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Opinión

El libro de los sinsabores

Expertos en la obra de Talese, coinciden que El motel del voyeur no trae su registro de fábrica.



Mi manera de encontrar la felicidad
absoluta era ser capaz de invadir la intimidad
de los demás sin que ellos lo supieran.
El motel del voyeur

 

I

Después que The New Yorker publicó el 11 de abril de 2016, un adelanto de 13 mil palabras de El motel del voyeur, The Washington Post salió de cacería y mostró los resultados: cuestionó la veracidad de la historia. Los prejuicios y reparos que tenía Gay Talese, no fueron suficientes para soltar la carnada puesta en sus manos por Gerald Foos. Tampoco fue adecuada su reacción cuando conoció el embauque. Se sintió mal. Denostó contra Foos. Le llamó deshonesto y nada fiable. Dijo enfurecido que no iba a promocionar el libro. ¿Cómo voy a promocionarlo si su credibilidad acaba de quedar en la basura? Al siguiente día la editorial Grove Press y el periodista italiano-estadounidense, respaldaron la publicación de El motel del voyeur. Un tanto calmado, afirmó que cuando habló con el reportero de The Washington Post, estaba sorprendido y enojado por los embrollos en que lo habían metido. Dejó sentado que el cambio de propietarios del motel, había ocurrido después que sucedieron la mayoría de los hechos descritos en el libro. Estaba enojado y posiblemente dije cosas que creo en verdad. Se comprometió con Grove Press, hacer las correcciones. La edición de Alfaguara en mis manos (Enero, 2017), trae al final una nota de Talese explicativa, reitera que Foos era un narrador inexacto y poco fiable, no obstante de reconocerle como un voyeur épico.

Para un periodista de la calidad y trayectoria de Talese, el guiño resultó fatal, incomprensible para la mayoría de sus seguidores. Algunos se ubicaron en el campo estrictamente moralista. Miguel Ángel Bastenier, aludiendo al libro de Talese —entre distintos argumentos— repara que no todo es reporteable. Con su inveterada propensión de pegar fuerte —para que duela— piensa que Foos es un tipo de mente retorcida. Vivió para la contemplación del porno en directo. Al ejercer el oficio de mirón, violaba de la manera más invasiva la intimidad del prójimo. Dos son los aspectos más criticados: las fechas señaladas por Foos no coinciden con la época que él era dueño del motel Manor House y no participar a la policía el asesinato de una joven por un camello. Foos refiere en el Diario de un voyeur, haber presenciado desde el escondite donde se ubicaba a saciar su apetito, la forma cómo su inquilino estrangulaba a la joven. Los reporteros de The Washington Post buscaron corroborar el dato y no pudieron lograrlo. Talese había encontrado incoherencias en su relato: las primeras citas del Diario de un voyeur, están fechadas en 1966. La escritura de compraventa la obtuvo hasta 1969. Existen otras fechas que no acaban de cuadrar. Talese advierte la imposibilidad de responder por todos los detalles incluidos en el manuscrito.

Expertos en la obra de Talese, coinciden que El motel del voyeur no trae su registro de fábrica.

Coincido con ellos, no se trata de un reportaje digno para cerrar su curriculum. Otros críticos se preguntan si vale la pena cuestionar la calidad de un libro, que escapa a la etiqueta de no ficción como lo han promocionado. José Miguel Silva, insiste —en El comercio de Lima— en apuntar las carencias incurridas por Talase. No contrastó fuentes y hay una aparente relativización del crimen. La propuesta de Silva consiste en ubicar el libro dentro del campo de la ficción, aclarando que su origen proviene de hechos reales. Otro aspecto debatible: el conflicto ético que significó el silencio de Talese, ante la revelación de Foos de haber presenciado el crimen. El periodista de El País, Miguel Angel Bastenier, elogia a Talese como uno de los creadores del llamado nuevo periodismo. Aprecia que el italiano-estadonunidense, es un autor que pergeña el llamado periodismo narrativo. Un tipo de periodismo que coquetea con los límites de la ficción. El motel del voyeur bordea —para Bastenier— los límites del trabajo periodístico. Considera que no es un libro salido de la pluma de Talese. Se trata más bien de un diario. Talese ejerce el oficio de comentarista. En verdad deja amplio espacio a Foos. ¿Podría haber sido diferente?

II

Soy devoto lector de los críticos, ejercen una labor invaluable, me refiero a los buenos, los que disfrutan volviendo asimilables las obras sometidas a su escalpelo. No nos atarugan con textos indigestos. Exploran con el propósito de acercarte a la obra sujeta a escrutinio. Existen otros —que recurriendo a un lenguaje para iniciados— nublan nuestro entendimiento. Los ensayos críticos de Vargas Llosa —se cuentan por decenas— nos sumergen en un universo puesto a nuestro goce. El primero de cuatro de sus libros sobre crítica literaria, permite navegar por las entrañas de Cien Años de Soledad (1967). Se trata del ensayo, García Márquez: historia de un deicidio (1971); en otro nos ofrece el afán de Víctor Hugo de conseguir la obra total (La tentación de lo imposible, 2004); luego no revela las caídas y sobresaltos de Juan Carlos Onetti (El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, (2008) y La verdad de las mentiras (2002), veinticinco ensayos sobre novelas imprescindibles del siglo pasado. Casi siempre prefiero adentrarme en la lectura, antes de leer a los críticos. Con el libro de Talese no pude distanciarme. Me sobresalté al leer sus declaraciones. Agarrado infraganti por The Washington Post, su reacción de negarse a presentar El motel del voyeur, venía cargada de gran escepticismo. No me atrevía a soltar el anzuelo.

El libro —pese a cuestionamientos en marcha— se inscribe dentro de su larga carrera de escritor de no ficciones. El traspié obliga a reflexionar sobre la necesidad de verificar y contrastar fuentes. Se atuvo a lo dicho por Gerald Foos y sus dos esposas —Donna y Anita— y desoyó los reparos de su conciencia. Para un periodista de la estatura de Talese —acababa de concluir la escritura de La mujer de tu prójimo (1981)— resultaba difícil contener sus impulsos. Se sintió atraído por los pormenores de la oferta planteada por Foos. Talese concluye que los métodos de investigación y las motivaciones del voyeur —para violar la confianza de sus clientes e invadir su intimidad— son muy parecidos a las técnicas a las que él recurrió para escribir La mujer de tu prójimo. Puesto en el confesonario, revela que él había tomado notas en privado mientras trabajaba como encargado en salones de masajes de Nueva York. Se mezclaba con gente que practicaba el intercambio de parejas en la comunidad nudista de Sandstone Retreat, en el sur de California. Unas son las técnicas y otra espiar sin el consentimiento de las personas, objeto del deseo de Foos, con la complicidad de sus dos mujeres. Se fio demasiado.

La única manera de hacerse una visión —para luego brindar un juicio sobre cualquier obra— pasa inevitablemente por su lectura. Lo demás, pura demagogia. Para poder decir que sabor tiene un caramelo, hay que saborearlo primero. Alejarse del ruido de la crítica. Escudriñar sus páginas. Busqué con esmero señales que redimieran a Talase. Encontré varias. Si no se hubiera encajado en la plataforma de observación con Foos —adelanta— habría resultado difícil creerme toda su historia (pág, 93). Estaba consciente que el voyeur era alguien que fisgaba desde su desván y se arrogaba autoridad moral al tiempo que escrutaba y juzgaba con severidad a sus huéspedes, reservándose el derecho a curiosear con distancia e inmunidad (pág, 170). Foos gustaba mirar, ¡aborrecía ser visto! Sentía repulsión por las cámaras de vigilancia. El voyeurismo del gobierno ha sido algo repentino. El Gran Hermano ahora se ha incorporado a nuestras vidas, a nuestras opiniones, a nuestros procesos mentales, clama (pág. 212). La dualidad en la conducta del voyeur, queda perfectamente graficada. Las razones que aduce Foos son distintas y las justifica o al menos lo intenta.

El motel del voyeur, un libro bien escrito, ajeno a la pornografía, muestra el comportamiento sexual de la época (1966-1983). Si Talese estaba convencido que Foos no era el tipo de sujeto sobre el que pudiese escribir a pesar de mi permanente curiosidad acerca de cómo acabaría, ¿por qué lo hizo? Esperó 33 años para obtener su consentimiento y contar la historia en los términos que deseaba. Fiel hasta la temeridad, insiste que él es un escritor de no ficción que no imaginaba nada y que obtenía todo su material hablando con la gente y siguiéndola mientras hacía su vida, (pág. 173). Jamás pudo quitarse de encima las fantasías eróticas del voyeur. Sucumbió a sus encantos. La relación epistolar que empezó a forjarse a partir de 1980, ¿le obsesionaba? No existe otra forma de explicar los riesgos que asumió. En la primavera de 2013, estando en Nueva York, recibió la llamada providencial. Gerald Foos daba pase para que contara su atrevimiento. A sabiendas que se movía sobre arenas movedizas, Talese quedó atrapado en la urdimbre que pacientemente tejió durante tres décadas, con un hombre, cuya felicidad consistía en invadir la intimidad de los otros, sin que estos lo supieran. ¡Las puertas están abiertas! Espero se sumerjan en la lectura de esta obra polémica. ¡Tendrán mucho que decir!