Opinión

La política de la islamofobia

Cuanto más permita Occidente que policías humillen e intimiden a musulmanes, más probable será que ISIS reclute seguidores europeos



Nueva York – Hay muchas vías hacia el desastre político: la codicia, el orgullo desmedido, el carisma del demagogo y –tal vez sea lo más peligroso de todo– el miedo. Cuando las personas son presa del pánico, pueden ponerse histéricas y la histeria con frecuencia provoca la violencia en masa. Cuando los políticos convencen al pueblo de que están en una lucha a vida o muerte –de que la supervivencia es un asunto de “nosotros o ellos” –, todo resulta posible.

Adolf Hitler combinó todos los elementos de la catástrofe política: el orgullo desmedido, el carisma, la codicia y la idea de que los “arios” y los judíos estaban inmersos en una lucha por la supervivencia. Naturalmente, ninguno de los demagogos actuales de Occidente –desde Donald Trump en los Estados Unidos hasta Marine Le Pen, pasando por Geert Wilders– son comparables con Hitler. Ninguno ha promovido una dictadura y, menos aún, el asesinato en masa, pero están provocando la política del miedo.

Trump, por ejemplo, promueve también la codicia, al jactarse a las claras de su riqueza, y ha refinado en cierto modo un estrafalario orgullo desmedido y las poses contradictorias, al convertirlos en una extraña forma de carisma. Por una parte, promete solucionar todos los problemas del mundo y demostrar a China, Rusia, el Estado Islámico o cualquier otro quién es el jefe. Por otra, afirma que su inmenso y poderoso país no puede acoger a refugiados desesperados de Siria, porque, según advierte, los solicitantes de asilo musulmanes podrían organizar “uno de los mayores golpes militares de todos los tiempos”.

Los colegas republicanos de Trump en la carrera por la presidencia de los Estados Unidos, como, por ejemplo, Ted Cruz, Ben Carson y Marco Rubio, abrigan miedos similares en relación con los refugiados. Cruz, además del supuestamente más moderado Jeb Bush, han propuesto incluso que sólo se permita la entrada a los EE.UU. a los cristianos.

Más de 10.000 personas son víctimas todos los años de la violencia armada en los EE.UU., todas ellas por un puñado de razones que nada tienen que ver con el Islam y, sin embargo, todos los candidatos republicanos están orgullosos de oponerse a las medidas de control de armas; de hecho, no consideran un problema permitir a las personas que entren en una escuela o un bar con armas ocultas, pero incluso un puñado relativamente pequeño de refugiados musulmanes es demasiado peligroso para plantearse la posibilidad de acogerlos.

Con esto no quiero decir que en los EE.UU. o en otros lugares no pudieran ocurrir actos de terrorismo islamista. Ya los ha habido y probablemente habrá más, mientras Oriente Medio padezca agitación y el islam revolucionario atraiga a jóvenes occidentales descontentos, pero en modo alguno es una amenaza existencial.

Un amigo mío americano elucubró así: “Podríamos estar a un paso de una presidencia de Trump mediante un acto terrorista.” Una matanza espectacular cometida por islamistas podría espantar hasta tal punto a los americanos como para que votaran al mayor alarmista. Todo es posible, pero no creo que los americanos fueran tan estúpidos.

Sin embargo, el peligro mayor es el de que los demagogos arrastren incluso a los políticos de los partidos mayoritarios hasta su bando. Desde los ataques terroristas habidos en París el 13 de noviembre, François Hollande, el impopular, pero totalmente sensato Presidente de Francia, ha tenido tanto miedo de que los políticos de la derecha y la extrema derecha lo consideren un apocado, que ha declarado un estado de emergencia nacional… y la guerra al Estado islámico (ISIS).

Mientras dure el estado de emergencia en Francia, la policía puede detener sin mandamiento judicial, derribar las puertas de residencias privadas en plena noche, ocupar restaurantes y otros lugares públicos con fuerza armada y en general comportarse como los agentes de un Estado policial. La mayoría de los franceses están ahora tan aterrados antes los ataques islamistas, que semejantes medidas cuentan con un amplio apoyo, pero son casi con toda seguridad contraproducentes.

Un dirigente nacional puede declarar la guerra a un Estado, no a una red de revolucionarios. Pese a sus afirmaciones, el ISIS no es un Estado y Hollande no debe tratarlo como si lo fuera. Además, aunque bombardear los baluartes del ISIS en el Iraq y en Siria tiene sentido desde el punto de vista militar, no acabará con el hechizo que la revolución islamista representa para los jóvenes frustrados, aburridos y marginados de los arrabales franceses.

Al contrario, los astutos dirigentes del ISIS cuentan con una apocalíptica visión del mundo de “nosotros o ellos”. La mayoría de los musulmanes no son revolucionarios violentos que justifiquen y menos aún admiren la violencia en masa. El ISIS procura ampliar su apoyo, en particular entre jóvenes musulmanes, convenciéndolos de que los verdaderos musulmanes están en una guerra existencial con Occidente… que los infieles son sus enemigos mortales. Para ellos no menos que para Trump, el miedo es el arma más potente.

Así, pues, cuanto más permita un gobierno occidental que los policías humillen e intimiden a musulmanes en nombre de la seguridad, más probable será que el ISIS consiga reclutar seguidores europeos. La única forma de luchar contra la violencia islamista revolucionaria es ganarse la confianza de los musulmanes respetuosos de la ley. No será fácil, pero las detenciones arbitrarias no son, desde luego, el modo adecuado de hacerlo.

Asimismo, en cuanto a las guerras civiles en Oriente Medo, la contención occidental suele ser una mejor estrategia que una apresurada intervención militar impulsada por el miedo de sus ciudadanos. Los candidatos republicanos en los EE.UU. ya están utilizando la reciente matanza habida en París para culpar al Presidente Barack Obama y, por extensión, a cualquier candidato demócrata futuro, de debilidad. Trump ha prometido “acabar con esos cabrones del ISIS a base de bombas”.

Esa belicosidad ha tenido el efecto de mover a Hillary Clinton, la favorita para la candidatura presidencial demócrata, a distanciarse de Obama. Como Hollande, tiene que calmar el miedo público hablando con firmeza y prometiendo más medidas militares.

Obama ha resistido coherentemente la tentación de desencadenar más guerras. Sus políticas han sido a veces incoherentes e irresolutas, pero, al negarse a ceder ante el pánico y apresurarse a actuar, ha sido mucho más valiente que todos cuantos lanzan baladronadas y lo acusan de ser blandengue.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Ian Buruma es profesor de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en el Bard College y autor de Year Zero: A History of 1945 (“Año cero. Historia de 1945”).

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