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Opinión

La lección que nos da Ernesto Cardenal

El poeta y sacerdote se enfrenta a una maquinaria política que quiere destruirlo



Pequeño y frágil, encorvado, arrastrando sus sandalias al caminar valiéndose de un bastón, Ernesto Cardenal sigue enfrentándose contra un poder que quiere destruirlo. El poeta y sacerdote nicaragüense, importante figura de la Teología de la Liberación, ha vivido la última década las arbitrariedades de una maquinaria judicial que pretende desprestigiarlo. El último golpe es un fallo que le obliga a pagar una indemnización de 800 mil dólares por daños y perjuicios, en una demanda que no tiene nada de justa y mucho de persecución política. El poder autocrático de Nicaragua, en manos del presidente Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo (ahora vicepresidenta del país) parece no descansar hasta hundir al poeta vivo más importante de este país centroamericano. Pero él mantiene su lucha, por la justicia y contra las arbitrariedades. Y con ello nos da una lección a todos.

El poeta ha dicho que la poesía es anuncio y denuncia. Y desde que Daniel Ortega regresó al poder en Nicaragua en 2007, Cardenal ha sido la voz crítica que ha denunciado los desmanes del mandatario, quien ha destrozado la frágil democracia del país en su afán de instaurar una nueva dinastía en Nicaragua, el país que durante más de cuarenta años sufrió la dictadura familiar de Somoza, a la que Cardenal se opuso con ferocidad, desde la poesía, la cultura y la religión. Mucho le costó al poeta su compromiso político, en un país que todavía no termina de agradecer su lucha, su entrega, su trabajo con los más pobres y su amor a los campesinos, a quienes elevó a mito desde su pequeña comunidad rural de Solentiname, el hermoso archipiélago localizado en el gran lago de Nicaragua, que es el gran amor de Ernesto Cardenal.

La persecución contra Cardenal está encarnada en la figura de la primera dama, Rosario Murillo, poeta ella también, pero de menor reconocimiento que el sacerdote trapense. Desde la década de los años ochenta del siglo pasado Murillo ha tratado de destruir a Cardenal, quien fue ministro de Cultura en la Nicaragua revolucionaria. Como recordó hace unos años la escritora Vidaluz Meneses (ya fallecida), Murillo boicoteó desde el poder el trabajo de Cardenal en el ministerio. “La eterna confusión estado-partido no permitía consolidar la institucionalidad del Ministerio de Cultura. La competencia con ventaja de Rosario Murillo, Secretaria General de la ASTC (Asociación de Trabajadores de la Cultura), compañera de Daniel Ortega, siempre en el poder, que en lugar de buscar cómo complementar el trabajo del Ministerio de Cultura desde la ASTC, con frecuencia boicoteó u obstaculizó el trabajo del ministerio. Esta rivalidad sin sentido nos desgastaba mucho”, dijo Meneses. Esa persecución contra el poeta despertó la solidaridad de los escritores de la época, quienes organizaron una protesta “que fue aplastada apelando a la disciplina militante”, recordó la escritora Gioconda Belli.

Es así que Cardenal ha vivido su vejez perseguido desde el poder, con el sistema de justicia como soga al rededor de su cuello, que puede ser apretada según el capricho de quienes la controlan. El sacerdote ha resistido, toda una vida de lucha ha curtido su carácter y su voz sigue elevándose para denunciar las arbitrariedades. “Que el mundo sepa lo que pasa en Nicaragua”, ha dicho, y en sus viajes no se cansa de repetir los atropellos que ha cometido el hombre que hace casi cuarenta años, como guerrillero, luchó por derrotar una dictadura cuyos pasos ahora repite. Cardenal es un feroz crítico del proyecto del Canal Interoceánico cuya concesión Daniel Ortega entregó al empresario chino Wang Jing. Un regalo de la soberanía nicaragüense que contradice el legado de Sandino, su lucha contra el control estadounidense en Nicaragua, que Cardenal ha cantado en su poesía.

Ernesto Cardenal pasa sus días en su casa de Managua, en el barrio de Los Robles. Lee, escribe y se indigna porque la Nicaragua de hoy, la de su vejez, sigue siendo injusta, desigual, pobre, donde se persigue a los campesinos que piden el respeto de sus tierras, se mata a las mujeres, se viola a niñas, quienes desde el poder son obligadas a parir, y se intenta silenciar a las voces críticas. ¡Qué sentirá el poeta al ver un país que repite sus errores! ¡Cuánto dolor soportará tras una vida de lucha! Pequeño y frágil, encorvado, el cabello blanco como el algodón, arrastrando sus sandalias al caminar valiéndose de un bastón, Cardenal sigue su lucha, comprometido, contra las injusticias y la libertad. Es Ernesto Cardenal de pie contra el poder autoritario, dándonos a todos una lección de valentía y compromiso. Diciéndonos que no se vale ver a otro lado, cuando el país se hunde en una nueva dictadura.