Reporte ciudadano

Cartas de los lectores

La revolución azul y blanco

Carlos Herrera | Confidencial

"La única manera digna de honrar la memoria de los mártires es construyendo la Nicaragua que queremos"



En los días del pasado mes de abril, los nicaragüenses entramos al siglo XXI. De la mano de los estudiantes, entramos.  Ellos enterraron las  ideologías y la desesperanza cerrando, en Latinoamérica, un ciclo de populismo neoliberal y de candidaturas tramposas. Este ejemplo heroico traspasará nuestras fronteras y no es remoto que pronto veamos que otros pueblos de Latinoamérica comiencen la gran marcha por el cambio.

Los estudiantes colocaron en el altar del sacrificio un nuevo humanismo como piedra angular del cambio y pusieron el amor como punto de partida. Reconstruyeron los sueños rotos y nos dieron la posibilidad de rescatar nuevamente la utopía. Lavando con su sangre la podredumbre, abrieron las puertas de una nueva era, de un  amanecer azul y blanco.

– “Fue un estallido espontáneo”, afirman los políticos tradicionales.  A su aseveración faltaría agregar: -“porque no lo organizamos nosotros”.  Luego, con voz desesperanzadora claman: – ¡Una sorpresa que nadie se esperaba!   Cosas que pasan en uno de los países “más felices de la tierra”. Ni en sus mejores momentos de creatividad literaria, Orwell se lo podría haber imaginado.

Por su forma podría haber sido una especie de intifada, solo un estallido social, pero por su carácter y alcance son acciones profundamente revolucionarias. Una gran mayoría de jóvenes son tan antiorteguistas como anticapitalistas. Y otros van más allá, impulsando, por primera vez en Nicaragua, una corriente anarquista. Sólo la ceguera del Poder cree en el cuento que son “minúsculos grupos” de Derecha y “promotores de violencia”. Hay un nuevo equilibrio de fuerza, un desplazamiento del poder real a la sociedad civil, se estremecieron los cimientos de la cultura política, por lo que la clase política en su totalidad debería saber leer el mensaje: O entra en un proceso renovador o se queda al margen.

Se están sentando las bases de nuevas reglas del juego, y en caliente, es decir, con el respaldo de la movilización social se exige un diálogo nacional. ¡Una insurrección cívica en Nicaragua! ¡Una insurrección de los milenials! Juntos, estudiantes y campesinos, entrando al templo, vuelven a ser nuevamente motor de cambio.  En estos días de sacrificio y de dolor, también se enterró un modelo de hacer política, un modelo de Poder.  Ha emergido el Ciudadano, el eslabón perdido de la política nacional. ¡Estos son cambios revolucionarios!

Un sueño brota de nuestros  corazones, se filtra por la piel y se extiende en el horizonte, acariciando valles, lagos y montañas:   La posibilidad de hacer realidad un PLAN DE NACIÓN. La única manera digna de honrar la memoria de los mártires es construyendo la Nicaragua que queremos. La Nicaragua para todos; la posible y la utópica. La Nicaragua que enarbole banderas de libertad y justicia social, la que junte ética y política, incluyente y democrática, la Nicaragua unida en la diversidad.

Las Fuerzas Republicanas no solo han recuperado las calles sino también le han arrebatado la iniciativa estratégica al Gobierno. El orteguismo está a la defensiva, deslegitimado, con su Policía desprestigiada, su bloque de Poder fracturado, ha perdido al campesinado y a los estudiantes, la iglesia se le ha distanciado.  Todo, en un entorno geopolítico internacional desfavorable para él. Nunca contó con la capacidad de resistencia de los estudiantes y el incondicional y decidido apoyo de la población. Con una capacidad de maniobra bien reducida, debe negociar. Es la única posibilidad que tiene para no perderlo todo.

La gran pregunta es cómo canalizar tanto dolor y esperanzas en un cambio real del Sistema Político.  ¿Cómo lograrlo?  Una alternativa podría ser la apertura de un proceso de democratización que desmonte el modelo dictatorial de poder y restablezca la REPÚBLICA mediante el diálogo nacional.   La otra, es avanzar en la construcción de una fuerza política alternativa que se constituya como opción real de Poder en unas elecciones justas, libres y transparentes.  De esta manera, una nueva generación podría asumir la conducción del país y llevarlo por el sendero de la soberanía, la democracia, la justicia social y la prosperidad económica.

No obstante lo anterior, la moneda aún sigue en el aire.  Hay variados escenarios por delante y la mayoría de ellos van a depender del papel que juegue el Ejército: La manera más fácil y directa de llevar al país a una guerra civil es que el Ejército salga a las calles a reprimir.  Darle un cheque en blanco al orteguismo significaría llevar a la institución castrense a su posible fragmentación o, peor aún, al basurero de la historia.  El Ejército no debe ignorar las lecciones de Yemen, Siria, Libia, Egipto, Bahréin y Ucrania, por citar algunos países.

El Gobierno continuará con su estrategia del diálogo como zanahoria y de antimotines como garrote,  complementándola con la “cacería de brujas” ya emprendida. Si el diálogo fracasara nos pondríamos, a corto plazo, en el sendero de la VENEZUALIZACION del país. A  largo plazo, nos convertiríamos  en otra  Siria: una Siria tropical. Ortega tratará de imponer su agenda y llenar la mesa del diálogo con su propia gente, tal como lo ha hecho con la Comisión de la Oscuridad. El Poder está apostando al aislamiento de las fuerzas estudiantiles: divide y vencerás.  Un aterrizaje suave a espaldas del pueblo no es aceptable.

El diálogo podría ser el punto de partida de la democratización del país. Consensuar un Plan de Nación con una hoja de ruta que concluya con la conformación de un Gobierno de Salvación Nacional.  Ésta, es nuestra última oportunidad como país para no perder el siglo XXI y estar bien posicionados para sobrevivir una eventual profundización de la crisis mundial.

El cambio en la correlación de fuerzas ocurrido en el terreno, debe reflejarse en el diálogo.  Depende de todos nosotros, los nicaragüenses, pero principalmente del Gobierno, que transformemos esta crisis en una gran oportunidad para la Paz o que, por el contrario, nos hundamos en un océano de sangre, dolor y lágrimas.  ¡ESE ES EL RETO!