Opinion

Las protestas en EE. UU. provocan el debate: Trump, Twitter y Facebook

La esencia del debate surge por la intervención de los dueños de grandes imperios mediáticos. Un tema crucial para la libertad de expresión

“La brutalidad policial que mató a George Floyd en Minneapolis no solo ha revuelto el estómago al mundo, sino a los propios cuerpos y jefes de policía, que estos días han mostrado una solidaridad nunca vista con las protestas que piden la reforma de sus métodos y el fin del racismo sistémico”.

Pablo Ximénez de Sandoval. El País—Los Ángeles, 02 de junio 2020

 

Las situaciones límite ponen a prueba los liderazgos. Es cuando más se requiere de una conducción lúcida. Entre más pronto entren los dirigentes a solucionar las situaciones que enfrentan, mayores probabilidades para decidir lo más conveniente para sus sociedades. Mientras las multitudes arden al rojo vivo, los líderes deben permanecer con la cabeza fría. No dejarse arrastrar por las olas incendiarias. Tratar de calmar y reorientar a las multitudes. Sosegar los ánimos. No echar más gasolina al fuego. Contener la polarización aun en circunstancias donde pareciera imposible. Las jornadas de protestas en Estados Unidos por la brutalidad policial contra los afrodescendientes han puesto a prueba el talante de las redes y su jefe de Estado.

El comportamiento de los CEO de Twitter, Facebook y del presidente Donald Trump, abrió un debate de alcance mundial. Cada quien por su cuenta han expuesto sus consideraciones. Trump ha hecho de las redes sus aliadas más formidables. Utilizando Twitter de manera compulsiva se ha convertido en un dirigente que ejerce su mandato a golpe de tuits. Sin las redes no hubiese sido posible que alcanzase la primera magistratura de Estados Unidos. En un año electoral hasta ahora Trump lleva invertidos más de 62 millones de dólares, frente a los 22 millones de Joe Biden, su contrincante demócrata. Este hecho basta para comprender en qué dirección apuntan sus preferencias para retener el poder: siguen y seguirán siendo las redes.

Una de las razones señaladas por profesores universitarios, para explicar la manera que Trump logró hacerse del solio presidencial (Steven Levitski y Donald Ziblatt de la Universidad de Harvard y Francis Fukuyama de la Universidad de Stanford), está íntimamente vinculada con la forma que alimentó el imaginario de los supremacistas blancos. Incrementó la xenofobia. Atacó a los migrantes. Exacerbó los sentimientos nacionalistas, recalcó hasta el cansancio que habían sido desplazados por minorías que ocupaban sus puestos y gozaban de prerrogativas que a ellos les habían sido negadas. Hizo suyos los conceptos de nación y raza como parte sustancial de su discurso. Para lograrlo recurrió a Facebook y Twitter sin que frenaran sus mentiras.

Si a Barack Obama corresponde haber sido el primer candidato presidencial en usar las redes fue con Trump que estas sirvieron en 2016, como propulsoras para catapultarlo al poder. La utilización fraudulenta de las redes se convirtió en eje temático. Dos de los diarios más reputados de la Unión Americana —The News York Times y The Washington Post— destacaron de manera consistente las retahílas de infundios echados a rodar por el candidato republicano. Se dijo que los abusos se circunscribirían a la campaña electoral. Trump ratificó el valor de la mentira para conquistar los corazones de la gente. Ambos medios no han dejado de contabilizar sus bulos. Desde su toma de posesión (20 de enero de 2017), no ha parado de mentir.

La campaña electoral de 2016 sirvió también para tomar conciencia que altos ejecutivos de las redes no se inmutaban ante el desborde de inventivas y exacerbación de ánimos auspiciados por el presidente Trump. Fue hasta mucho después que Marck Zuckerberg admitió que no había sido consciente de la influencia de Facebook. Una excusa poco creíble del CEO de esta red gigantesca. Esto sin obviar el escándalo proveniente de la utilización indebida de millones de datos por Cambridge Analytica para favorecer a Trump. Las alarmas se encendieron. Gobiernos de distintas latitudes —sobre todo europeos— buscaron como frenar las anomalías de Facebook. Tuvieron que emitir leyes e imponerle multas ante la derrama incontenible de mentiras.

Transcurridos casi tres años y medio, los grandes mastodontes tecnológicos no han logrado frenar los bulos. La intervención de la Cámara de Representantes y del Senado estadounidenses, siguen su curso con la intención de regular las redes. Trump aspira que el cotejo electoral en Estados Unidos transcurra sin tropiezos y se convierta en una versión mejorada de las pasadas elecciones. Las miles de falsedades puestas en evidencia no le importan. Comprobó que sus seguidores dan crédito a sus palabras. Mientras Jack Dorsey publicó medidas para contener la avalancha en Twitter, Zuckerberg creó un Consejo de Asesor de Contenidos (Oversight board), con cálculo premeditado decidió que entrará a funcionar hasta después de las elecciones.

El hecho que Dorsey haya decidido ocultar un tuit de Trump que violaba sus políticas de contenidos, dio inicio a un debate urgente. (El presidente machacó la frase emitida por un policía racista en 1967 en Miami: Cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos, para amedrentar a los protestantes por la muerte de George Floyd). Para Jordi Pérez Colomé, especialista en periodismo digital: La acción contra Trump es el paso definitivo. Es difícil que haya vuelta atrás”. Facebook se abstuvo de actuar. La discusión se debe a que los dirigentes de las redes tienen que tomar decisiones muy delicadas. Zuckerberg afirmó que si “un post incita a la violencia debería ser suprimido sin tener en cuenta si es noticiable, incluso si procede de un político”. Pero no lo hizo.

Las primeras consideraciones sobre la forma que procedieron los CEO de estas redes son variadas. Rasmus Nielsen, director del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, considera apropiado combinar “políticas claras” y ofrecer “respuestas a la desinformación que se centren en limitar interacciones y proporcionar información, en lugar de supresiones directas”. Me resulta incomprensible decir que las mentiras no deban purgarse. Tal vez Nielsen tema que intervenciones de esta naturaleza afecten la libertad de expresión. Jordi cita a David Maeztu, especialista en derecho de Internet, quien piensa que lo apropiado hubiera sido suprimir el tuit. “En el momento en que añades algo, estás alterando el contenido”. Twitter hizo un comentario al margen.

Académicos e investigadores han venido sosteniendo desde 2016 que las redes operan con la misma lógica con que funcionan los medios de comunicación. Se vuelve imperativo citar lo dicho por Zuckerberg al momento de generarse estas reyertas: “Creemos que la gente necesita saber si el Gobierno está planeando desplegar la fuerza”. Una afirmación contundente como esta no necesita explicaciones. La renuencia de aceptar que las redes cumplen y realizan funciones similares a las desplegadas por los medios de comunicación se debe al tratamiento que estas podrían recibir de las instancias gubernamentales. Como razona Jordi: “Para las redes, la ley debe seguir como está. Pero, ¿cómo aseguran que son un lugar donde no reina el acoso, la mentira y el follón?”.

Lo más llamativo del desencuentro entre Trump y Twitter, fue la reacción de funcionarios y empleados de Facebook. La actitud displicente de Zuckerberg con relación a las protestas condenando el racismo, se tradujo en una revuelta: hicieron pública su inconformidad. Cientos de integrantes de su personal se negaron a trabajar, amenazaron con dimitir y otros expusieron su descontento en Twitter. Katie Zhu, gerente de producto de Instagram, manifestó que estaba “profundamente decepcionada y avergonzada por la forma que la compañía se está mostrando al mundo”. Zuckerberg prometió una vez más enmendarse. Una actitud que toma cada vez que surgen conflictos y contradicciones generadas por su actuación. ¿Cómo creerle?

La esencia del debate surge por la intervención de los dueños de grandes imperios mediáticos. Un tema crucial para la libertad de expresión. Disponen de recursos financieros mayores que numerosos Estados. Tienen capacidad para decidir que pueden o no publicarse. Poseen un poder inigualable con relación a cualquier medio de comunicación tradicional. Norberto Bobbio se asombraba del poder inconmensurable que hubiera tenido Hitler si hubiese dispuesto de la televisión. Con tantos abusos, la laxitud con que funcionan y la poca disposición para responder a las demandas de usuarios, existe predisposición por regular sus contenidos, muchas veces a contrapelo de normas éticas elementales. ¿Qué hacer entonces? ¡Esta es la cuestión!

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