Opinión

Las diez plagas de Egipto

Protesta

Chayo tu plaga se propaga. Que se rinda tu madre, porque mi mamá, no



Las diez plagas de Egipto acontecieron en Nicaragua. Nosotros fuimos el pueblo elegido por Dios, quien dijo: “No ha nacido un pueblo tan noble, para ser esclavo.” Llamó Yavé a Moisés y a Arón, y les instruyó que, como emisarios suyos,  hicieran saber al Faraón, rey de Egipto, y a la Faraona, su reina, que ellos lo representarían en todo cuanto hicieran y en un diálogo que únicamente finalizaría con la liberación inmediata de este pueblo,  y que no nombraran espurios interlocutores que los representaran, ni opusieran resistencia, engaños, dilatorias, pretextos de tranques, so pena de terribles castigos, que los egipcios acabaron llamando plagas, en honor a la Faraona.

Claro que hubo dolo, como Yavé lo había previsto. Ante cada tentativa de diálogo, los faraones intentaban engañar a Dios y a su Conferencia Episcopal incumpliendo lo ofrecido y trancando la palabra dada. Cuando llegaron Moisés y Arón ante los faraones, Arón, por órdenes de Moisés, tiró al suelo su cayado, el cual se transformó, ante la sorpresa de faraones y cortesanos, en serpiente. Entonces los faraones ordenaron a sus “sabios y encantadores” que contrarrestaran aquel prodigio, y aquellos magos arrojaron con fuerza al suelo sus báculos, los cuales también se convirtieron en serpientes.

 “Pero –siguen diciendo las sagradas escrituras- la serpiente de Arón devoró a todas las otras.” Entonces el corazón del Faraón, herido en su inmensa vanidad, se percató de que cómo alguna vez le habían dicho era de víbora, y  se le endureció aún más, y no quiso seguir escuchando la voz de Yavé en boca de Moisés y Arón, que representaban a su vez a estudiantes, empresa privada, sociedad civil y campesinos, del pueblo de Dios, quien observaba previendo las iracundas reacciones de los faraones. Efectivamente, llenos de ira e irreflexión, por interpósitas lenguas amenazaron de muerte a los miembros de esa Conferencia Episcopal y a los pocos medios de comunicación independientes, y con sus fuerzas de choque y matones motorizados, asesinaron a más estudiantes y más campesinos, e incubaron el nazismo en una Juventud hitleriana, a su imagen y semejanza. Una “juventud” criminal que salía a “desaparecer” patriotas y agredir en nombre del sandinismo y de los dioses de Egipto. Esos pobres muchachos, corrompidos y desprovistos de sus almas por los faraones, transformaron las noches de Nicaragua en “noches de los cuchillos largos”, por lo que recibieron el nombre de chuckies diabólicos.

Primera plaga

La primera plaga, como las nueve restantes, deben su nombre a la Faraona, quien horrorizada al ver a unos estudiantes, exclamó: “¡Son una plaga!”, y como castigo comenzó a  derrumbarse histérica  en las “gradas” de su palacio, y a recitar poemas incomprensibles a un público inexistente. Lo peor ocurrió cuando el Faraón y ella querían recorrer la plaza, y sólo la Faraona veía a una muchacha levantando una pancarta que decía:

Chayo

tu plaga

se propaga.

Segunda plaga

Entonces los faraones enviaron a su Canciller y a su Mayordomo, a proponerle a toda la heroica juventud del 19 de abril que se rindiera y cambiaran sus retenes de paz, por la “democracia” de sus sicarios. De inmediato aparecieron por calles y plazas unas muchachas embarazadas, llevando orgullosas sus barrigas, apenas cubiertas por una camiseta, con un letrero desde las que el niño porvenir, dice:

Que se rinda tu madre,

porque mi mamá, no.

Tercera plaga

A estas alturas miles de muchachos y muchachas  se paseaban por todas partes, con camisetas que decían: “Mamá, salí a defender la Patria, si no regreso me fui con ella”.

Y un observador internacional, de cuyo nombre el destino hace el milagro de que no quiera acordarme, no vio los cadáveres de quienes ya no podrán votar,  es decir, no podrán participar en la que según él, es la única solución que tiene Nicaragua: la electoral. No cabe duda que en una dictadura como la actual, esa “solución” funcionaría con Wilfredo Penco. Pero , con lo que está ocurriendo en esta Nueva Nicaragua, si podrán votar una plaga de grandes escritores del sur, que aunque ya no estén físicamente entre nosotros, con valentía amaron y aman  Nicaragua: Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Julio Cortazar, Juan Gelman y Eduardo Galeano. Aquí están, y después del 19 de abril, ejerciendo su derecho al voto inmortal.

Cuarta plaga

Proveniente de esa pléyade de amigos eternos de Nicaragua, y en su momento míos en lo personal, destacan estas lapidarias opiniones de Eduardo Galeano:

“Nicaragua, pongamos por caso, que viene de una década de asombrosa grandeza, ¿podrá olvidar lo que aprendió en materia de dignidad,  justicia y democracia? ¿Termina el sandinismo en algunos dirigentes que no han sabido estar a la altura de su propia gesta y se han quedado con autos y casas y otros bienes públicos? Seguramente el sandinismo es bastante más que esos sandinistas que habían sido capaces de perderla vida en la guerra, y que ahora, en la paz, no han sido capaces de perder las cosas”.

Quinta plaga

 Por eso la ira de Dios iba en aumento y se manifestó convirtiendo a los sicarios  y aliados de los faraones en unos seres abyectos y minúsculos, que llegaron a hacer la “limpieza” de los residuos faraónicos, pero a nadie engañaron, porque se apareció Julio Cortazar, seguido de sus “cronopios y famas”, quienes dieron buena cuenta de los advenedizos. Y nos dejaron, ya desde entonces, un verdadero modelo para armar. Un modelo para amar.

Sexta plaga

La sexta plaga sería derivada de la quinta y de lo que a los faraones les dijo Eduardo Galeano. 

Por eso la sexta plaga fue para los faraones percatarse que “cronopios y famas”, nos habían abierto los ojos. Y sabíamos, por ejemplo, varios significados:

Principio faraónico de un diálogo: Robarse el tiempo, para que los demás lo perdamos.

Alternativa laboral: Tener trabajo siendo esclavos de los tiranos, o tener el trabajo de quitar a los tiranos y ser libres.

Hay muertos que ellos tratan de desterrar de su memoria delictiva, pero que quedan para siempre en la colectiva.

Hay un tranque de los asesinados y desaparecidos, que seguirá existiendo hasta que se vayan sus asesinos.

Hay “desaparecidos” que ya ni siquiera necesitan aparecer para estar entre nosotros. Esa “plaga”, noche y día, perseguirá a los faraones, hasta el mar Rojo, que se los tragará.

Y se los tragará el mar Rojo, porque ya los faraones no tendrán sarcófagos ni pirámides. Ni siquiera quedará aun árbol de la muerte a cuyo pie una serpiente los recuerde.

Séptima plaga

Nos encontramos un “tranque” repleto de banderas azules y blancas, con una gran pancarta que decía: “Esta es la frontera entre el cielo y el infierno”. Aquí está la Nicaragua de hoy, y al otro lado la de ayer dejando de existir. Aquí, muriendo, estamos naciendo.

Octava plaga

Entonces se escuchó la sinfonía inolvidable. Eran acordes de vida, por quienes se sacrificaban por nosotros. Surgió entonces la mejor de las plagas de músicos que han existido. Todos los días más, y más músicos se incorporaban a esta plaga que aturdía los oídos de los faraones. Hasta la música estaba contra ellos.

Novena plaga

La novena plaga, que se complementa con la anterior, hizo que a la Faraona se le cayeran de cuello y muñecas, las pulseras y collares, con decorados de serpientes, símbolo de los malvados. Esta plaga pregonaba la bondad, con excelencia musical y sentimiento profundo por los Santos Inocentes. Era el Coral de la Armonía Autoconvocada de todos los compositores nicaragüenses. Día a día componían y cantaban voluntaria y espontáneamente. Los faraones comenzaron a padecer de laberintitis, y más cuando el pueblo bautizó aquel conjunto de composiciones como “La Consagración de la Primavera del 19 de abril”.

Décima y última plaga

Un día de estos Juan Gelman volvió a aparecer. Otra vez me estaba esperando en una esquina, y no había dejado de fumar. Captó mi reproche entre la exhalación de humo, pero estaba feliz, y si estaba feliz, ¿qué le iba a reclamar? Me contó que habían pasado unas muchachas bellísimas, con pancartas extraordinarias que, como hace  años lo habían hecho, le habían preguntado  por un barrio que se llama “El Paraíso”. “Poeta –me preguntaron- ¿cómo se llega a “El Paraíso”? Y yo al verlas tan bellas, pues qué les iba a responder: “Agitando las alitas, hijitas”.

“En eso de agitar las alitas estamos”, le estaba respondiendo, cuando remontó su vuelo para alcanzarlas.