Opinion

Literatura, ficción y realidad

La censura —de libros y periódicos— constituye un capítulo aciago en la historia centroamericana

El presente se ha convertido, así, en una invitación a saltar de esa representación imaginaria de lo deseable a una realidad indeseable; a traspasar las fronteras de la ficción y a encontrar a nuestro alrededor acontecimientos que parecían solo literarios.

Berna González Harbour

 

El exilio inevitable de Centroamérica Cuenta, condujo a la periodista y escritora española, Berna González Harbour, a escribir lo que ella define como La distopía se ha hecho realidad en Nicaragua, (El País, 17 de mayo 2019). A diferencia de lo que sostiene González Harbour, los trasvases entre ficción y realidad han sido una constante en el istmo centroamericano. La crudeza de la realidad ha servido como sustento —tanto ayer como ahora— a los mejores novelistas, cuentistas y periodistas centroamericanos y por consiguiente, a los escritores de la garganta pastoril de América, como llama a nuestra Nicaragua natal en el Canto general (1950), el chileno universal, Pablo Neruda.

Escarbar en los entresijos de la realidad ha sido una conducta histórica para la mayoría de los escritores centroamericanos. La línea de continuidad se proyecta desde el pasado y sigue su curso en el presente. Los horrores cometidos por los dictadores a lo largo de la historia centroamericana, alimentan con su cauda de inequidades al guatemalteco Miguel Ángel Asturias. El señor presidente (1946), texto inaugural en la larga y penosa historia de las dictaduras militares latinoamericanas, tuvo en Estrada Cabrera a uno de sus representantes más sangrientos. La obra pionera de Asturias fue censurada por trece años por los militares guatemaltecos. Les agrió la fiesta.

La censura —de libros y periódicos— constituye un capítulo aciago en la historia centroamericana. En Nicaragua, políticos y dictadores han recurrido a ella a su gusto y placer. El somocismo —para no ir tan lejos— se ensañó con medios y periodistas. Utilizó la censura como uno de sus recursos predilectos. Cada vez que la lucha opositora ascendía, periódicos y radioemisoras narraban las contiendas. Los dinastas echaban mano de la censura, desde el viejo Tacho, su fundador, hasta sus dos hijos, Luis y Anastasio Somoza Debayle. Cierre de medios, destierro, cárcel y asesinatos de periodistas forman parte de un ciclo histórico que no acaba de cerrarse.

Los asesinatos, las exacciones ilegales, cárceles, destierros y la represión realizada en Guatemala por Manuel Estrada Cabrera, en Honduras por Tiburcio Carías, en El Salvador por Maximiliano Hernández Martínez y en Nicaragua por la trilogía conformada por Tacho viejo y sus herederos políticos, Luis y Anastasio Somoza Debayle, ofrecen un paisaje desolador. Sus tropelías constituyen una invitación para ser expuestas ante el tribunal de la historia. Poetas, ensayistas y novelistas, hurgan en sus crímenes, para exponer al mundo la manera como sojuzgaron a sus pueblos. Los desmanes realizados desbordan toda forma de imaginación.

El teósofo salvadoreño, Maximiliano Hernández Martínez, impartía su doctrina a los cuatro vientos. Se instalaba horas para hablar de sus bondades. Para evitar robos y hurtos dictó una ley que mandaba amputar las manos de quienes delinquieran. Para los reincidentes decretó el paredón. Sus creencias las practicaba en casa. Cuando su hijo Maximiliano enfermó de apendicitis se negó a que los médicos lo atendieran. Decidió curarle con aguas azules milagrosas. Aguas que metía en botellas de color de azul. Ni las aguas ni los médicos invisibles —a quienes confió la salud de su primogénito— lo salvaron de la muerte. La imaginación se muestra incapaz de superar la realidad.

El primer Somoza tenía un zoológico en casa presidencial A los desafectos los metía en una jaula con panteras, testimonia en Estirpe sangrienta: los Somoza (1957), uno de sus rehenes y fundador de la crónica contemporánea, el periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. La novela de Sergio Ramírez, ganadora del primer premio Alfaguara, Margarita está linda la mar (1998), parte de dos hechos históricos: los entretelones de la muerte de Anastasio Somoza García (1956) y el regreso triunfal de Rubén Darío a Nicaragua (1907). Sombras nada más (2002), también de Ramírez, tiene como epicentro el juzgamiento y fusilamiento del político Cornelio Hüeck.

El poeta, ensayista, dramaturgo y cuentista salvadoreño, Álvaro Menen Desleal, antecediendo a muchos, vislumbró el pánico y sobresalto que suponía el ingreso a una nueva etapa en la historia de la humanidad. Su cuento fantástico por bueno y no por otras razones, Hacer el amor en un refugio atómico (Educa, 1974), expone la angustia y soledad de una pareja, ocultos bajo los socavones de la tierra, ante la inminencia de la guerra atómica. Vivían como animales acorralados. “Cucarachas con la obligación de rendir gracias a Dios, por habernos dado tiempo, en mala hora, de meternos en el refugio atómico”. Daban por sentado que eran los dos únicos sobrevivientes del planeta.

Una novela poco conocida —Almidón, 1945— cuyo sarcasmo sangra a las paralelas históricas en Nicaragua —liberales y conservadores— se debe a la autoría del poeta y periodista Manolo Cuadra. Debido a las prohibiciones impuestas para manifestarse políticamente en público durante el somozato, narra las vicisitudes, la persecución y cárcel que padece el protagonista, al tratar de pegar papeletas en las paredes, usando el engrudo de almidón. Manolo Cuadra, dueño de un humor familiar, narra la detención. Un Guardia Nacional (GN), le pregunta quién es. Soy diputado, responde. “De qué período. Del período glacial, responde. Llévenselo para que lo calienten”.

En Costa Rica, el novelista Carlos Luis Falla, encontraría en los desafueros cometidos por los cafetaleros, un rico filón para nutrir su ficción. Gentes y gentecillas (1947), narra los sueños y tribulaciones de los peones que aspiran librarse de la explotación. Al final comprobamos que son los olvidados de la tierra. En Nicaragua, el periodista y zapatero, Emilio Quintana, expone en Bananos (1942), los padecimientos generados por la United Fruit Company. Una novela hermana siamesa de Mamita Yunai (1940) de Carlos Luis Fallas. Una obra ilustrativa del mal trato recibido por los trabajadores de las bananeras. Ambas novelas tienen sesgo biográfico. Sabían lo que decían.

La quema de libros en Nicaragua tiene una larga historia. A mediados de los sesenta del siglo pasado, miembros de la llamada Generación traicionada, hicieron una pira con libros de autores que no eran de su agrado. El académico de la Lengua, Felipe Rodríguez Serrano, estableció el índex. Convirtió la Dirección General de Aduanas en muro inexpugnable. No pasaban libros que olieran a izquierda. El director de la biblioteca de León, Fernando Núñez (1990), nombrado después del triunfo electoral de Violeta Chamorro, quemó cincuenta libros de autores sandinistas. La consternación y rechazo de novelistas y poetas nicaragüenses fue inmediata.

Lo distópico siempre ha estado presente en la narrativa centroamericana, no se trata de un acontecimiento reciente. Las nuevas generaciones de escritores continúan escarbando en la trastienda de la realidad. Desde Guatemala hasta Costa Rica, se inscriben dentro de la corriente literaria realista. Artistas y cantantes se montan sobre los hechos políticos para legarnos cuadros y canciones que registran momentos dramáticos de nuestra historia actual. En Nicaragua, Arquímedes González, narra los padecimientos de los nicaragüenses desde la insurrección de abril (2018); Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, como tantos otros, cantan la nueva gesta libertaria.

Mientras nuestros pueblos padezcan la opresión, sean víctimas del narcotráfico y millares de personas tengan que migrar en búsqueda de un mejor destino, no habrá manera que los escritores soslayen estas realidades. Están precedidos por novelistas y cuentistas que hicieron suyo el calvario de sus sociedades. Es su fuente nutricia. Los novísimos siguen sus huellas. Son textos desgarradores. Sus obras seguirán apostando por un futuro distinto. A falta de un horizonte donde las personas no sigan siendo reprimidas por pensar diferente, utilizadas como muleros y salgan de sus países por falta de pan, esta narrativa persistirá. No habrá otra forma que encarar la realidad.

Advertisements

Más en Opinion

Send this to a friend