Opinión

Las armas del terrorismo, ¿qué se hicieron?

Hay actos propios del terrorismo de Estado, que se diferencian de los terroristas en el mundo, en que no pueden ocultar su origen ni sus intereses



Si lo sagaz sigue teniendo los mismos significados que ofrecen los diccionarios, es decir, tener buen olfato y habilidad para comprender o percibir una cosa de manera clara y rápida, entonces no necesitamos ser extraordinariamente sagaces para poder percibir y comprender todas las mentiras del orteguismo.

Por ello es que los dictadores Ortega-Murillo no han podido justificar, ante nadie que no sea su cómplice, sus crímenes, secuestros, encarcelamientos y juzgamientos amañados de estudiantes y adultos, con los cuentos de que combaten el terrorismo, los intentos de un golpe de Estado y otras fantasías belicosas.

Y no solo son las mentiras de Ortega registradas en las entrevistas a televisoras extranjeras (pero increíbles para todo el mundo, sin hipérbole alguna: para todo el mundo), sino también las falsedades y ofensas cotidianas de su consorte para intentar descalificar la causa patriótica que motiva la lucha  de los auto convocados, asesinados y secuestrados.

Reproduzco algunos de esos adjetivos-cliché en sus acusaciones, repetidos –cuan loros enjaulados— por los pocos simpatizantes que aún les quedan y por los muchos medios de comunicación que poseen:

Terrorismo, crimen organizado, entorpecimiento de servicios  públicos, daños agravados, golpismo, uso de armas letales, actos delictivos, robos, intimidación, ejecución de personas afines al Gobierno, asociación para delinquir, saqueos de negocios privados, secuestros, asesinatos, tráfico y tenencias de armas restringidas, incendios, lesiones, exposición de personas al peligro, actos vandálicos, daños al Estado y a la sociedad.

No son todos los adjetivos ni todas las acusaciones imputadas a los enjuiciados por el sistema de justicia de la dictadura, pero son suficientes para imaginar cuántos “crímenes” y cuánto destrozo causarían los “terroristas” con las armas letales de que hablan los dictadores, si realmente existiesen en Nicaragua.

Bien conocemos aquí, como lo saben y lo sienten en varias partes del planeta, de los crímenes contra la humanidad que llevan a cabo los verdaderos terroristas son militantes de irracionales tendencias políticas y fanáticos religiosos. Además, son terroristas financiados por grandes intereses geopolíticos y económicos, y sus crímenes perturban la convivencia humana en uno o en varios países que, generalmente, no son los suyos.

El resultado de esa práctica irracional, es la muerte violenta de altos personajes de Estado o de grupos humanos inocentes, más la destrucción de bienes materiales. En cualquier acto terrorista, está la voladura de edificios enteros o en partes de ellos y de vehículos de forma indiscriminada, porque su objetivo es  causar daño, sean   quienes fueren las víctimas humanas.  Su odio irracional es contra el resto de la humanidad que no piensa igual que ellos en política y no venera a su mismo Dios.

De tales hechos terroristas, nunca hemos sido testigos ni víctimas los nicaragüenses, por muy grandes que han sido y siguen siendo nuestras contradicciones sociales y políticas. Pero sí, hemos sido testigos y víctimas en nuestra  historia de invasiones extranjeras, de represión política, de crímenes políticos y algunas masacres, como la de Río Blanco en los años treinta, de León 1959 y en Managua en mayo de 2018, cometidos por esbirros de gobiernos dictatoriales.

Desde luego, no dejan de ser crímenes de lesa humanidad y duelen igual, pero son policías y paramilitares, esbirros y guardias, quienes a pesar de que ocultan el rostros con pasamontañas, se sabe que proceden de conocidas instituciones del Estado y de un partido político oficialista. Sus delitos en contra de personas desarmadas, lo que está sucediendo desde hace cinco meses de manera continua, están virtualmente a la vista de todos.

Esos son actos propios del terrorismo de Estado, que se diferencian de los terroristas que asolan en varias regiones del mundo, en que no pueden ocultar su origen ni sus intereses, porque no viven en la clandestinidad.

O sea, que somos testigos y víctimas de una política de Estado criminal, de parte de quienes… ¡precisamente, acusan de terroristas a sus propias víctimas, a los que persiguen, encarcelan y juzgan por medio de sus esbirros de toga y de códigos!

No conozco nada sobre armas, aunque entiendo que las armas que usan los terroristas, policías, guardias o paramilitares son letales (fusiles, bazucas, bombas de alto poder destructivo y quién sabe qué más). Como se ha visto en Nicaragua entre el 18 de abril al 18 de septiembre, la Guardia orteguista (antes conocida como Policía Nacional) y sus paramilitares han asesinado a 481 personas, herido a unas 3000, secuestrado y enjuiciado a más de 300, lo que suma 3781 “terroristas” y “traficantes de armas letales”, por lo que es obligado es preguntar:

Si como mínimo se debió haber capturado un arma por cada “terrorista”, sumarían 3781 armas, y si además son “traficantes”, podrían hacer ese tipo de negocio con un 50% as de armas extras, sumaría 6562 armas letales, pero ¿en dónde están esas armas letales que debieron capturarles a los asesinados y a los secuestrados, que ahora enjuician como “terroristas”?

¿Cuál de las instituciones militares del Estado las tiene, y por qué no las ha presentado al respetable público nacional y extranjero, o ante los esbirros togados del Gobierno?

Como todavía andan libres miles de “terroristas” que casi a diario se manifiestan, marchan y hacen plantones en las calles de todo el país, y siendo que no hay terrorista desarmado, ¿creerán los dictadores que todavía existen miles y miles de armas letales más, amenazando su “democracia”?

Con tantas armas en manos de “terroristas”, ¿solo habrían muerto 198 policías, paramilitares y fanáticos del orteguismo según las cuentas de los dictadores?

¿Se imaginan cuántos alcaldes que dirigen la represión departamental, habrían muerto a manos de los “terroristas” que ellos sí matan?

Y ha visto usted, ¿volar por los aires al menos una de las decenas de camionetas cargadas de paramilitares, que atemorizan en los barrios del país, por alguna acción “terrorista”?

Ya perdí la cuenta de cuántas manifestaciones, marchas y plantones se han efectuado durante cinco meses.  Pero sé, que de todo eso existe testimonio gráfico acerca de la presencia de ancianos en sillas de ruedas, niños en sus carritos empujados por sus padres o en brazos de sus madres, y otros niños y niñas de cinco o más años de manos de sus mayores.  ¿Eso quiere decir, señores dictadores, que son “terroristas” desarmados o que los andan entrenando para el “terrorismo” del futuro?

Tantos absurdos estamos oyendo y viendo de parte de los Ortega-Murillo, que de no mediar sus crímenes que causan tanto dolor y sufrimiento, habría suficientes motivos para reírse de su estolidez.

Aprovechando que Daniel Ortega se muere de ganas por hablar de tú a tú con Donald Trump, y por si se le cumple su deseo, le recuerdo algo que serviría para la agenda de esa conversación:

Dado que no hay dictador leal a nada ni a nadie, Daniel podría echarle leña a uno de sus colegas Somoza, confesándole a Trump que las armas letales que él creía las había enviado a los “terroristas” desde Miami, en verdad, son las mismas que uno de los Somoza descubrió que habían llegado en un submarino soviético a las costas del Pacífico del país, destinadas a los “terroristas”… ¡de hace más de cincuenta años!