Opinion

Por los caminos de García Márquez

Satoko Tamura, poetisa y catedrática, escribió un libro sobre los lugares que relata Gabo

Su intensa gabolatría condujo a la japonesa Satoko Tamura a recorrer durante dieciséis años —entre 1994 y 2010— las ciudades, cantinas y burdeles, donde sitúa sus novelas y crónicas, el creador del reino de Macondo. Dotada de esa terquedad muy propia de los orientales, Tamura sintió el deseo de conocer los lugares que aparecen en las obras de García Márquez y dialogar con las personas de carne y hueso convertidas en personajes en sus novelas. Poseída por el mismo placer que sienten muchísimos lectores de visitar e instalarse por su cuenta, en el mundo descrito por sus escritores más apetecidos, emprendió gozosa el recorrido. Una empresa temeraria si tomamos en consideración que muchos de los sitios señalados por Gabo en el momento de la travesía, era territorio en disputa entre las guerrillas de las FARC y el Ejército colombiano. Los japoneses estaban amenazados de secuestros. La advertencia no fue suficiente para inmovilizar a Tamura. Nada pudo doblegarla en su propósito.

Satoko tomó literalmente la afirmación de Gabo: No existe nada en mis novelas que no haya sido tomado de la realidad concreta. En un exceso de confianza o ingenuidad quería comprobar la validez de lo dicho por un creador que hace y rehace la realidad a su antojo, hasta convertirla en clara expresión de su enorme capacidad fabulatoria. Creer a pies juntillas que toda la creación de García Márquez es un fiel reflejo de la realidad, solo puede asumirlo una investigadora totalmente convencida que Gabo no miente al decir que la realidad le dicta lo que escribe. Dispuesta a transitar por el ancho universo geográfico y conversar con las personas-modelos, seres de carne y hueso que nutren las obras del portento. Los viajes de Satoko constituyen una hazaña: le permiten trazar las coordenadas de todas las creaciones de un escritor que jamás se cansó de repetir que nada de lo dicho contrariaba la realidad. Una tarea titánica. Ni las advertencias y adversidades fueron capaces de inmovilizarla.

Se propuso llegar hasta donde el portento no había puesto pies, la imagen de La Sierpe permanecía intacta, visión modelada a través de la lectura de Crónicas y reportajes, uno de los textos emblemáticos de Gabo. Su alegría crece al internarse en las profundidades de La Mojana; regocijada pone banderas en un lugar donde ni el mismo García Márquez había podido llegar. Una zona preñada de fantasías y creencias. Lo inverosímil eleva la estatura de su discurso. En la región del Caribe escucha historias similares a las que aparecen en las páginas de Cien Años de Soledad. Algunas personas víctimas de ofensas, recurren a maleficios para vengar las afrentas: oyó decir que le metieron un mono en la barriga a un abusador. Lizandro Chávez Alfaro narra una historia parecida. Una familia del Caribe nicaragüense, para castigar el agravio recibido por una de sus hijas —un Guardia Nacional pegó un zarpazo en su pubis— ‘acobardó’ a sus gallos de pelea. Como resultado —en vez de combatir— se dejaron coger como mariquitas. El Caribe seguirá siendo tierra pródiga.

Es probable que Satoko se haya visto animada a emprender el recorrido para replicar la satisfacción que han sentido muchos lectores de transitar los caminos de los personajes de sus autores predilectos. El más famoso se debe a los incondicionales de James Joyce. Desde 1954 las autoridades irlandesas establecieron el Blomsday, como homenaje a uno de los novelistas más grandes de todos los tiempos. Centenares de personas se congregan durante una semana en Dublín. Todo para agasajar a Joyce. El 16 de junio de 1904 el autor de Dublineses decidió que los protagonistas más connotados de Ulises recorran la ciudad. El viaje que emprenden los tres grandes: Leopold Bloom, Stephen Dedalus y Molly ha hecho historia. Los lleva por sus bares preferidos; desayunan en Bailey y beben vino de burdeos. Lleno de goce forja la novela cumbre con un lenguaje muchas veces incomprensible. Instala la ciudad en el corazón del mundo. Ulises sigue siendo admirado. No sé si leído.

Satoko llama a su obra Por los caminos de Cien Años de Soledad (Aguilar, México-2015), debido a la fama de la novela mejor lograda por Gabo. La conquista del colombiano no es menor que la de Joyce. Macondo figura en el mapa mundial con idénticas credenciales. La familia Buendía forma parte de nuestra propia familia. Por derecho propio Macondo está inscrito en esa trilogía fantástica constituida por La Mancha y Comala. Situar en el corazón de los lectores a su ciudad de origen —Aracataca— supuso universalizar el mundo de donde proviene Gabo. Muchísimo antes que Satoko alzara vuelo, millares de personas habían llegado a Aracataca, para recorrer la casa en que vivieron Úrsula y José Arcadio. Con la obra de la japonesa, Riohacha —cuna de Macondo— crece y se expande. El genio la hizo ocupar —desde hace años— un lugar cimero dentro de la literatura mundial. Hoy constituye un referente en el mapa colombiano. Una referencia ineludible para millones de lectores dispersos por todo el planeta.

Satoko se aventuró a viajar hasta la península de La Guajira, con el ánimo de ratificar o enmendar —mediante comprobación empírica— las raíces literarias de un hombre encumbrado a la gloria. Para cumplir su itinerario se trasladó seis veces desde el Japón. Gozosa emprendió el programa. Sabe de memoria la obra de Gabo. Ese entusiasmo facilita su aventura. Por razones propias de la Literatura, antes había traducido su obra al japonés y la había hecho suya. No contenta decidió que la única forma de retratar los paisajes y la familia de Gabo, era conociendo el desarrollo del comercio clandestino, trasladarse a las rancherías, escudriñar La Casa Museo Gabriel García Márquez, asistir a los festivales de vallenatos, ver las plantaciones bananeras, caminar por la plaza donde ocurrió la mortandad de peones de las bananeras, narrada por José Arcadio Segundo y viajar por el río Magdalena. Una odisea. Sabía de antemano que su vida corría peligro pero pudo más su gabolatría.

Un universo tan grande conduce a ofrecer nuevos aspectos y otros ya conocidos. Satoko se goza en exponer con cierto detalle que Cien Años de Soledad condensa parte de la historia familiar de Gabo. Los nombres de sus tías y parientes más cercanos —ahora tan nuestros— figuran en una obra que con su magia continúa deslumbrando a lectores de todas las lenguas. Hoy en día no solo Dublín es visitada anualmente, luego que la Unesco la convirtiera Capital de la Literatura. El periodista Rafo León, confeccionó en 2008 una guía paraliteraria, para desandar cuatro escenarios de Lima, que aparecen en las obras de Mario Vargas Llosa. Un bello homenaje. Satoko deja abierta una invitación similar a los gabólobos. La japonesa colocó los mojones. Su registro es tan minucioso que no existe la posibilidad de extraviarse. Lo disfrutarían más previa lectura de la obra de la japonesa, Por los caminos de Cien años de Soledad.

La poetisa Satoko Tamura, decana de la Facultad de Literatura de la Universidad de Teikyo, en Tokio, traductora al japonés de Gabriel García Márquez, y Vargas Llosa, entre otros, posa junto a Gabo y su esposa Mercedes Barcha. Foto Tomada de El Tiempo, de Bogotá.
La poetisa Satoko Tamura, decana de la Facultad de Literatura de la Universidad de Teikyo, en Tokio, traductora al japonés de Gabriel García Márquez, y Vargas Llosa, entre otros, posa junto a Gabo y su esposa Mercedes Barcha. Foto Tomada de El Tiempo, de Bogotá.

En el caso del novelista peruano hay que subrayar su fidelidad con la ciudad de sus amores y desencuentros. Lima ocupa un sitio privilegiado en su creación. Las cuatro novelas incluidas en el mapa de Rafo son Los jefes (1959), La ciudad y los perros (1963), Los Cachorros (1967) y Conversación en la Catedral (1969). Consecuente hasta la temeridad, en la novela conmemorativa de sus ochenta años de vida —Cinco esquinas (Alfaguara, 2016), Vargas Llosa regresa a Miraflores, el barrio de siempre y punto de partida de otra de sus novelas: Travesuras de la niña mala (2006). El arco dibujado por Satoko abarca un espacio geográfico mayor. El hijo dilecto de Aracataca se desplaza a sus anchas sobre un vasto territorio. La japonesa exalta las raíces caribeñas de Gabo. En estos lugares vivió y nutrió su imaginación. Las obras de ficción y sus crónicas están asentadas en una área —que para recorrerla— se necesitan días, cuando no semanas. ¡Este es el desafío planteado!

Satoko ubica en su mapa cada uno de los lugares citados por García Márquez. Identifica a personas y personajes y para disipar dudas, los visita con la intención no solo de verificar su existencia, también para saber si Gabo —amo y señor de la hipérbole— no había mentido. Terca y sentimental siguió la ruta de Bolívar, desanduvo el Magdalena, estuvo en Barranquilla, Sucre, Cartagena y La Mojana; indagó el lugar preciso donde quedaba el burdel de la Negra Eufemia; preguntó por la primera prostituta que aparece en sus relatos y los amores con Nigromanta, visitó la casa del marqués de Casualdero, conoció la tragedia de Sierva María de todos los Ángeles, caminó por el barrio de negros en Getsemaní y para finalizar plantea el reto: ¿Alguna autoridad colombiana hará con el universo literario de Gabo algo parecido a lo hecho en Dublín y Lima? ¡Con la Casa-Museo no basta! ¡Estoy seguro que más temprano que tarde lo harán!

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