Opinion

La vida luminosa de Vidaluz Meneses

El libro de memorias “Balada para Adelina”, Editorial Anamá

Recién se publica, en edición de Editorial Anamá, el libro de memorias de Vidaluz Meneses, “Balada para Adelina.” El nombre es una dedicatoria a su tía Adelina, una callada figura, una tía “señorita”, como suele decirse en Nicaragua, a la que ella amparó llevándola a vivir a su casa la mayor parte de su vejez.  El nombre escogido por Vidaluz para contar la vida que ha vivido como equilibrista en la cuerda floja, entre su padre militar de la Guardia de Somoza, y la toma de conciencia que la lleva a ella a colaborar con la Revolución Sandinista, es una clave más para descubrir la luminosidad de esta mujer-poeta. Ella prefiere iluminar a los demás antes que a sí misma.

Vidaluz creció en Matagalpa y su memoria comienza con una frase maestra que de inmediato lo traslada a uno a ese mundo: “Me recuerdo niña desnuda, aterida, bañada en lavadero de cemento con pana que iba de la pila de agua helada al cuerpo, del cuerpo a la pila, en medio del patio con chagüite y trinitarias sobre el cerco de piedra” El relato de su infancia, rodeada de tías y de mujeres fuertes está lleno de magia, poesía y describe con prosa fluída el asombro infantil de que le presenten a su papá, Edmundo Meneses Cantarero. Por toda explicación le dicen que no lo había conocido porque él estaba estudiando en la Academia Militar en Managua. La vida con su padre militar, Comandante de varias plazas, la introduce en una existencia nómada. La familia se traslada a las diferentes ciudades donde él es asignado, Boaco, Camoapa, Ocotal, El Jícaro, y por diferentes razones la niña vive también en Bonanza y León. Diferentes colegios, diferentes familias, personas, amistades, pueblan el relato ameno de Vidaluz sobre esta etapa. Allí cuenta cómo cae enferma en Bonanza y nadie se entera de que ha tenido poliomielitis, hasta cuando empieza a renquear, pues una pierna le ha quedado ligeramente más corta que la otra. A los catorce años, la familia se traslada a Managua. A los dieciséis empieza a escribir poesía. Su percepción de la realidad se vuelve compleja“en esa época a mí me angustiaba la situación de inequidad que observaba”

Vemos este proceso a través de sus encuentros, amistades, la primera declaración de amor, las visitas a barrios pobres con las monjas. El manifiesto de su nueva conciencia es la carta que eventualmente le escribe a su padre; una carta memorable donde le explica las razones por las cuales no puede estar de acuerdo con él.

Lo que es absolutamente novedoso y fascinante en la memoria de Vidaluz es como ella, ayudada por su profundo cristianismo, nunca pierde el respeto hacia las opciones de cada quien. Quien quiera entender de qué se trata la democracia, hará bien en leer esta memoria y hallar en las palabras de Vidaluz, sin afectaciones, ni grandilocuencia, el balance asombroso que ella logra entre esos mundos contradictorios que marcan su existencia.

Leer más adelante en el libro las acrobacias que le toca hacer durante la época más dura de lucha contra la dictadura, es una maravilla. Ella esconde gente, lleva a asilar a jóvenes y amigos en peligro, ayuda con sus contactos militares, a sacar conocidos de la cárcel. Y todo esto lo hace y lo cuenta con esa sencillez de ella, esa sencillez y amabilidad que emana y que mantiene a través de grandes pruebas, como el atentado que sufre su padre, por parte del grupo guerrillero Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) , cuando éste era Embajador de Nicaragua en Guatemala y que resulta en su muerte varios días después.

Muerte, separaciones de los hijos, el heroísmo de afrontar el peligro, de abrir su casa como refugio. Acompañándola en esas páginas nos conmueve comprobar la energía y entrega que desató en tanto nicaragüense la resistencia contra la dictadura somocista. Cuán importante sería que los jóvenes, antes que descartar a los “disidentes,” se preguntaran por qué personas tan valiosas, que no dudaron en jugarse la vida, disienten con el rumbo y estilo del nuevo Frente Sandinista. Leer libros como éste lleva a la reflexión. Se hace patente la absurda pretensión de atribuir a muy pocos una gesta de la que sólo queda la parafernalia, la música y los símbolos.

También es muy interesante seguir a Vidaluz después del 19 de Julio, comprobar las ilusiones y sueños que animaron el trabajo cultural, y ver poco a poco, surgir los conflictos y las actuaciones que fueron transformando el ejercicio del poder, pero que en ese tiempo de enamoramiento del proceso, se pasaron por alto.

Podría extenderme más, mucho más, pero prefiero animarlos a que lean este libro. Sus páginas son un testimonio, no sólo de varias épocas de nuestra historia patria, sino también de un modo de hacer y pensar personal admirable. Vidaluz rinde homenaje a multitud de personas, soslayando su propio protagonismo, para mencionarlos con nombre y apellido. No se lo habría recomendado como técnica narrativa, pero hacerlo le pone ese sello luminoso tan de ella a su memoria.

“Balada para Adelina” nos deja con esa sensación tan poco frecuente, de acercarnos a una persona sin egoísmos, una alada poeta que ha vivido y practicado un profundo, inquebrantable amor a sus semejantes.

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