Reporte ciudadano

Carta de los lectores

Lo que más me preocupa de la crisis sociopolítica en Nicaragua a largo plazo

Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

"De no terminar pronto esta nueva crisis política, pueda que se avecine un nuevo éxodo".



Recogemos lo que sembramos. En esta grave crisis sociopolítica que está viviendo el país, todo el mundo habla, escribe, publica posts en sus redes sociales expresando furia, miedo, indignación y todas esas emociones revueltas que han creado en nosotros toda esta injusticia a la que hemos sido sometidos por este sistema estado-partido-familia conformado por el señor Daniel Ortega y su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo.

Como ciudadana nicaragüense que vive en el exterior me preocupa lo que está pasando en mi país. A diario en cuanto me levanto, lo primero que hago es entrar a las páginas webs de los periódicos locales: La Prensa, El Nuevo Diario y Confidencial sólo para repetir la misma escena antes de irme a la cama en caso de que un nuevo acontecimiento que se haya desarrollado durante el día. Reconozco que de vez en cuando también entro a la página web del medio oficialista El19digital con el objetivo de informarme sobre cómo ellos presentan su versión de los hechos, y mientras voy leyendo los titulares y artículos no puedo imaginarme cómo terminarán, una vez que este régimen se haya ido, los autores de esas payasadas. Pero eso es otro tema. Porque lo que más me preocupa ahora mismo son las consecuencias a largo plazo de todas estas acciones descabelladas de la pareja presidencial.

Me preocupan los efectos de la violencia colectiva que dejarán en nuestro país esos vándalos a quienes el señor Ortega les ha dado licencia para aterrorizar a la gente, sobre todo por las noches. Si bien es cierto que nunca fuimos un país seguro como tanto el gobierno lo venía vendiendo dentro y fuera del país (la idea como bien lo ha afirmado Sergio Ramírez en una reciente entrevista con la cadena alemana Deutsche Welle era sólo una “ficción”) tampoco habíamos alcanzado un nivel de violencia como tristemente sí lo han llegado a alcanzar nuestros hermanos vecinos de Guatemala, El Salvador y Honduras, mejor conocido como el triangulo del norte. ¿Es que acaso alguien se ha preguntado en medio de todo este caos qué va a pasar (cuando finalmente se termine todo esto) con esos jóvenes de esos barrios marginales que están siendo usados por este par de individuos que obviamente sólo actúan bajo sus codicias desenfrenadas? ¿Cuáles serán las repercusiones de esos actos violentos en nuestra sociedad?

En 1990, después del fin de la guerra civil que cobró alrededor de 35, 0000 muertos y que dejó una economía completamente en ruinas y que los altos dirigentes del partido F.S.LN. remataron con el robo al botín del estado (¿es necesario dar nombres?), mejor conocido como el caso de la “La Piñata”, se dio un éxodo masivo de inmigrantes nicaragüenses hacia los Estados Unidos. Sólo los que fuimos parte de ese éxodo ya sea de forma directa (los que se fueron en esos buses escolares amarillos rumbo a Guatemala para cruzar la frontera en México) o indirecta (los hijos de esos que se quedaron en espera de irse también) sabemos lo desgarrador que es tener que dejar tu patria buscando un futuro mejor dejando en el proceso familias fragmentadas. Esta historia la conocemos todos, ya sea de primera o de segunda mano.

Pero la inmigración no paró allí. Los nicaragüenses siguieron inmigrando en busca de mejores oportunidades en la vecina Costa Rica y hasta en la cercana pero también lejana España porque los gobiernos mercantilistas del neoliberalismo tampoco pudieron darles ese futuro esperanzador que tanto buscaban para ellos y sus hijos. ¿Será que parte de la culpa la tuvo “La Piñata” o aquel señor que decía “Obras no palabras”. “Nicaragua no es cosa de juegos, pensémoslo bien”?

Reto a cualquier nicaragüense a que cuente con los dedos de la mano el número de parientes que tienen en el extranjero. No me refiero a esos parientes ricos que viajan y se mueven por los círculos de la alta sociedad de esos países. Me refiero a ese muchacho inmigrante en los Estados Unidos empaquetando carne de vacuno contaminado con hormonas y químicos de quien sabe que tipo en esos mataderos clandestinos de mala muerte, me refiero a ese jornalero nicaragüense en Costa Rica, me refiero a la empleada domestica de La Moraleja en las Españas que limpia los chalés de arriba abajo con lejía y amoniaco, vestida con ese maldito uniforme que la hace verse como una chacha más de las telenovelas de Televisa.

De no terminar pronto esta nueva crisis política, pueda que se avecine un nuevo éxodo. Y sé con casi toda la precisión del mundo que quienes se irán serán esas gentes de ese sector de estrato social bajo, ese sector con un bajo poder adquisitivo económico, los homo paganicus como los llama el ensayista y crítico literario Roland Barthes o ya por último los pobres caray, para qué estarse jodiendo la vida con tanto formalismo. Porque los ricos serán siempre eso, ricos. Sé que estos mismos ya han enviado a sus hijos de vacaciones a las Europas para que vayan a ver vistas más placenteras mientras pasa la crisis. Y una vez terminada ésta, se dedicarán a hacer lo mismo: se dedicarán a seguir viviendo de la pobreza fundando un nuevo organismo, una nueva oenegé (con fondos extranjeros por supuesto) para atender a las necesidades de esos pobres diablos tal y como lo hicieron en los comienzos de la época neoliberal.

Pero me reúso a un final tan trágico como ese, a esa repetición cíclica a las que nos tienen tan acostumbrados. Los nicaragüenses no se merecen seguir emigrando, en este caso por los caprichos del señor Ortega y la señora Murillo de no dejar el poder a pesar de los gritos y la sangre derramada en las calles. La hora de Nicaragua ha llegado. No podemos abandonar esta causa.

*La autora tiene una Licenciatura en periodismo de la University of King College (Canadá) y un Máster en Lingüística Aplicada a la Enseñanza del español como Lengua Extranjera por la Universidad Antonio de Nebrija (Madrid). Actualmente labora como profesora de español en la Universidad Mount Allison University (Canadá)