Opinión

De revolucionario a dictador

La metamorfosis de Daniel Ortega

Daniel Ortega

La Constitución Política fue manoseada como les dio la gana, y de la noche a la mañana, la gran empresa privada amaneció en la misma cama con Ortega.



Medio millón de nicaragüenses llenaron la Plaza de la Revolución en el cierre de campaña del FSLN aquel miércoles 21 de febrero de 1990. Ese día se cumplían 56 años del asesinato del general Sandino, ordenado por el dictador Anastasio Somoza García. La victoria en aquellas elecciones anticipadas parecía indiscutible, pero el martirologio de miles de muchachos caídos en el Servicio Militar Obligatorio fue decisivo para que el FSLN y Daniel Ortega las perdieran, naufragando para siempre la Revolución Popular Sandinista.

El fracaso generó inculpaciones mutuas, meas culpas y piñatas. Tomás Borge adjudicó la derrota al endiosamiento de los dirigentes. Violeta y dos más terminaron sus mandatos, con Daniel gobernando desde abajo. Dieciséis años después de aquella derrota, el pacto con un corrupto propició que Ortega & Cía. retomara el poder. El ideario de Sandino, los símbolos del FSLN y la mística revolucionaria fueron sustituidos por colores de circo con que, desde 2007, fue pintada la fachada de la presunta Segunda etapa de la revolución.

En una de sus hiperbólicas alocuciones Tomás vaticinó que ahora se quedarían 100 años. Desde el primer instante trabajaron para perpetuarse en el poder. Lo primero que aseguraron fue la fidelidad de las armas. Luego, anularon y absorbieron a los demás poderes del Estado, acabando con la frágil institucionalidad del país. Leyes y fallos judiciales sustentaron los intereses familiares, y los fraudes electorales aseguraron su permanencia. Y otra vez, el endiosamiento y la voracidad se reinstalaron en Nicaragua.

La Constitución Política fue manoseada como les dio la gana, y de la noche a la mañana, la gran empresa privada amaneció en la misma cama con Ortega. El matrimonio fue oficializado sin tardanza hasta en la Carta Magna. Y facilitaron las inversiones nacionales y extranjeras y obtuvieron préstamos de la banca internacional. Cada año, Venezuela aportó 500 millones de dólares, adjudicados a la deuda nacional, aunque se sospecha que engrosaron cuentas bancarias personales.

Y mancornados con la “odiada burguesía” los socialistas se transformaron en millonarios y ambidiestros: izquierdistas en su retórica y burgueses en sus lujosos hábitats.

Con láminas de zinc, vacas, chanchos, gallinas y dinero, cautivaron su clientela. Y las palabras que usamos a diario fueron desolladas de su autenticidad, desnaturalizadas en la fragua de la farsa y dejadas tan irreconocibles como la ropa vieja, que nadie recuerda sus colores originales. Y con lo falsificado crearon el lenguaje oficial del país colorido y ficticio que inventaron, y cada mediodía, en homilías transmitidas por los canales de TV de La Familia camuflaron el engaño, y de paso erigieron la antología del cinismo.

En la última década cambió la escenografía de Nicaragua. Construyeron residenciales, centros comerciales y carreteras; dijeron que la macroeconomía era saludable, que cada año reducían la pobreza, que éste era el país más seguro de Centroamérica y destino turístico mundial, que las inversiones aumentaban. La empresa privada estaba feliz. Y, aunque llevaron agua y electricidad a olvidadas comunidades, vivíamos de apariencias, porque carecíamos, Sancho, de uno de los dones más preciados: la Libertad.

Monopolizaron medios de comunicación y ahogaron a los independientes, congelaron los salarios, atropellaron jubilados y universitarios, pusieron oídos sordos a las denuncias de los campesinos de las montañas y los indígenas del Caribe, y como en la otra dictadura espiaron vecinos, garrotearon adversarios, impusieron el miedo y entronizaron el autoritarismo, mientras la corrupción y la impunidad se paseaban como Pedro por su casa. Entre silencios y murmullos pasamos una década, agachados, domeñados.

Los partidos políticos de “oposición” jamás chistaron. La calle está dura, dijo uno de ellos. Y aprobaron leyes perniciosas como la del canal interoceánico.

Ricardo Morales Avilés, intelectual y revolucionario, desconcertó a muchos cuando en los 70 escribió que Somoza era subversivo. Lo explicó diciendo que la gente se subvertía al verlo en televisión, en Novedades y vallas de carretera. Su escrito no lo leyó ni Daniel ni Rosario, e igual que el otro dictador subvirtieron a la gente con sus gigantografías de monarcas en calles y carreteras. Y por inspiración esotérica, o por sus macumbas -como dice la gente- ella llenó el país con chillantes árboles de hojalata.

En abril 2018 se incendió la reserva natural Indio Maíz y pasaron días sin que el gobierno le echara un balde de agua. Y los universitarios dejaron las aulas, se tomaron las calles y protestaron ante tal indolencia contra el pulmón de Nicaragua. A esto se sumó la controversial reforma del INSS y el 18 de abril volvieron a protestar y fueron agredidos. El 19, la Policía mató a los primeros chavalos. Ahora, a pleno día, con turbas y sicarios, han asesinado a más de 170, incluidos niños, niñas y adolescentes, y herido a más de mil personas.

Ahora Nicaragua entera está insurreccionada. El pueblo, desarmado, exige al Presidente y a su mujer que se vayan. Y, como en metamorfosis kafkiana, el otrora revolucionario se convirtió en dictador y, al igual que el anterior, no ordena el cese de la matanza ni se va. Y no se sabe cuánta sangre santa será derramada ni cuántas vidas más serán inmoladas. Nicaragua vuelve a padecer la pesadilla de Sísifo. Otra vez el noble pueblo nicaragüense es víctima de la barbarie. Y no se avizora el fin del genocidio.   

Ahuacalí, junio 15 2018.