Opinión

La ley del garrote

Ortega

Ortega es un hombre enfermo, un sociópata: su narcisismo lo llevó a escalar, en lugar de resolver, el conflicto.



Como un amañado jugador de póker, Daniel Ortega ha venido poniendo sus cartas sobre la mesa, lentamente, tratando de burlar al adversario.  En el proceso, ha perdido la máscara que le permitía hacer su bluff.

A inicios de abril Ortega jugaba una mano aparentemente ganadora. Tenía control absoluto del aparato gubernamental, dominio del estado, apoyo incondicional del sector privado, aceptación de Estados Unidos, confianza de turistas e inversionistas privados. Los pocos partidos políticos con personería jurídica comían de su mano. El país crecía en supuesta paz y estabilidad.

Y tal como suele suceder, el universo en su infinita sabiduría le puso una cáscara de banano y resbaló. Con soberana prepotencia pretendió aplicar, sin consulta, un decreto que empobrecía a los pensionados y afectaba a generaciones presentes y futuras de trabajadores. Los estudiantes protestaron, y él, ciego de poder,  ordenó a la policía tirar a matar—para dar una lección sembrando miedo.  Sin contar con que el pueblo nicaragüense, en acumulación silenciosa, había ya pasado el punto de no retorno (Tipping Point, M. Gladwell) en que el amor había superado al miedo.  Porque el amor es lo opuesto al miedo, y en Nicaragua esa contradicción se resolvió a favor del amor en abril 2018. El pueblo entero se volcó, por amor, a proteger a sus estudiantes.

En este momento Ortega aún habría podido jugar bien su mano, saliendo humildemente a pedirle perdón al pueblo agraviado, prometiendo que nunca más la Policía Nacional sería utilizada para agredir a la población, si no para protegerla.

Es lo que hubiera hecho cualquier político hábil. Pero Ortega no es cualquiera, es un hombre enfermo, un sociópata: una persona que se comporta de formas dura y/o cruel, miente constantemente y carece de remordimiento, entre otras características. Su narcisismo lo llevó a escalar, en lugar de resolver, el conflicto.

Si le pidió a los Obispos del CEN que convocaran un Diálogo Nacional, no fue porque tuviera intención alguna de sentarse a negociar, si no porque necesitaba ganar tiempo para fortalecer su aparato represivo.

La población, los obispos, los organismos internacionales han actuado de buena fe creyendo que el diálogo es un mecanismo adecuado para encontrar una salida pacífica al conflicto. Y lo sería en otras circunstancias y con cualquier otro político que no fuera Ortega. La razón es sencilla, los sociópatas no dialogan. Ellos controlan, manipulan y no aprenden de las experiencias.

Ortega tiró sobre la mesa del diálogo su carta, un póker, la cual el jugador puede utilizar a conveniencia. Creando así un juego de espejos, una danza de si pero no, un pantano político. Al mismo tiempo que amortiguaba la presión política con la zanahoria del diálogo, con la otra mano dispensaba garrote en la calle, cada vez más con más violencia y descaro.  Porque la única ley que Ortega entiende es la ley del garrote.

Mientras en el diálogo los compatriotas de la Alianza han estado devanándose los sesos perfilando una transición democrática, Ortega ha estado conspirando cómo quedarse en el poder, burlándose de todos –al menos según él.

Los recientes ataques armados de la policía, parapolicías y turbas en Monimbó, León, Carazo, Jinotega, Estelí, unidos al discurso del repliegue, reconfortan los delirios de grandeza propios del sociópata. El Presidente es incapaz de discernir cómo el mandar tropas represivas, armadas hasta los dientes, a asesinar a un pueblo desarmado, indefenso, lejos de fortalecer su posición la debilita. Por muchas banderas rojinegras que sus milicos coloquen sobre los campanarios, estos ataques refuerzan y amplían el rechazo generalizado de la población hacia la pareja presidencial. La no aceptación de las elecciones anticipadas, profundizan su aislamiento y la condena internacional.

Por si los asesinatos, desapariciones, cateos y encarcelamientos ilegales fuera poco, los obispos y el Nuncio Apostólico fueron agredidos en Jinotepe en un ataque deliberado y planeado. En palabras  televisadas de Edén Pastora refiriéndose al nuncio y los obispos “Y ahora te vamos a faltar el respeto a vos, a ustedes tres”.

Lo que para cualquier persona normal es un acto inconcebible y atroz –atacar al delegado del Papa en Nicaragua y a los obispos mediadores del Diálogo Nacional– el sociópata considera justificado, ya que no tiene conciencia, no siente remordimiento, ni culpa. Según Marta Guerri, “un sociópata está dispuesto a herir a quien sea y en cualquier momento si con eso logran sus objetivos”.

Es por esta falta de conciencia, que aunque Ortega ya perdió el juego, insiste en seguir jugando. Ya no puede hacer bluff porque perdió la máscara, quedó más claro que el día que la única carta que le queda es la represión, la cual tendría que ser cada vez más brutal para contener un repudio cada vez más profundo. El presidente está sentado en un bloque de hielo a la entrada de la primavera, es cuestión de tiempo para que se derrita y se hunda.

Corresponde por tanto preguntarse qué forma debe tomar la lucha cívica en estos momentos. Estamos en una segunda etapa que es muy diferente a la primera. Nos encontramos ante una ofensiva militar en toda forma; ante violaciones de los derechos humanos en la cara de los organismos internacionales que han venido a investigarlas; ante un mecanismo de diálogo profanado a la vista de toda la población.

La resistencia pacífica debe continuar, bajo nuevos esquemas. Cualesquiera que surjan, un punto importante  es que los sociópatas no cambian –por tanto el diálogo no es un mecanismo viable para tratar con ellos. Solamente entienden el control y el poder. La única manera de enfrentarlos efectivamente es no dándoles ni el control, ni el poder que tanto ansían. Lo que va a seguir desestabilizando al régimen hasta tumbarlo es una población consciente, empoderada, que se vuelca unida en las calles utilizando todas las formas de resistencia pacífica a su alcance.