Opinion

La prudente Policía de Ortega

Lo que la policía ha garantizado es la integridad personal del terrorista orteguista durante la ejecución de su plan criminal

El absolutismo orteguista, como es natural, no tiene poder alguno sobre la lógica, así que pese a su demagogia la función de saqueo y de freno al desarrollo económico del país permanece como tal ante la historia.

El golpe de estado de Ortega, para establecer un régimen bonapartista, por encima de la sociedad, no tuvo que vencer estratégicamente a ningún poder del Estado, en un período de reflujo de masas, sino, que se limitó a una mezquina compra de conciencias de los jefes burocráticos de los partidos electoreros y de las instituciones estatales (que no representaban a nadie), incluidas la policía y el ejército. La oligarquía, que ha medrado históricamente tras las espaldas de los caudillos, encontró en Ortega su aliado natural, para concentrar aún más la riqueza del país en sus manos, y para apropiarse (detrás del absolutismo) de exorbitantes privilegios fiscales, legales e ilegales, en una coyuntura de precios internacionales favorables de las materias primas exportables, que ahora llega a su fin.

Normalmente, nadie analiza o critica los discursos de Ortega, porque resultan intrascendentes, desprovistos de una visión filosófica, programática, estratégica sociológica, económica o política. No hay, en cada improvisación caótica, ni un ápice de coherencia ideológica de algún tipo, ni un intento de aplicar a los fenómenos concretos alguna teoría del conocimiento que permita interpretar la dinámica de la realidad. De modo, que a lo largo de treinta y cinco años de vida pública no se le conoce una sola idea política estratégica, más allá de las maniobras en el forcejeo burocrático por el poder, como puede ocurrir dentro de un cartel que ejerce cierto control decisivo sobre una sociedad corrupta, con métodos inescrupulosos, de chantajes, halagos económicos, amenazas, asonadas, en pocas palabras, con instrumentos adaptos a ese fin mezquino, desde afuera y desde adentro de la cúspide del poder. Sus características personales coinciden con el atraso económico, y con el adormecimiento cultural del país.

Sin embargo, esta vez, en el acto del 36 aniversario de la policía, Ortega se involucró imprudentemente en un caso violento de carácter criminal, por la forma irresponsable con que ha abordado el atentado terrorista en contra de las manifestaciones opositoras en Metrocentro. De modo, que ha utilizado a la policía para diseñar con relativa claridad un cambio degenerativo, más pronunciado, de la realidad política. Por tanto, esta vez no es posible, por desgracia, pasar por alto su intervención.

Prudencia policial o complicidad con el terrorismo político

Un pistolero organizado en las estructuras de los motorizados, que Ortega utiliza como fuerzas de choque para reprimir las manifestaciones sociales y políticas, disparó este 2 de septiembre a quienes asistían en Metrocentro a la antepenúltima marcha de protesta de los miércoles en contra del actual Consejo Supremo Electoral. Accionó en tres ocasiones una pistola Astra, calibre 32 (arma de reglamento de los falangistas franquistas), frente a más de trescientos policías uniformados y de una veintena o más en traje de civil. Con esa arma en la mano, bastante vieja, descontinuada desde hace casi veinte años, después de dispararla repetidamente, corrió al trote alrededor de la rotonda Rubén Darío, cerca de 80 metros, sin prisa, como si practicase footing. Al final, caminó a ratos entre los jefes policiales, quienes a dos metros de distancia le miraban de reojo y, curiosamente, se alejaban de él presurosos, dándole la espalda. ¿Por qué no actuó la policía para detener en el acto al pistolero?

Aminta Granera, jefa de la policía, explica a su modo, ambiguo y desordenado, la nula acción policial:

“Cada cuerpo policial tiene sus funciones bien definidas en el momento, y la prueba está en que este sujeto fue capturado pocos minutos (en el barrio Jonathan González) después de haber hecho los disparos, así que no podemos hablar de pasividad de la Policía Nacional. Uno tenía función de regulación de tránsito, otros de resguardar el Consejo Supremo Electoral y había otros que estaban en función de eso, y ellos fueron los que capturaron”.

Ningún policía actuó para resguardar la integridad de la población. ¿Había policías que estaban en función de eso? Bien. Dejemos tranquilos –aunque resulte burocrático, ridículo, y vergonzoso- a los demás policías que protegían otras cosas, al parecer, más importantes, pero, ¿por qué, quienes estaban en el sitio en “función de eso”, no actuaron en el acto, sino, hasta después que el pistolero huyó de la escena? ¿Qué significa, que estaban en función de eso, de proteger la integridad física de la población, y no actuaron en tal sentido?

Si no es pasividad respecto a su deber profesional, ¿qué es? ¿Profesionalismo o complicidad policial?

Doce días antes de esta deplorable complicidad policial, el 21 de agosto pasado, en un tren con 554 pasajeros a bordo que viajaba de Ámsterdam con destino a Paris, dos pasajeros (uno de ellos, profesor universitario, de 50 años, y el otro, un consultor británico de 62 años) y dos soldados norteamericanos, cuyas funciones eran vacacionar por Europa, procedieron a neutralizar a mano limpia a un terrorista islámico de 26 años (otro muchacho, un año más joven que el pistolero de Metrocentro), que subió en Bruselas con un fusil Kaláshnikov, una pistola Luger, una decena de cargadores y un cúter (cuchillo cartonero), quien disparó e hirió a uno de sus captores con un balazo en la espalda, e hirió a otro con el cuchillo (con ánimo de matar, salvo que Ortega esté claro, también en este caso, de lo contrario).

A estos héroes, Francia les condecoró con la medalla al valor, porque protegieron con valentía la vida de los ciudadanos, aunque no era su deber profesional. En el mundo orteguista, en cambio, a algunos de los jefes policiales que estaban en Metrocentro, y que se alejaron del pistolero terrorista, una semana después se les ascendió de grado.

La formación de la nación se retrae

El Estado absolutista debilita y fragmenta el Estado nacional, cuando transforma las instituciones nacionales en orteguistas. Las pocas conquistas democráticas de formación de la nación, obtenidas a lo largo de 200 años -una de ellas, el aborto terapéutico, de 1891-, se retraen con la concentración de poder de la tiranía feudal, como las encías en los ancianos que se retraen por las toxinas concentradas en los dientes.

El video que recoge esta sorprendente hazaña del criminal de Metrocentro, podría circular por las escuelas policiales del mundo, con la explicación infeliz de Aminta Granera sobre la nula actuación policial durante los hechos; con el ascenso de grado de los policías inoperantes; y con el discurso irresponsable de Ortega, por añadidura. Es una forma de aprender cómo una sociedad se descompone, y se inclina hacia el abismo.

Obviamente, aquí, lo que la policía ha garantizado es la integridad personal del terrorista orteguista durante la ejecución de su plan criminal.

“Aquí la Policía actuó con prudencia”, acota Ortega con bastante descaro, en ese discurso reciente, particularmente llena de múltiples desaciertos importantes. Porque el terrorismo político oficialista ha iniciado en Metrocentro, de manera torpe, su presentación en sociedad en traje de sicario.

Fuerzas oscuras del orteguismo

Este pistolero, fulminado vertiginosamente con cuatros años de prisión (que, seguramente, como es usual, saldrá libre por estrés carcelario), vivió su minuto de gloria en el mundo marginal. Ahora es conocido como el pistolero de Metrocentro. Su alma de delincuente le brinca en el pecho cuando recuerda que en las barbas de un inmenso dispositivo policial pudo disparar a su antojo, en armonía con las poderosas fuerzas oscuras del orteguismo. Posiblemente, se habrá graduado de algo en ese mundo orteguista paramilitar, incomprensible al sentido común. Y la policía habrá quedado públicamente en paños menores como institución nacional.

Una república no podrá jamás retroceder hacia una monarquía, como expresión política estable de una etapa productiva de la sociedad civilizada. Pero, es posible someter un Estado republicano a un proceso degenerativo, y destruirlo jurídicamente.

De modo, que Ortega se dispone a utilizar en acciones políticas quirúrgicas, contra los primeros brotes del despertar de las masas, a las fuerzas paramilitares extraídas del bajo mundo, bajo la protección y complicidad de la policía y del poder judicial.

Ingeniero eléctrico

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