo de los efectos de las agresiones externas e internas.

El problema de algunos opositores –pues ya no se puede hablar de “la oposición”— no es que rompieron su unidad, sino que cualquier decisión que tomen de abstenerse o participar en las elecciones… ya las perdieron, por las razones señaladas. Y por otra causa: porque provocaron la violencia exigiendo elecciones anticipadas, cuando apenas Maduro comenzaba su ejercicio presidencial, y ahora, cuando se anticipan las elecciones antes de concluir su período, no quieren elecciones. Nunca he sabido si lo que dicen de “la gata angora” es cierto. Pero lo cierto es que, con el estilo de la “gata”, los opositores venezolanos se han construido su destino de perdedores… vayan o no vayan a las elecciones.

En cambio, la situación de los editorialistas que participan en las campañas contra Venezuela, es muy distinta. Ellos siempre ganarán… aunque sus defendidos hagan lo que quieran.