Opinión

Lidiando con la memoria de la Revolución Sandinista

Cuarenta años después dirigentes sandinistas y de la contra se reunieron con líderes de la nueva generación para enfrentar los errores del pasado



Los nicaragüenses están reviviendo una pesadilla. Hace cuarenta años lograron derrocar a la oprobiosa dictadura somocista. No obstante, durante la década de gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que le siguió, una brutal guerra civil cobró la vida de decenas de miles de personas. La situación que enfrenta el país hoy en día comparte muchas semejanzas: el presidente Daniel Ortega es autócrata bajo cualquier definición, y su policía y sus escuadrones paramilitares han matado a más de 300 personas a raíz de las protestas que iniciaron en su contra el año pasado.

Un sinnúmero de nicaragüenses ha huido y busca asilo en Estados Unidos y otros países. Los universitarios que abogan por una transición democrática buscan ansiosamente la manera más eficaz de oponerse a la dictadura descarada de Ortega.

La respuesta podría encontrarse en el pasado.

Este mes el Watson Institute para asuntos públicos e internacionales de la Universidad Brown, donde yo trabajo, patrocinó un evento donde nicaragüenses adultos – en su mayoría dirigentes sandinistas y de la contrarrevolución que se opusieron en los años 80 – se reunieron con líderes de la nueva generación para enfrentar los errores del pasado. Dichos actores históricos jamás habían aparecido reunidos en público para valorar la responsabilidad compartida por aquella tragedia. Ahora canosos y envejecidos, parecían buscar un ajuste de cuentas tanto con la historia como con sus propias almas.

Cuando los sandinistas derrocaron al régimen somocista en 1979, desencadenaron olas de júbilo populista a nivel mundial. Pero el éxito de la guerrilla nicaragüense también aterró al presidente Reagan, cuya administración vio en el gobierno revolucionario una amenaza mortal a los Estados Unidos gracias a sus políticas marxistas y el acercamiento al gobierno cubano de Fidel Castro. Temiendo que el comunismo se propagara por la región, el gobierno estadounidense instigó una contrarrevolución, la Contra, con el propósito de destruir al régimen sandinista.

Los sandinistas también hicieron lo propio por autodestruirse. El escritor Sergio Ramírez, quien jugó un papel clave en el movimiento revolucionario y fungió como vicepresidente de Nicaragua entre 1984 y 1990, tomó la palabra en la conferencia y describió a la revolución como una “una sincera ilusión de cambio.” Sus dirigentes, mantuvo Ramírez, sucumbieron a conceptos leninistas del poder que los llevaron a esperar que sus órdenes se cumplieran como si se tratara de un dogma religioso. “Un pecado capital de la revolución nicaragüense consistió en poner la ideología por encima de las posibilidades de la realidad”, lamentó. “La única posibilidad de redimir a los pobres era creando riqueza, pero la estatización de sectores claves de la propiedad, empezando por la agraria, y los controles del comercio exterior e interior, dentro de una economía mixta restringida, resultaron en fracaso.”

Otros exdirigentes sandinistas presentes los tres intensos días de la conferencia coincidieron en que la presión ejercida por la administración Reagan contribuyó a derrumbar los planes utópicos de la revolución. También coincidieron en que el deterioro y colapso de la Unión Soviética, país que había sido su principal apoyo externo, contribuyó de manera decisiva a su fracaso y posterior derrota en las urnas en 1990.

Lo verdaderamente novedoso de sus discursos, sin embargo, fue el nivel de responsabilidad que asumieron.

Durante la década de los 80, miles de campesinos huyeron de los horrores del régimen sandinista para sumarse a la Contra, movimiento que desde 1981 fue patrocinado por la CIA. Un exdirigente de dicho grupo, quien para entonces era propietario de una pequeña finca, contó que él y sus vecinos huyeron cuando varios campesinos de su comunidad fueron detenidos o asesinados por oficiales sandinistas. Pensó que pronto le tocaría a él. Otro describió a la Contra como un “masivo movimiento social.”

En respuesta hablaron dos de los nueve miembros de la Dirección Nacional del FSLN que gobernó en Nicaragua durante los 80. Uno de ellos, Jaime Wheelock, reconoció que la política de confiscaciones a propiedades de la vieja dictadura rápidamente se había salido fuera de control: “la propia Junta de Gobierno expropió negocios de empresarios para nada vinculados al somocismo. Seguidamente, se confiscó al que se ausentaba del país o se ligaba a la contrarrevolución. Sumadas, esta sucesión de acciones transmitió el mensaje de que, sin distingos de color o tamaño, no habría garantías para los propietarios, con el consiguiente efecto sobre la producción y la inversión.”

Un dirigente de las comunidades indígenas de Nicaragua dijo que los sandinistas habían “intentando destruir a los indios miskitos” a través de la tortura, detenciones masivas, y asesinatos. Hablando en nombre de los sandinistas, Wheelock dijo que tenían que aceptar la culpa por haber maltratado a los pueblos indígenas que viven en la remota Costa Atlántica de Nicaragua. Explicó que él y sus camaradas desconocían las tradiciones indígenas y no pudieron entender “las diferencias entre dos mundos separados por historia, valores, cultura, aspiraciones y relación con la naturaleza y la tierra.”

Luis Carrión, otro antiguo miembro de la Dirección Nacional, fue igualmente autocrítico. Cuando estaba en el poder, Carrión junto a sus camaradas condenó a los combatientes de la Contra como lacayos del imperialismo norteamericano. Eso fue un error, admitió. “Si la guerra era una agresión externa de ahí seguía que los combatientes de la Contra eran mercenarios y así los caracterizaban la propaganda y los medios de comunicación sandinistas,” explicó Carrión. “Este enfoque escondía las causas políticas de la guerra.”

La guerra arrasó hasta que se firmó un acuerdo de paz en 1988.

Mientras los mayores hablaban, la juventud escuchaba detenidamente desde las filas traseras del salón. Entre ellos estaban dirigentes jóvenes de la actual sublevación, hoy exiliados, pero determinados a despojar a Ortega.

Lesther Alemán, un joven de 21 años que se ha convertido en una de las figuras más visibles de las protestas, fue el último ponente del fin de semana. Lesther dijo que el haber escuchado a los exsandinistas lo dejo más convencido que nunca de dos principios: primero, que el movimiento encabezado por los estudiantes debía mantener su carácter pacífico, ya que la revolución armada había traído tanto dolor a Nicaragua; segundo, que ese movimiento debía eludir la ideología y más bien procurar crear “una Nicaragua donde haya cabida para todos.” Cuando le pidieron su opinión sobre Carlos Fonseca Amador, fundador del Frente Sandinista, éste respondió: “Lo admiro, pero no quiero seguir tras sus pasos”.

* Stephen Kinzer fue corresponsal de The New York Times en Nicaragua entre 1983 y 1999. Es el autor de Blood of Brothers, Life and War in Nicaragua. Publicado originalmente en The Boston Globe