Opinión

La victoria campesina

La sociedad nicaragüense se va despertando del letargo y poco a poco entiende que el cambio es posible. Esa es la victoria campesina.



La imagen quedará para la historia como el retrato victorioso frente a la represión, violencia, matonismo, intolerancia e indolencia del gobierno de Daniel Ortega. La líder del movimiento campesino anti Canal en la pequeña comunidad de La Fonseca, Francisca “Chica” Ramírez, salvando los obstáculos de terror impuestos por la Policía Nacional convertida en guardia pretoriana de la pareja Ortega-Murillo llegó hasta Managua la noche del primero de diciembre para reunirse con el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), el uruguayo Luis Almagro, y así denunciar frente a él los abusos de Ortega, para hablar de la lucha campesina que exige derogar la ignominiosa concesión canalera y para desnudar al régimen orteguista. Al final, la foto de un Almagro sonriente recibiendo de la líder campesina la camiseta con la leyenda, en letras rojas, de “No al Canal”: La victoria campesina quedaba retratada para la historia.

Cortesía: Consejo Nacional por Defensa de la Tierra, el Lago y la Soberanía.
Cortesía: Consejo Nacional por Defensa de la Tierra, el Lago y la Soberanía.

Es una victoria porque, en primer lugar, desnuda al régimen de Ortega. Con la represión desatada contra el movimiento campesino, Ortega se ha disparado un tiro en el pie derecho. La violencia, la destrucción inédita del patrimonio de todos los nicaragüenses para evitar que los campesinos marcharan a Managua, la indolencia de impedir el socorro a los heridos y los abusos de la Policía Nacional que robaron un camión y una camioneta de Francisca Ramírez, derrumba el discurso socialista, nacionalista, pro pobre del caudillo y los monólogos cristianos de su esposa Rosario Murillo. Lo que queda ahora al desnudo es el delirio, la falsedad, la paranoia, el odio, la intolerancia, la locura, el miedo a perder el poder y sus privilegios, la soledad y el aislamiento que van encerrando a la pareja y su círculo.

Es una victoria, en segundo lugar, porque logra reunir a millones de nicaragüenses en un frente común: la lucha por la justicia concentrada en el movimiento campesino que exige la derogación de la Ley 840, la concesión dada por Ortega al chino Wang Jing y que en la práctica significa el regalo de la soberanía nacional de parte del Supremo a un extranjero representante de una potencia imperial. Las imágenes de la represión brutal contra los campesinos han despertado un sentimiento de indignación, apoyo y solidaridad, que el país hacía mucho no veía y que puede fortalecerse en la medida que Ortega y su esposa se enrosquen, continúen con la violencia estatal, alimenten el odio de sus paramilitares y mantengan los abusos y sus desmanes.

También es una victoria porque logra reunir dos causas comunes: a la lucha por derogar el pacto Ortega-Wang se une la necesidad de limpiar la chanchada en que Ortega ha convertido el sistema electoral de Nicaragua, una maquinaria pesada y obsoleta manejada por un hombre sin credenciales democráticas ni transparencia, con el único fin de favorecer al Supremo y ahora a su esposa en procesos electorales sucios, con los dados cargados a favor del eterno candidato del Frente Sandinista. El seis de noviembre, los votantes nicaragüenses se lo dejaron claro al caudillo: no participarían de una farsa, no legitimarían a un régimen opresor, manejado por un hombre que poco a poco se va transformando en aquello que un día dijo combatir.

Y por último es una victoria porque derrumba la utopía que Ortega había secuestrado y que todavía le generaba simpatías de algunos nicaragüenses y de uno que otro movimiento de izquierda latinoamericano o europeo. Ortega ni es el hombre nuevo ni es el guerrillero valiente que luchaba por lo justo, contra una tiranía que aplastaba al pueblo. Él se ha convertido precisamente en eso: el tirano que ordena disparar contra su gente. Se le ha caído la máscara. El somocismo cede espacio al orteguismo. ¿Cuánto tiempo más podrá sostenerse?

La mayoría de los campesinos, cansados, heridos, robados, no pudieron llegar hasta Managua. Pero no hizo falta: con su lucha, su valentía, el coraje y la integridad de esa gente que no quiere ser expropiada y que ahora, además, exige poder elegir a sus representantes en elecciones transparentes, la sociedad nicaragüense se va despertando del letargo y poco a poco entiende que el cambio es posible. Esa es la victoria campesina.