Opinion

La poesía es una casa de cristal

Un rasgo definitorio en la poesía de Rosa Pasos es su carácter sensorial. Escuchemos su voz.

Al recorrer las páginas del libro Poemas (Anamá, Managua, 2020), de Rosa Pasos, estamos frente a un poeta que ha dedicado buena parte de su existencia a escribir. Nada insólito en un país donde las mujeres ocupan un sitial honroso. Su arco creativo va de 1973 hasta 2020. Esto quiere decir que Pasos ha hecho de la escritura un ejercicio casi permanente. Su obsesión por escribir —este era el mandato de Rainer María Rilke— puede apreciarse mejor, al comprobar el número de años que como ser humano ha consagrado al arte poético. Entregada de lleno al acto solitario —en la creación no hay musas ni musos que iluminen, solo un trabajo paciente como lo reconocen los grandes creadores. Sus poemas ayudan a definir su perfil y enterarnos que estamos ante una mujer consecuente con el más alto de los cantos.

Para comprobar si hay oficio literario, el poeta debe dedicar horas, días y años, para demostrar que está poseído por el demonio de la creación. La publicación de un libro de poesía constituye la acreditación para poner un pie dentro de la literatura nacional. Testimonio que evidencia que su pasión no surge ni nace de la improvisación, que tampoco es el resultado de alguna contingencia. Poemas ratifica sus muchos años de escritura, donde seguro los intentos por redondear un poema termina en la papelera. Los creadores rompen más de lo que publican. En nuestro ámbito hay quienes pueden dudar que un solo libro no basta para alcanzar el estatus de poeta. Guardando las distancias de rigor, Pol-la D’Ananta, Katanta, Paranta (1970, 1989, 1993), es el único libro de poesía publicado por José Coronel Urtecho.

En el caso de Rosas Pasos, su decisión tardía viene a demostrar (no se trata de un acto consagratorio, no la busca ni lo desea) su empeño y constituye la prueba de su dedicación al entrañable y duro oficio de escribir. Sus decenas de poemas la revelan, la colocan de cuerpo entero y de cara al escenario, sin temer a la crítica. Confirman que en cada poeta hay un rebelde. Un ser inconforme. Alguien que se planta y alza su voz para bendecir el amor y sus mil puntas cruentas o para protestar ante las injusticias y atropellos cometidos contra millones de personas. Escribir seguirá siendo un acto de rebeldía. Una forma de oponerse y rechazar el desdén con que son tratados los seres humanos. Uno canta para elevar el espíritu. Su poesía es una plegaria de amor y esperanza y expresión de fe por un mundo mejor para todos.

Un rasgo definitorio en la poesía de Pasos es su carácter sensorial. Dispone todos los sentidos a favor de la mujer y hombre concretos. Sus vuelos abstractos son muy pocos. Nos habla de cuerpos, manos, piel, ojos, saliva, piernas, así como pasar por las aguas bautismales de la poesía a su propio ser. El suyo es un cuerpo que goza de los placeres de vida. Un cuerpo que entrega sin reparos. “Esperando…/brilla mi alma…/piensa mi cuerpo/brota la emoción…/resplandece la fantasía/y se aproxima/a mí sonrisa/¡la tristeza!”. Una poesía intimista como reconoce el poeta y crítico literario, Julio Valle Castillo, su prologuista. A lo largo de su discurso el cuerpo es convertido en presencia permanente. En casi todos los poemas el cuerpo aparece transfigurado. Todos sabemos que la casa del amor pide a gritos ser habitada.

El roce de la piel la encabrita, posee un cuerpo que ha entregado múltiples veces y   tiene el suficiente valor para reconocerlo. Los poetas asumen con hidalguía lo que otros ocultan. El cristianismo de Pasos no limita las expresiones de amor, de carne y hueso. No interfiere en sus sentimientos. “Me gustan los que escriben/ los que esculpen… los que pintan/ pero más que ninguno me gusta/ los que han tocado/ el interior de la semilla/ y se la han comido”. Los poetas tienen el privilegio de confesarse ante el mundo, no requieren comparecer en el púlpito frente a un cura, para que los eximan por los goces de la carne. Entregarse a los demás, no constituye pecado. Los poetas son dueños de sus propias decisiones, así la amenaza del purgatorio penda sobre sus cabezas. Unos rebeldes que revelan sus gustos y placeres. La poesía habita en una casa de cristal.

En esa casa el poeta expone sus mejores logros, los que considera dignos de ser leídos. Tiene tantos pisos como su temperamento lo sugiere. Los balcones tienen vista al mar o a la montaña. Rosa Pasos sabe que habita un universo donde nadie escapa al juicio inapelable de los lectores. Su poesía está impregnada de luz. Palabras y sentimientos habitan su morada. Cada uno de nosotros tendrá que recorrer sus páginas para valorar sus creaciones, identificarnos con ellas o rechazarlas. Poemas comienza transitar por las calles. Mañana sabremos como supo al paladar de los lectores. Mientras tanto yo me uno y comprendo su desesperación. La autenticidad de su poesía reside en su rechazo al destino incierto al que han condenado a millones de personas atrapadas por el dolor y la rabia. Como buen poeta cree en la redención del ser humano.

Ante tanta vocinglería Platón reconoce —no digo Epicuro— que lo que pertenece al cuerpo no mata. El amor es consustancial al ser humano. Creo que los poemas mejor logrados por Pasos, son los referidos al amor. A la entrega, goce, sufrimiento y soledad. Es donde mejor conjuga su poesía. Se redime. El poema Contacto, exhibe su talante. Un amor tempestuoso y volcánico. “El contacto de tu piel/y mi piel alborota/ todas las células/me dan ganas de/arrancar mi piel/de arrancarte la tuya/y todo lo que se/ mueve dentro de nosotros, /toda vida en vos/y en mí se mezclen…/que sea un huracán/que dé vuelta veloz/pero leeeeeeentamente”. Como debe ser el contacto sublime, como lo llamaba nuestro paisano inevitable, don Rubén Darío. Sin prisas, sin ningún apuro, con toda la lentitud del mundo, aunque después desfallezcamos.

En el Ars amatorio de Rosa Pasos desfilan todos los sentidos, ninguno escapa a sus sentimientos: cuerpo, sangre, carne, piel, ojos, mirada, corazón, manos, piernas, agua, etc. Todo fluye como manantial inagotable. No conoce otra forma de entregarse al contacto supremo, para recurrir de nuevo a Darío. Lo hace plena de goce y armonía. Varias veces lo confiesa. En Caí en el amor, lo dice, /… ojos grandes que me absorben/ floto sobre el agua/salvaje y tierno/ hombre hecho de piedra, de sol/de día y de noche/ abrázame hombre/que tengo ganas de amarte yo también/con sudor y tierra/ amarte llena de lodo/con olor a cuerpo y sangre/ más allá/donde nuestros cuerpos fantasmas choquen/y se fundan/y donde cuerpo/y mente sean…/uno y todo”. Los amantes batallan, se trenzan con fiereza y sin inhibiciones. No hay tregua. Arden y la pasión los consume.

La otra cara de la poesía de Pasos es su acentuado exteriorismo, en sus poemas políticos (los poetas en Nicaragua tienen como temas dominantes el amor y la política) se percibe que ha sido lectora devota de Leonel Rugama. El poeta que conjugó a la perfección su militancia revolucionaria con una poesía donde exalta el valor de quienes luchan por la liberación de Nicaragua. Un poeta que continúa siendo un referente imprescindible para aquellos creadores que tienden su mirada sobre el horizonte de la patria. En el esplendor de su juventud escribió y luchó por ver a Nicaragua libre del oprobio somocista. Sigue siendo objeto de culto para quienes no han renunciado a un mañana mejor para todos los nicaragüenses. La poeta Pasos ciñe su estro. El intertexto fue la mejor forma que encontró para rendirle homenaje.

La influencia proveniente del poeta esteliano asoma en todo su esplendor, Pasos la invoca. “Vos chavalo que lo sabe todo/y no sabe nada…/vos que ves las sonrisas en las estrellas/y un cadáver en vos m ismo/vos que tenés sangre india/y amás con sudor y tierra/vos una expresión/un estruendo/un rayo/y una mirada…/. El poema Caí en el amor, viene a ser un eco renovado del poema Como los santos de Rugama. “Ahora quiero hablar con ustedes/o mejor dicho/ahora estoy hablando con ustedes/Con vos tunco carretonero/con vos estoy hablando. /Con vos carbonero/carbonero encontilado/Vos/vos que llevás ese cipote/ enganchado/sobre el carretón/y lo llevás sosteniendo la lata/y todo encontilado”. Una poesía que interpela, que se dirige al otro sin retórica ni disquisiciones literarias. El recurso del habla ocupa el espacio del lenguaje, resulta funcional a sus propósitos.

En su andar por el mundo, Pasos nunca olvidó a su Nicaragua natal. En los momentos de reposo, cuando se dedicaba a emborronar cuartillas, nuestro país  resplandecía. Contrastaba aquella realidad lejana con los días amargos y los padecimientos de los nicaragüenses. Dolores que parecieran eternos. Frente al Sena, el emblemático rio francés, evoca el mercado Oriental, a sus mujeres y sus casitas de plástico (Entre París y mi tierra), para rematar con una alusión que acaricia el presente, ante un futuro que tarda en llegar. “Los estudiantes del Barrio La Luz, de Acahualinca, /de la Salvadorita, del Open 3 y la 14 de septiembre/se organizan para protestar por los reos políticos, /los maestros orejas, la muerte de los dos obreros/y la represión del dictador”. Una historia de nunca acabar. La imagen del dictador petrificada en el tiempo.

El agua es otro elemento que cruza todas las estaciones de la poesía de Rosa Pasos, fluye a correntadas, ya sea en su poesía amorosa como en sus poemas de compromiso político. El agua se desplaza torrencial y hace presencia en el cuerpo. El mismísimo cuerpo entregado al amor y al combate. Agua que no llega en la hora de la lucha definitiva contra dictadura somocista, agua que baja entre sus piernas. Agua que se paró a divisar en Toscana frente al rio Arno. Agua contaminada que beben los niños pobres, agua de rio que violenta desemboca en la mar. El agua es un elemento primigenio del amor. Los invito a leer a Rosa, asomarse a sus páginas. Nos hace un guiño. Ama las miradas dulces y los cuerpos que caminan, ama los ojos profundos que se interrogan siempre. Escuchemos su voz.

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