Opinion

Las fiestas como sinónimo de carnaval

A los chontaleños que cursaban estudios universitarios en la UNAN, se les metió que podían montar en Juigalpa un carnaval

I

A los chontaleños que cursaban estudios universitarios en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), se les metió que podían montar en Juigalpa un carnaval similar al que celebraban en León. Decidieron que el evento tuviese resonancia por todo Chontales. Pupuca, Tiffer, el Negro Rothschuh y Denis Hernández, chinandegano, realizaron la celebración durante dos años consecutivos. La primera vez en 1957, eligieron como Reina del Carnaval a Lolita Guadamuz y como Rey Feo al Negro Rothschuh. Para burlarse de los burladores, trajeron de Batavia varios burros, esos mismos que deambulaban por la ciudad todavía inicio de los sesenta. Los burros vagabundos pertenecían a mi tío Luis Castrillo Morales. Signo del momento, los universitarios bautizaron a los suyos con los nombres de los directivos del Club Social de Juigalpa. Una isla dentro de un pueblo. Se mofaban de los socios igual que los universitarios lo hacían con los Somoza en León.

La ironía obedecía a que los miembros del club habían establecido una línea divisoria entre los que creían pertenecer a una secta privilegiada y el resto de mortales a quienes veían de menos. La ocurrencia fue una lluvia refrescante en medio de la canícula que padecía la ciudad. Los universitarios aprovecharon la celebración de las fiestas agostinas para montar la farsa. Pupuca y el Negro Rothschuh se robaron además un caballo para rifarlo y de esta manera conseguir fondos para sus parrandas. Lo empapelaron e hicieron desfilar por las calles al son de los chicheros. A la hora del recuento habían alcanzado su objetivo: vendieron todos los números. Para dar un toque mágico y visos de credibilidad, efectuaron el sorteo en la glorieta del Parque Central. Sin saber que ocurría tras bastidores, doña Clotilde Zelaya, cuñada de mi tío Guillermo Tablada Mora, les prestó el local. Al final de la tarde la gente se aglomeró para conocer el nombre de la persona premiada por la suerte. La ciudad estaba de pláceme.

Pupuca había convencido al tío Guillermo se apuntara en la rifa, una movida necesaria para amortiguar el golpe. Cuando quedaban dos números el suspense fue total. Al quedar la última ficha Pupuca engoló la voz: El favorecido por la fortuna no es otro que don Guillermo Tablada. Sin solución de continuidad fueron a dejarle el caballo a su casa. “Vaya que tengo suerte. Por favor déjenlo ahí enfrente donde mi mamita, gracias muchachos, muchas gracias”. Cuando el tío Guillermo quitó el empapelado al jamelgo, se percató que el fierro estampado en sus ancas era el suyo. Irritado se dirigió hacia donde mi abuela María del Carmen, su hermana. Tenés que sancionar al Negro, yo no soy su juguete. No me respeta. Al conocerse el timo de los universitarios, las carcajadas alborotaron el ambiente. Nadie protestó. Al año siguiente eligieron como Reina a Dorita Mondragón, hija de un sargento de la Guardia Nacional (GN). Se había ganado el premio mayor de la lotería nacional y salieron en su búsqueda hasta Acoyapa, necesitaban plata para festejarse a ellos mismos, no a Dorita.

II

Los universitarios sentaron las bases para la aparición del Programa humorístico de las fiestas patronales juigalpinas. Los continuadores de esta tradición aseveran que el programa de 2015 fue el número sesenta. ¿Goyo Mena aclara o nubla el dato al decir que el primer Programa humorístico nació en el año 1959? Al menos eso es lo que recuerda. Entusiasta escribano, ha vertido vitriolo en decenas de programas. Indagar sobre los orígenes y tratar de consultar los primeros programas resulta fallido. Un año más un año menos tiene significación especial para la generación que relevó a los amanuenses de hace apenas un lustro. Muchos chontaleños quieren saber a partir de qué año empezó la jodienda, como si tratase de la reconstrucción arqueológica de textos sagrados. Los esfuerzos han sido vanos. Ni Dalila Mora los tiene y eso que tendría motivos para guardarlos. Ante el escaso tiraje ella se encargaba de fotocopiarlos y venderlos. No tenía que reconocer derechos de autor. Son anónimos.

Muchos escritores dan por sentado que las novelas narran la vida privada de las naciones, aunque sin el nivel de detalle con que aparece retratada la vida de los juigalpinos en decenas de programas humorísticos. Si los historiadores desearan conocer cómo se comportó la sociedad juigalpina durante los últimos cincuenta años, encontrarían parte de la respuesta en estos programas. Al indagar cómo se enteraban de la vida y milagro de las personas —especialmente de las autoridades locales— uno de los presuntos redactores me dejó anonadado: ¿Quién no sabía en Juigalpa de la malversación de fondos en la alcaldía municipal? Nosotros lo que hacemos es registrar los hechos. No contento agregó: Es voz populi quiénes son los autores de estos programas, pero ninguno aceptará haber participado en su redacción. Con cara de yo no fui, péguele a Tete que yo no sé, la misma respuesta me dieron tres personas señaladas como sus escribidores. No hay manera que acepten.

Al tratar de persuadirlos que revelasen nombres, con sonrisas maliciosas añadieron: Somos todos en una. Los miembros de los cenáculos más connotados poseen una vasta cultura. Lope de Vega figura en la lista de autores leídos. Callan para evitar agruras, sortear rencores y eludir acusaciones judiciales. Somos todos en una, señor gobernador. Muchas personas sostienen que los autores de estos pliegos —como gustan apostillar enojados— son los miembros de la Peña de Tacho Cabezón o los integrantes de Los Siete Sabios de Grecia. Los primeros sesionan frente a la gasolinera Puma y los otros en Punta Caliente. Sean o no, quienes lo hacen se solazan inmiscuyéndose en la vida privada de los juigalpinos, sacando a luz detalles muy íntimos. Las veces que pregunté los nombres de los autores del Programa humorístico, todas las lenguas convergían en esa dirección. A pesar de la promesa que no haría público sus nombres, cuatro miembros lo negaron. Tienen conciencia que lo dicho y planteado irrita a muchos y hace sonreír la mayoría.

III

El programa comienza a circular el día del recorrido de la Gigantona. Ni un día antes ni un día después. Pese a los cuestionamientos o tal vez por miedo, el interés que despierta es enorme. Existe expectación sobre su contenido. Muchísimas personas temen ser víctimas de sus chanzas. Millares de lectores tienen la certeza que las autoridades locales aparecerán como invitados de honor. Su proceder merece para ellos especial atención. No se trata de un libelo acusatorio. Algunos lo interpretan de esta manera, obedece a que la crítica que formulan casi siempre resulta acertada. La estrategia utilizada para no ser señalados como autores, consiste en incluirse entre las personas sujetas a escarnio, táctica aprendida desde los años que lo hacían Byron Blandino, Manuel Sierra, Goyo Mena, Octavio Gallardo, Jofiel Acuña Cruz, para citar a renombrados autores. Para evitarse pleitos actúan como muchos cristianos: dándose latigazos en sus espaldas. El mecanismo no funciona. Nadie les cree.

¿Cuántos programas editan? No son muchos. A lo sumo 100 o 200 respondió uno de sus editores. En 2015 el programa trajo veintitrés páginas no así en 2014 con solo doce. Recurren al mismo expediente que utilizaban los universitarios: la edición corre por cuenta de auspiciadores. El carnaval en aquella época era posible gracias a la ayuda brindada por Carlos Guerra Colindres, Virgilio Martínez e Israel Ugarte, Papa Yeyo. El recién fallecido Adonis Cruz accedió gustoso a otorgar su apoyo, solo les pidió determinar el lugar donde insertarían la publicidad de su pequeño negocio. Cuando supo su contenido desistió. Siendo originario de Ometepe, no deseaba mal disponerse con los juigalpinos, quienes lo acogieron como uno de los suyos. Los programas sacan ronchas y producen urticarias. La edición de 100 o 200 ejemplares no se corresponde con las cifras reales de su circulación. Se reproduce por docenas. Su circulación sobrepasa las fronteras patria. Son un best-sellers.

Para evitar compromisos se elaboran al margen de la directiva oficial de las fiestas agostinas, la precaución permite dar chilillazos a diestra y siniestra, a los de a pie y los de a caballo, como rezan unos versos de mi padre. Los primeros en recibir el ácido son los directivos de estas efemérides. Con igual fruición aporrean a las autoridades. Como en los grandes carnavales, estas bromas solo tienen cabida durante las fiestas patronales, en otro momento sería imposible hacerlas. El paréntesis festivo permite inmiscuirse en la vida de todos. Miguel Bajtin lo ejemplifica como nadie en su estudio sobre François Rabelais. Las mofas —condimentadas a vapor— se deben a la ocurrencia de muchos. Durante un año —desde el 16 o el 17 de agosto hasta finales de julio del año siguiente— viven atentos a todo lo que acontece en la ciudad. Riendo a carcajadas, con cara de yo no fui, sostienen que la suya es pura fregadera y que los tormentos se curan tomándose una valeverguina. ¡Ojalá que con eso bastara!

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