Confidencial

La mentira en la Casa Blanca

JLX06 NUEVA YORK (ESTADOS UNIDOS) 16/06/2015.- El magnate estadounidense Donald Trump anuncia su candidatura a la presidencia de Estados Unidos durante un evento en Nueva York (Estados Unidos) hoy, martes 16 de junio de 2015. Trump anunció hoy que se presentará "oficialmente" a las primarias del Partido Republicano como aspirante a la Casa Blanca en los comicios presidenciales del año próximo. EFE/Justin Lane

CAMBRIDGE – Al primero de junio de este año, el presidente estadounidense Donald Trump había dicho 3259 afirmaciones falsas o engañosas, según la base de datos Fact Checker del Washington Post, que analiza y clasifica cada declaración sospechosa emitida por el presidente. Es un promedio de más de 6,5 falsedades por día, que supone un alza respecto de la media diaria de 4,9 inexactitudes de los primeros cien días de gobierno (en mayo alcanzó un máximo de ocho al día). No hay duda de que Trump va camino a fijar un récord.

Los partidarios de Trump justifican su mendacidad con el argumento de que “todos los políticos mienten”. Es verdad; y basta un poco de introspección para tener que admitir que todos los seres humanos mienten. Pero la cantidad y el tipo de las mentiras importan. Un exceso de mentiras desvaloriza la moneda de la confianza.

Las mentiras no son todas iguales. Algunas son en beneficio propio. Un presidente puede mentir para cubrir sus huellas, evitar un escándalo, perjudicar a un rival, o por conveniencia.

Otras mentiras presidenciales sirven a un fin más elevado. En algunas circunstancias, los historiadores incluso aplauden que un presidente haya decidido engañar a la opinión pública en aras de lo que consideró un bien mayor o posterior. John F. Kennedy ocultó a la opinión pública el papel de los misiles estadounidenses desplegados en Turquía en el acuerdo que puso fin a la crisis de los misiles cubanos en 1962, pero eso era mucho mejor para el país que correr el alto riesgo de una guerra nuclear.

Un ejemplo más ambiguo se dio en 1941, antes de la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. Para persuadir a una opinión pública aislacionista de que la Alemania de Hitler era una amenaza, el presidente Franklin D. Roosevelt dijo que un submarino alemán había atacado a un destructor estadounidense, cuando en realidad la acción la había iniciado el lado estadounidense. En tiempos de guerra, cuando una lengua suelta puede hundir barcos y el secreto es crucial, Winston Churchill sostuvo que la verdad puede ser “tan preciosa que siempre debe ir acompañada por una escolta de mentiras”.

A menudo el engaño maquiavélico es un arma estratégica en la negociación de acuerdos, un arte en el que Trump afirma ser un maestro. Tal vez eso explique sus mentiras sobre las armas norcoreanas, los aranceles europeos y la interferencia del presidente ruso Vladimir Putin en la elección presidencial estadounidense de 2016. Pero su insinceridad en relación con cuánta gente asistió a la ceremonia de asunción al cargo, las mujeres cuyo silencio compró o las razones por las que despidió al exdirector del FBI James Comey no son muestras de arte de gobierno, sino mera manipulación de otras personas y de la opinión pública en beneficio propio.

Un presidente debe ser cauto incluso cuando el motivo para sus mentiras no es el interés propio. Antes de recurrir a la mentira como instrumento de gobierno, debe analizar la importancia del objetivo, si hay medios alternativos para alcanzarlo y si el engaño se podrá contener o existe riesgo de que sólo sea el primero de muchos.

Cuanto más engaña un líder a la opinión pública, tanto más erosiona la confianza, debilita las instituciones y crea un precedente nocivo. En 1941 Roosevelt mintió para sacar al pueblo estadounidense de su letargo, pero también sentó un precedente que Lyndon B. Johnson usó en 1964 para conseguir que el Congreso aprobara la Resolución del Golfo de Tonkin, que condujo a una dramática escalada de la Guerra de Vietnam. El peligro está en que los líderes se digan que mienten en aras del bien público, cuando lo hacen para obtener beneficios políticos o personales.

Johnson no quería que lo vieran como un cobarde o como el hombre que perdió Vietnam. Mintió una y otra vez al pueblo estadounidense sobre los avances de la guerra. Y también quería mantener la guerra limitada.

Uno de los beneficios éticos de una guerra limitada es que evita los daños de una escalada. Pero también implica cierto nivel de engaño. Para no perder credibilidad en la negociación con el enemigo, los presidentes necesitan mantener un optimismo inquebrantable en la opinión pública (lo cual lleva a desinformarla). En el caso de Johnson, los motivos personales reforzaron esta necesidad, y en 1968 ya se decía que para saber si estaba mintiendo había que ver si se le movían los labios, así que decidió no volver a postularse.

El sucesor de Johnson, Richard Nixon, también mintió sobre la Guerra de Vietnam, incluida su extensión a Camboya. A esto siguieron mentiras sobre su actuación en el ocultamiento de la intrusión en las oficinas del Partido Demócrata por orden de su gobierno. Cuando esto finalmente salió a la luz con las grabaciones del Watergate, Nixon renunció a la presidencia, en 1974, para evitar un juicio político.

Johnson y Nixon no sólo dañaron sus presidencias, sino también la confianza pública. A inicios de los sesenta, las encuestas mostraban que tres de cada cuatro estadounidenses tenían alta confianza en el gobierno. Al final de la década siguiente, sólo uno de cada cuatro pensaba lo mismo. Las causas de esta caída son complejas, pero las mentiras presidenciales tuvieron su parte.

Algunos observadores señalan el historial de Trump en el sector privado y sostienen que sólo miente por costumbre. Otros creen que la frecuencia, la repetición y el descaro de sus mentiras no son una simple muestra de costumbre, sino una estrategia política deliberada para debilitar las instituciones relacionadas con la verdad. En cualquier caso, Trump erosionó la credibilidad de instituciones como la prensa, los organismos de inteligencia y el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, con su actitud de relativizarlo todo y gobernar para sus incondicionales.

¿Podrá Estados Unidos después de Trump recuperarse? Recordemos que a Johnson y Nixon los sucedieron Gerald Ford y Jimmy Carter, notoriamente más honestos, y que la confianza de la opinión pública en el gobierno creció ligeramente con Ronald Reagan en los ochenta. Pero como la mera cantidad de sus mentiras indica, Estados Unidos jamás vio un presidente igual a Donald Trump.

Joseph S. Nye, Jr. es profesor de la Universidad de Harvard y autor de Is the American Century Over? [¿Terminó el siglo de Estados Unidos?].

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