Opinion

La inmortalidad es una excentricidad de los tiranos

“Los dictadores acaban locos... Si todos alrededor mienten, ya no se puede distinguir la verdad. Por eso se van haciendo cada vez más excéntricos”

Con la ayuda del escritor gallego Álvaro Cunqueiro (1927-1981), hemos venido haciendo, en diferentes artículos publicados en CONFIDENCIAL, una incursión develando misterios de la inmortalidad, a través de boticas prodigiosas y escuelas de curanderos, teniendo como objetivo la avidez que por el poder inmortal tienen los tiranos. Boticas y escuelas, esta vez, demostraron que son caminos que conducen, aunque no a Roma, a ese sórdido mundo de la brujería, que quienes lo usufructúan creen que sirve para perpetuarse en el poder. Es una nueva hoja de ruta que nos demuestra que el problema de los pueblos oprimidos, es padecer tiranos con un desmesurado apego al poder sin límites, supuestamente infinito e inmortal.

Ese poder equivale al coronavirus, al covid-19, a conclusiones como que longevidad y eternidad pueden confundirse, pues un ser excesivamente longevo es la horripilante expresión mutante de una eternidad falsa, ya que la longevidad es transitoria. Precisamente por eso hay viejos que envejecen eternamente sin lograr ser inmortales. El antídoto del mal de la eternidad y de la inmortalidad, es proclamar a los cuatro vientos: “¡No hay nadie eterno!”. Pero el problema está en que ello derrumba el esquema de poder del tirano que pronuncia esa frase. Se termina su concepto de eternidad y, como hemos visto y seguiremos viendo, se llega a “la no existencia”. Precisamente aquí, en Ninguna Parte, el problema es la avidez de poder inmortal de nuestros tiranos. Ernesto Cardenal, en Vida perdida, dice que “Los dictadores acaban locos, porque si no se tiene el control de los juicios de los demás, uno no sabe a qué atenerse. Si todos alrededor mienten, ya no se puede distinguir la verdad. Por eso se van haciendo cada vez más excéntricos.” Y por eso éste artículo se titula como se titula.

También debo decir que este artículo pasó por el filtro mágico de dos títulos anteriores. El primero, para no olvidar la célebre intervención de la tarde del 30 de abril en la que el principal entre los notables pronunció la ya citada frase auto demoledora: “¡No hay nadie eterno!”, y además que para decirla se dirigió “al mundo, la munda”, y agregaría algún español: “y la monda”.  El segundo título, apartado pero no desechado, era: “Se les están escapando los muertos”.  Y la verdad es que se les escaparon numéricamente de los protocolos del Minsa,  de los registros de “pruebas” para el coronavirus, de estadísticas que sirven para simular cadáveres reducidos a su mínima expresión, y para colmo muertos que no deben ser vistos ni oídos, y que salen misteriosamente por las puertas traseras de los hospitales, burlando la vigilancia policial, y entran a los cementerios en ataúdes sellados, y cuando más se notan, si es que se notan o pueden hacerse notar, es cuando el cortejo fúnebre va resguardado por vigilancia parapolicial.

Sobre estos muertos fugados de estadísticas y de la vida misma, se le podría decir al principal: “los muertos que vos matais”, pero no que “gozan de buena salud”. Y aquí sí que calza la sentencia del teólogo Leonardo Boff (21/03/20): “Coronavirus: El perfecto desastre para el capitalismo del desastre,” incluyendo el capitalismo salvaje en el Palacio de Ninguna Parte. No olvidemos que el pretexto principal de los tiranos para querer ser eternos, no es tanto una longevidad sinfín, como lo es la seguridad de la inmortalidad de su poder. Después del poder inmortal, todos los demás somos vandálicos o simples mortales, delincuentes, presos políticos, y prófugos de la injusticia institucionalizada. En fin, vulgares mortales. Moribles. Desechables. Transitorios. Alejados de toda inmortalidad.

“Y llegando a este punto, –dice Cunqueiro-  yo puedo complicar un poco las cosas, y ustedes interpreten la época de los nibelungos y matadores de dragones, con la actual. Beber la sangre de las bestias para asegurarse la inmortalidad, tan sólo es cosa del cristal con que se mire, o de semántica. Y entonces razonaríamos si no les es necesario el olvido, la amnesia, a los humanos que pretenden la inmortalidad…Cuando a Salomón un celestial mensajero lo invitó a beber una copa del Agua de la Vida, del agua que concede la inmortalidad, el gran rey siguió el consejo de la paloma salvaje Butimar: ¿Cómo puedes desear vivir cuando todos aquellos que te han conocido estén en la lista de los muertos? Cuando tu vida sea un oasis en el inmenso desierto de la muerte, y cuando te des cuenta de que tu existencia eterna solamente es la prueba de una ausencia eterna, ¿quisieras verdaderamente vivir? No vivirá nadie con quien puedas compartir un recuerdo de juventud. Solo, olvidando y olvidado, vivirás.”

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