Opinion

Las lecciones del 25 de febrero de 1990

¿Qué nos corresponde hacer para evitar la repetición de estos ciclos trágicos de dictadura, guerra y pactos de cúpula?

El 25 de febrero debería ser una fecha emblemática para los nicaragüenses. Pero no lo es. Más allá de los rechazos o adhesiones que provoca, la realidad es que la mayoría de la población es indiferente a esa fecha. Y es lamentable. La ignorancia ante nuestra historia o el hartazgo ante las decepciones acumuladas, seguramente se encuentran en la raíz de esa indiferencia.

Pero no es demasiado tarde para intentar recuperar su significación y animar una reflexión de fondo que nos conduzca a una mejor comprensión de nuestro presente y de nuestro futuro.

Hasta 1990 la historia de Nicaragua se caracterizó por ciclos recurrentes de dictadura, guerra y pactos de cúpulas. La paz pactada siempre fue precaria porque solo servía de preámbulo para el reinicio del ciclo. Y así la hemos pasado por casi dos siglos. Como pueblo pareciéramos llevar una marca de nacimiento: Al nacer como país independiente abrimos los ojos en medio de la anarquía y de la confrontación violenta. Y ya no pudimos sacudirnos esa marca de nacimiento.

El derrocamiento de la dictadura de Somoza y el curso histórico a que dio lugar ilustra con nitidez la persistencia de estos ciclos.

Repasemos un poco.

El pacto de los caudillos Fernando Agüero y Anastasio Somoza, sellado en 1971, acabó con la oposición del partido Conservador a Somoza y allanó la ruta para el afianzamiento de la dictadura dinástica, que cerró todo espacio político hasta quedar enfrentada al conjunto de la sociedad. El aferramiento de la dictadura al poder desembocó en la legitimación de la lucha armada como único camino para alcanzar la libertad. Y llegó la guerra. Toda guerra es una tragedia.

Se derrocó a la dictadura somocista y se instaló la revolución sandinista con la esperanza de que podíamos construir una nueva Nicaragua. Sin embargo, se impuso una visión hegemónica, vanguardista y autoritaria que partió a nuestra sociedad, otra vez, en dos bandos enfrentados; ahora con el agravante de que el escenario de la guerra fratricida se enmarcó en el teatro más amplio de la confrontación global entre las grandes potencias de aquel momento, Estados Unidos y la Unión Soviética. Bando y bando como belicosos peones de la guerra fría. Nueva guerra y nueva tragedia.

Por fin, después de una pedregosa cuesta de negociación y de una altísima cuota de sangre, muertes, exilios, dolor y destrucción, llegamos al 25 de febrero. El pueblo nicaragüense afrontó con valentía el desafío y votó por la paz y la democracia. Debo reconocer que yo estaba en la otra acera: aunque nunca más volví a hacerlo, voté por el Frente Sandinista en 1990, pero eso no me impide, todo lo contrario, más obligado estoy a hacer esta reflexión sobre nuestra historia.

Más tarde llegó el 25 de abril, otro arduo proceso de negociación dio como resultado que doña Violeta asumiera el gobierno, aunque el Frente Sandinista se reservó importantes espacios y cuotas. Después, el 27 de junio, culminó el proceso de desarme y desmovilización de la Resistencia Nicaragüense. Más de 22 000 combatientes entregaron sus armas.

El complejo proceso de transición democrática que se inauguró hace treinta años tuvo como conquistas más resaltantes tres comicios electorales y tres sucesiones presidenciales pacíficas, por primera vez en nuestra historia. Pero ni la democracia ni la paz fueron inmediatas: la pacificación estuvo sembrada de alzamientos y realzamientos armados de recompas, recontras y revueltos. Pero la paz marchó de la mano con la democracia. Y la frágil democracia sufrió emboscadas y acosos de propios y de adversarios.

La república apenas comenzaba a balbucear y a dar sus primeros pasos cuando la cercenaron de tajo. Los fantasmas reencarnaron. Se fraguó el pacto entre Arnoldo Alemán y Daniel Ortega, otro pacto de caudillos, cuyo propósito central era imponer el bipartidismo, clausurar espacios políticos, repartirse el poder entre ambos cabecillas y canjear la impunidad de corruptos. También se redujo el porcentaje para ganar la elección presidencial. Esta repartición dejó al pactista más lerdo a la orilla del camino con el dedo en la nariz, mientras el otro se cargó todas las apuestas, las coimas, la mesa y hasta los dados. Así se pavimentó el camino para el retorno de Ortega al poder.

Lo demás es historia contemporánea: fraudes electorales debidamente documentados, ruptura de la precaria institucionalidad republicana y aplastamiento de tres conquistas históricas que el pueblo había pagado con sangre: elecciones libres con respeto al voto popular, no reelección presidencial indefinida y carácter nacional de las fuerzas armadas. Ortega acabó con todo.

El estallido de abril estuvo precedido de actos que anunciaban la borrasca. Campesinos asesinados. Aplastamiento de toda manifestación opositora. Violencia electoral que dejó garroteados, presos y muertos. Para no ir muy largo, aquí nomás en las elecciones municipales de 2017. Así llegamos, treinta años después, a una nueva tragedia.

¿Qué lecciones nos deja esta historia de 30 años? ¿Qué nos corresponde hacer, como nicaragüenses, para evitar la repetición de estos ciclos trágicos? ¿Qué debemos cambiar en nosotros mismos y como sociedad para asegurarnos de que no se rompan de nuevo los anhelos de construir un país con libertad, paz y justicia?

Ustedes tienen la palabra.

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