Opinión

La renuncia de Aminta Granera



Foto: La jefa de la Policía Nacional, Aminta Granera. D.U./Confidencial.
Foto: La jefa de la Policía Nacional, Aminta Granera. D.U./Confidencial.

La masacre de las Jagüitas ha rebalsado el vaso. Como sentencia el Quijote: tantas veces va el cántaro a la fuente hasta que se rompe. La policía está en un momento de inflexión. Es decir, su rostro adquiere con bastante nitidez, ante la población, los rasgos de la guardia somocista. El secreto del momento está en que ese rostro prepotente ya no es enigmático, el carácter del personaje, con el avanzar de la obra dramática, se ha vuelto evidente. El pasamontaña, que oculta su identidad, más bien delata que se trata de una conspiración tenebrosa contra el pueblo. La conciencia de mal se ha separado, con una vida antisocial independiente, y la policía se ha transformado en el señor Hyde permanentemente.

Quizás era inevitable que el orteguismo deformara a la policía, porque no le correspondía a ésta, enteramente, la responsabilidad de detener el avance dictatorial del orteguismo. Pero, alguna resistencia debió ocurrir.

Hay una lucha interna en la policía, es cierto. Pero, no es una contradicción entre institucionalidad y sumisión. Se trata, únicamente, de una conspiración de intereses, de una rivalidad de poder y de ambiciones obsequiosas, una disputa servil ante la dictadura, similar a la devoción hipócrita del Tartufo, como la que se le rendía al poder absolutista de Luis XIV, que Moliere denuncia magistralmente (aunque perdona, en su crítica, el absolutismo del monarca).

Casi siempre, en las convulsiones de la historia, cuando las fuerzas más miserables degradan la suerte del país, algún sector clarividente desempeña una posición heroica de vanguardia, y prematuramente, aunque todo parezca perdido, se mantiene firme, inamovible, de cara al futuro de la nación. Sandino, sin duda, pese a sus limitaciones políticas, tuvo un rol histórico semejante en la etapa más delicada de nuestra historia. En nuestro caso, en este momento histórico, no fue así. El orteguismo ha sido una verdadera avalancha desastrosa, que arrasó a la sociedad entera en un momento de reflujo, hasta vender nuestra soberanía a un aventurero chino.

Como toda fuerza reaccionaria, el orteguismo pensó, a despropósito, que había conquistado un reino fuera de la historia. No es así. No importa cuánto se haya retrocedido con los ojos vendados. Ahora, la degradación ha llegado al límite. De los escombros, por fortuna, brotan a lo largo y ancho del país pequeños tallos espontáneos, yemas florales reverdecidas en las que germina, con las primeras luchas, la dignidad ciudadana. Ahora el movimiento de reflujo parte hacia adelante.

Se ha acumulado una hipersensibilidad, y la sociedad manifiesta una irritación visible a flor de piel, una urticaria molesta que expresa la reacción alérgica al abuso crónico del orteguismo. Nuevamente, entre los ciudadanos hay esa mirada conspirativa que marcó la recta final del somocismo. Ese consenso silencioso, en la moral colectiva de la nación, que hace irreversible la caída del orteguismo en la conciencia de cada quien.

En este contexto, alguien afirma que la renuncia de Aminta no cambiaría nada, porque la raíz está profundamente podrida. Carlos Fernando Chamorro, por su lado, dice que la salida de Aminta no provocaría ningún cambio de importancia. A su parecer, sería irrelevante.

Es cierto. Pero, la política va más allá de la lógica. Si no, nos cruzaríamos de brazos a esperar que de pronto, algún día, la dictadura, por lógica, no actúe como tal.

La renuncia de Aminta es una consigna positiva, porque las consignas no tienen la función de cambiar la realidad. Su acción, metodológica, es la de producir un cambio favorable en la correlación de fuerzas. La lucha de masas se construye estratégicamente, con cambios de conciencia. Escribía Clausewitz: “el acto guerrero resulta de causas y efectos de origen moral”. Entendida la moral como disposición al combate. He aquí la razón dialéctica, por la cual, más represión ejerce una dictadura, y más ésta podría debilitarse, gracias a la resistencia organizada que se difunde en la sociedad como una respuesta inmunológica.

La renuncia de Aminta, por presión del pueblo, significa recuperar una cuota de poder psicológico en la ciudadanía, para impedir que quien vaya a sustituirle, aunque sea alguien peor, pueda atreverse a propiciar una revuelta. La renuncia de Aminta lleva a fortalecer la conciencia ciudadana en contra de la impunidad. Este cambio en la correlación de fuerzas morales, hará que la dictadura se retraiga, y que los oportunistas clarividentes (del gran capital) la abandonen; o que la dictadura agrave su propia crisis, en una lucha frontal contra la nación.

En el último caso, a diferencia del somocismo, los sectores plebeyos dentro de las filas orteguistas se cruzarían al lado del pueblo, en especial, los soldados de base del ejército, de extracción campesina. La camarilla de corruptos, sin ideología, no podrán evitar que, en una confrontación trágica, los soldados giren sus armas contra el parasitismo y el robo de las capas ostensiblemente corruptas. La demagogia banal del orteguismo se convierte en un recurso ilusorio si hay una confrontación dramática contra el pueblo. Esta vez, a diferencia de la caída de Somoza, los soldados no escaparían por las fronteras, sino, que desde el inicio, sin disparar un tiro, capturarían a sus odiados mandos superiores, cebados en la desigualdad creciente, con privilegios escandalosos. Estos paniaguados de Ortega lo saben, y en gran parte –como tartufos- intentarían, también, cruzar al lado del pueblo.

La consigna de la renuncia de Aminta es una bola de nieve en contra de la impunidad. En cualquier momento, la dinámica de los acontecimientos puede hacer que al nombre de Aminta se agregue el de Ortega. Entonces, como diría Sancho Panza: “si el cántaro da en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro”.