Nación

El balance de Luis Carrión, comandante de la Dirección Nacional del FSLN

Luces y sombras de la revolución, 40 años después

El consenso nacional se rompió en 1979 y la revolución sandinista terminó en 1990 con la derrota electoral del FSLN



Uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional del FSLN, viceministro del Interior y ministro de Economía durante los años 80, y desde 2005 en la dirección del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), compartió en una charla con Envío este balance de la Revolución y esta mirada personal de su participación en ella, al cumplirse 40 años del derrocamiento de la dictadura somocista y en momentos en que la dictadura de Daniel Ortega mantiene a Nicaragua atrapada en una crisis de difícil salida por su decisión de permanecer a toda costa en el poder.


Voy a hacer el mayor esfuerzo posible para hacer un balance de la Revolución. Me resistía a hacerlo. En primer lugar, porque yo estuve ahí, soy protagonista y comparto responsabilidades, por lo bueno y por lo malo de aquella etapa. Y un acontecimiento de hace 40 años tiene actualidad hoy todavía. En segundo lugar, porque hablo desde mis recuerdos, y la memoria siempre es falible y selectiva. Por último, la Revolución fue un fenómeno tan enorme, tan complejo y tan multidimensional, que es muy difícil resumir todo lo que representó.

Un gigantesco movimiento popular

Una revolución no es la toma del poder político de un partido por la vía de unas elecciones o por un golpe de Estado. La revolución fue un gran movimiento político y social, un gigantesco movimiento popular que derrocó a la dictadura somocista y después siguió empujando cambios profundos en la realidad social de nuestro país. En el derrocamiento de la dictadura participaron todos, de todos los sectores, de todas las clases sociales, de diferentes posiciones políticas, en diferentes momentos y de diferentes maneras, pero el FSLN fue su catalizador y protagonista principal. Fue el referente ético y político de esa lucha histórica.

Pero la Revolución no sólo fue un fenómeno político y social. También movilizó los espíritus de quienes participamos en ella. Y no me refiero sólo a los dirigentes, sino a muchísimos más. Por la Revolución fuimos muchos los que apartamos todos nuestros proyectos de vida personales para sustituirlos por el gran proyecto colectivo de la Revolución. Esta experiencia vital explica también por qué decenas, centenares y miles de personas estuvieron dispuestas a enfrentar por la Revolución enormes dificultades y sacrificios, hasta a poner en juego su vida, dando muestras de un heroísmo extraordinario, que quedarán ahí, en una historia que no se puede borrar. Sin eso no se puede explicar cómo en 1990 casi un 40% de los electores votó por el FSLN después de una década de terribles dificultades, escasez y dolor.

El FSLN adquirió un poder total

Daniel Ortega, Tomás Borge, Humberto Ortega, Henry Ruiz, Luis Carrión y Joaquín Cuadra. // Foto: Archivo

La Revolución desató energías y pasiones, que se mezclaron con toda clase de emociones, orientadas todas a construir “la tierra prometida”. Las emociones y las acciones iban desde las más básicas -como las de quienes buscaban desquitarse de daños percibidos o reales de representantes o afines al somocismo- hasta las de quienes queríamos transformar la realidad social y política a favor de las grandes mayorías.

La caída de la dictadura somocista eliminó el tapón que aplastaba la participación política de la mayoría de la gente y abrió las puertas a una multifacética, y en un primer momento desordenada, acción popular. El fin del somocismo permitió que despertaran todos los sueños y todas las reivindicaciones de todos los sectores, diversas y a menudo contradictorias y que se manifestaron a menudo en forma caótica.

La Revolución barrió absolutamente con el Estado capitalista somocista. No quedó piedra sobre piedra de lo que había sido el Estado anterior y un nuevo Estado se construyó prácticamente desde cero. Al barrer con el viejo Estado y surgir el FSLN como la fuerza política que capitalizó los réditos del derrocamiento del somocismo, después de una larga historia de lucha, el FSLN adquirió un poder como nunca antes nadie en la historia de Nicaragua lo había tenido. Con un poder total, emprendimos la construcción del nuevo Estado poniéndole el sello sandinista a todas las instituciones públicas, incluso a varias organizaciones de la sociedad civil.

Las peores sospechas mutuas

Humberto Ortega, Luis Carrión y Daniel Ortega. // Foto: Archivo

La Revolución no ocurrió en una Nicaragua aislada. Ocurrió en un contexto internacional, marcado por la Guerra Fría entre el Este y el Oeste, entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El gobierno de Ronald Reagan (1981-1989), con el que más nos tocó convivir y al que más tuvimos que enfrentar, veía la Revolución de Nicaragua como una avanzada de la Unión Soviética en el continente americano, que además amenazaba con desestabilizar toda la región. Desde antes de llegar al gobierno Reagan, un famoso texto programático de su equipo, el Documento de Santa Fe, planteaba como objetivo el derrocamiento del gobierno sandinista. Ya en el gobierno, Reagan lanzó contra la Revolución y durante años una agresión a gran escala y multidimensional con acciones políticas, diplomáticas, económicas y militares. Involucró a los países de la región en sus acciones contra el gobierno sandinista, apoyó a los remanentes de la Guardia Nacional, desarrolló acciones de sabotaje ejecutadas directamente por la CIA y, por último, brindó financiamiento, asesoría militar y equipos a la Contra.

Nosotros, por razones históricas teníamos una profunda desconfianza de los gobiernos norteamericanos que habían intervenido militarmente en todo el mundo, habían derrocado gobiernos y apoyado a regímenes sanguinarios. Nicaragua había sido intervenida militarmente por los Estados Unidos y Washington había apoyado a Somoza hasta el último momento. Estábamos convencidos de que los Estados Unidos siempre tratarían de destruir la Revolución, que eso estaba en su naturaleza imperialista.

Muy pronto nos sentimos en la necesidad de desarrollar una estrategia defensiva que tenía tres patas. Una, apoyar las guerrillas de Centroamérica, ya no sólo por motivos de solidaridad sino también defensivos. Otra, establecer una alianza con la Unión Soviética, porque necesitábamos algún paraguas que nos protegiera del “monstruo”. Y la tercera, crear un Ejército fuerte.

Las actuaciones de Estados Unidos y las nuestras confirmaron las peores sospechas mutuas y asentaron el escenario de la más sangrienta guerra de las muchas que hemos hecho los nicaragüenses entre nosotros mismos.

Luchábamos por nuestra sobrevivencia

Los nueve comandantes: Carlos Núñez, Luis Carrión, Bayardo Arce, Jaime Whelock, Henry Ruiz, Tomás Borge, Daniel Ortega, Víctor Tirado. // Foto: Archivo La Prensa

La agresión norteamericana se encontró con una desafección creciente del campesinado nicaragüense, causada por factores de nuestra propia factura.

Los campesinos de todo el centro del país se alzaron contra la Revolución y contra el gobierno sandinista, y se sumaron a las filas de la Contra, lo que dio lugar a una suerte de guerra civil organizada, financiada y administrada por los Estados Unidos, pero sostenida fundamentalmente por la población campesina.

Digo “una suerte de guerra civil” porque del lado de la Contra no había un proyecto político coherente y desarrollado, a diferencia del proyecto que tenía la Revolución. Este contraste incidió en el momento de las negociaciones de Sapoá, que no produjeron cambios institucionales importantes, a diferencia de lo que ocurrió al terminar la guerra de El Salvador.

La Revolución vivió buena parte del tiempo en guerra, cercada, luchando por sobrevivir, bajo la amenaza constante de una intervención militar directa. Recordemos que en los años 80 hubo en nuestro alrededor dos intervenciones militares de Estados Unidos: en la isla caribeña de Grenada y en Panamá. No era, pues, ninguna exageración pensar que también aquí podíamos ser intervenidos militarmente. Nos sentíamos acosados, asediados, amenazados, convencidos de que luchábamos por nuestra propia sobrevivencia.

A fines de los 80 la situación mundial cambió radicalmente. El campo socialista se derrumbó y los Estados Unidos emergieron triunfantes de la Guerra Fría. Así se terminó abruptamente el apoyo financiero y militar que nos brindaba la URSS.

Y la oposición en el Congreso de Estados Unidos y la sustitución del gobierno de Reagan por el de Bush implicaron también la suspensión del apoyo a la Contra y el abandono de la política de guerra contra el gobierno sandinista.

Para entonces, el desgaste humano y económico acumulado en Nicaragua ya era brutal. Los reclutamientos para el servicio militar eran cada vez menos, más difíciles y más conflictivos. Ambas partes estábamos completamente desgastadas y la negociación se impuso como la única salida.

Luego de las negociaciones entre los países de la región, se iniciaron negociaciones con la Contra, que culminaron con el acuerdo de Sapoá. Estas negociaciones abrieron la puerta a las elecciones de 1990, a la derrota electoral del FSLN y al fin de la Revolución.

1979: La ruptura del consenso nacional

La dinastía somocista gobernó Nicaragua durante más de 40 años. // Foto: Cortesía | Archivo La Prensa

Empecemos ahora por el principio. La Revolución llegó al gobierno con un programa, el de la Junta de Reconstrucción Nacional. Sobre la democracia decía aquel programa: “Se promulgará la legislación necesaria para la organización de un régimen de democracia efectiva, de justicia y progreso social, que garantice plenamente el derecho de todos los nicaragüenses a la participación política y al sufragio universal, así como la organización y funcionamiento de los partidos políticos, sin discriminaciones ideológicas, con excepción de los partidos y organizaciones que pretendan el retorno al somocismo”.

El párrafo equivalente, sobre este tema, en el programa histórico del Frente Sandinista, decía: “El Frente Sandinista es una organización político-militar, cuyo objetivo estratégico es la toma del poder político mediante la destrucción del aparato militar y burocrático de la dictadura y el establecimiento de un gobierno revolucionario basado en la alianza obrero-campesina y el concurso de todas las fuerzas patrióticas anti-imperialistas y anti-oligárquicas del país”.

Se pueden notar claramente las enormes diferencias en el tono y en el contenido, en la propuesta de estos dos documentos. Uno pone el énfasis en la democracia institucional y el otro en construir un Estado con otro contenido de clase. ¿Qué sucedió? Que como el triunfo de la Revolución barrió con el Estado capitalista somocista, y dejó un enorme poder en manos del Frente Sandinista, prevaleció la visión sandinista.

En septiembre de 1979 el Frente Sandinista convocó a sus miembros más destacados a una reunión que después fue conocida como la Asamblea de las 72 horas. El objetivo de la reunión era elaborar el “gran programa” del Frente para la Revolución. Pero, ¿por qué un programa si ya había uno? Y esto fue lo que dijimos “porque las circunstancias han cambiado”. ¿Y en qué habían cambiado las circunstancias? En que ya para esas fechas no había un balance de poder entre los diferentes sectores y grupos que habían hecho la Revolución, sino que el Frente Sandinista había conquistado todo el poder. Así las cosas, las circunstancias que habían dado lugar a la elaboración del programa de la Junta y a las alianzas con los sectores que se reflejaban en aquel programa, lo hacían innecesario.

En el programa que salió de la Asamblea de las 72 horas hay un punto que es más que suficiente para apreciar el curso que tomaría la Revolución desde entonces. Se definió allí que el objetivo número uno era “aislar a la burguesía vendepatria”, “organizar las fuerzas motrices de la revolución”, que eran los obreros y los campesinos, y “colocar a todas las fuerzas bajo la conducción del FSLN”.

Ésta fue la guía sobre la cual comenzamos a actuar y sobre la que estuvimos actuando a partir de entonces. El primer resultado de esta decisión fue la ruptura del consenso nacional. El programa de la Junta reflejaba ese consenso, pero a partir de entonces todo era distinto: era “aquí nosotros mandamos y podemos hacer lo que queramos y no tenemos que hacerle concesiones a nadie más…”

Se impuso la lógica del partido único

Alfonso Robelo, Moisés Hassan, Daniel Ortega, Sergio Ramírez y Violeta Barrios de Chamorro, el 20 de julio de 1979, antes de su entrada a la Plaza de la República. // Foto: Archivo La Prensa | Cortesía IHM

Esta decisión implicó la liquidación efectiva de la Junta de Reconstrucción Nacional. Aunque desde el inicio la integraron Alfonso Robelo y doña Violeta Chamorro, ya desde un inicio las decisiones que tomaba el Frente Sandinista eran las que la Junta implementaba y ejecutaba. Por eso, a los pocos meses, renunciaron los dos. Y aunque los repusimos con algunas personalidades, fue algo formal, porque siempre se mantuvo la hegemonía total del Frente Sandinista.

De hecho, se impuso la lógica del partido único. Y aunque subsistieron otros partidos, debilitados, controlados, permitidos, la lógica era la de partido único. Bajo esa lógica empezamos la construcción no de un Estado nacional, sino de un Estado sandinista. Todas las instituciones se sandinizaron. El Ejército fue sandinista, la Policía fue sandinista, todas las instituciones estaban bajo la égida, la influencia y el control del Frente Sandinista. Y se suponía que todas adoptaran, siguieran y actuaran en función de los objetivos y las políticas del Frente Sandinista.

Consolidado el poder político, otro de los objetivos que planteó el programa de la Asamblea de las 72 horas implicaba, bajo esta lógica, neutralizar cualquier fuerza política que pudiera cuestionar la hegemonía del Frente Sandinista. En marzo de 1980, Alfonso Robelo, líder del partido Movimiento Democrático Nicaragüense, quien ya había salido de la Junta, intentó reorganizar su partido y convocó a una manifestación en Nandaime. Pero ante la posible movilización masiva, nosotros decretamos “Nandaime no va” e impedimos por todos los medios esa manifestación.

Ese hecho marcó un rumbo: impediríamos la acción política de cualquiera que pudiera cuestionar la Revolución en cualquier forma efectiva. Dentro de esta lógica se impuso la censura de prensa y la represión de cualquier intento de oposición. Rápidamente se fue cerrando el espacio político para todos los que se oponían. El Frente Sandinista era la “vanguardia iluminada” que tenía que dirigir todo en Nicaragua, como un derecho nacido de la Revolución. Esa fue la mentalidad prevaleciente desde el inicio.

La democracia no fue un objetivo

Daniel Ortega y miembros de su Gobierno en 1990, tras las elecciones de ese año en las que fueron derrotados por Violeta Barrios de Chamorro. // Foto: Archivo La Prensa

Esta lógica condujo a acosar a los sectores empresariales, a los que llamábamos “burguesía vendepatria”. ¿Quiénes eran? Eran fundamentalmente la oligarquía financiera, pero el concepto se fue extendiendo a todos aquellos que se oponían a la Revolución o hacían cosas que no nos gustaban. Y se fueron ejecutando confiscaciones como arma política. Tan políticas eran las confiscaciones que se anunciaban en plaza pública en grandes concentraciones donde todo el mundo las aplaudía.

También se desarrolló ampliamente, sobre todo en los primeros años de la Revolución, un lenguaje clasista y confrontativo: los obreros contra la burguesía. Toda la burguesía era vendepatria y no había mucha distinción entre los que lo eran y los que no lo eran. Incluso, en algunos lugares, sobre todo en zonas rurales, donde era difícil encontrar “burguesía” y lo que se encontraba era pequeña burguesía, agricultores y comerciantes que tenían algún negocio, eran también hostilizados con ese lenguaje clasista y recibían acusaciones y amenazas. Todo esto muestra que la democracia política institucionalizada no fue un objetivo explícito de la Revolución. Y sin embargo, hablábamos de “pluralismo político”. ¿Cómo lo entendíamos? En primer lugar, como no declararnos como partido único. Y en segundo lugar, permitiendo que subsistieran otros partidos políticos, aunque no tuvieran ninguna posibilidad de incidencia real en la vida política del país.

La organización que se necesita para luchar contra una dictadura tiene que ser clandestina, muy disciplinada, compartimenta la información, es muy centralizada y hay poco debate porque las condiciones no lo permiten. Todo esto genera comportamientos y valores no democráticos cuando se trasladan al sistema político de un país.

A diferencia del modelo cubano, que tanta influencia tuvo en la Revolución, nunca nos declaramos socialistas, no declaramos el partido único y hubo partidos políticos con tremendas limitaciones para actuar, la prensa estaba censurada pero existieron medios de comunicación críticos. Realmente, hubo influencia cubana, pero no hubo una copia exacta.

Nosotros partíamos del concepto de que la Revolución era eterna, que sería para siempre. Porque lo que se había conquistado con tanta sangre y sacrificio no podía rifarse en unas elecciones. Pensábamos que si el poder lo habíamos conquistado arriesgando la vida y dejando una gran cuota de sangre en el camino, ¿cómo unos votos iban a cambiar eso?

Las elecciones de 1984 y la democracia

Daniel Ortega toma la promesa de ley ante el presidente de la Asamblea Nacional, Carlos Núñez, tras las elecciones de 1984. // Foto: Archivo IHM

La Revolución era eterna y no íbamos a rifar el poder… Sin embargo, fuimos a elecciones en 1984. Esas elecciones fueron una decisión táctica: queríamos darle al gobierno sandinista una legitimidad aceptada por el mundo occidental y así debilitar la estrategia agresiva de Reagan, que luchaba abiertamente por derrocarlo.

Las elecciones de 1984 fueron semidemocráticas. Y lo digo así porque, aunque los votos se contaron bien, toda la campaña y toda la maquinaria del Estado se puso al servicio del triunfo del Frente Sandinista, que controlaba todas las instituciones.

El efecto político que buscábamos con esas elecciones fue importante, pero limitado, principalmente porque la Coordinadora Democrática, en aquel momento la principal oposición, no participó. Empezaron, lanzaron su candidato, pero poco antes de la fecha se retiraron. Dijeron que era imposible hacer campaña bajo tanto acoso y hostigamiento, aunque en su decisión también pesó mucho la presión del gobierno de Estados Unidos, ya que la participación de la Coordinadora hubiera restado justificación a su política de agresión.

Lo más importante que quiero decir sobre aquellas elecciones es que representaron una contradicción fundamental con la lógica que había prevalecido hasta entonces: que la Revolución era eterna, que su legitimidad se la daba la lucha y el sacrificio, y que las elecciones representan la rifa del poder.

Al hacer elecciones estábamos admitiendo, sin reconocerlo, que la Revolución puede perder y estábamos arriesgándonos a demostrar que la Revolución no es eterna. Con elecciones, la legitimidad de la Revolución ya no se anclaría en la lucha, en el sacrificio, en los mártires. Debía anclarse en la voluntad popular, en ganar los votos de la mayoría de la gente.

Las elecciones de 1984 contradecían claramente la lógica con la que veníamos actuando. A pesar de eso, y a mi modo de ver, nosotros no asimilamos, no asumimos, no comprendimos las enormes consecuencias que tuvieron aquellas elecciones. Y nos quedamos sólo en la perspectiva táctica de que las elecciones eran sólo una formalidad y en la creencia de que siempre podríamos asegurarnos el triunfo en cualquier elección. En consecuencia, no nos preparamos para lo que iba a venir seis años después: la derrota electoral de 1990.

Una ola de empoderamiento popular

A pesar de todo, la revolución impulsó la democracia social.

Cuando la Revolución hizo saltar el tapón de la dictadura, se produjo una explosión de demandas y una masiva participación popular. Un montón de sectores que habían estado aplastados durante el somocismo, que no habían podido manifestarse ni expresarse, comenzaron a presentar demandas: unos pedían tierras, los miskitos soberanía, otros el derecho a ser tomados en cuenta.

Se produjo una movilización de todas las formas y maneras, que se manifestaba en las calles, en el campo, por todas partes. Algunas organizaciones que ya existían desde antes crecieron rápidamente: la ATC y los sindicatos. Y otras nuevas surgieron en ese contexto: la UNAG, los CDS y otras. Unas nacieron por su propia dinámica y otras, impulsadas por el propio FSLN, que en su visión tenía crear una red de organizaciones sociales, de organizaciones de masas, coordinadas y subordinadas de alguna manera al Frente.

Sólo un dato para ver lo que significó la explosión organizativa: en 1978 existían en Nicaragua 138 sindicatos con 20 mil afiliados y en 1982 los sindicatos habían crecido diez veces y tenían 90 mil afiliados.

Las organizaciones llegaron a tener importantes cuotas de poder. Recuerdo que los sindicatos, incluso en las empresas estatales, tenían muchas reivindicaciones e influían hasta en las decisiones administrativas. A menudo cuestionaban al administrador o al gerente de la empresa. Las organizaciones populares tenían un poder real. Los CDS lo tenían. A los CDS les pedían avales para que alguien pudiera trabajar en el gobierno, los CDS se encargaban de administrar las tarjetas AFA para la distribución de los cinco productos básicos. Las organizaciones populares tuvieron poder.

Hubo un enorme salto de organización popular. Y la organización cambia a las personas. Gentes que no habían sido nada durante la dictadura, que habían sido absolutamente ignoradas o marginadas, de repente se sintieron personas con dignidad, con derechos y con fuerza para hacer cosas y para exigir cosas. Se empoderaron.

Las correas de transmisión

El salto de la organización popular fue enorme, pero esa conquista se debilitó gradualmente. Básicamente, porque el Frente Sandinista, que tenía una concepción de estas organizaciones como sus “correas de transmisión”, fue trabajando para ponerlas totalmente bajo su dirección y para convertirlas en organizaciones sandinistas, más que de afiliados a la propia organización. Siempre existieron tensiones entre su rol de representantes de intereses sectoriales y el de vehículos de las políticas gubernamentales. Al final, la hegemonía del Frente Sandinista terminó siendo dominante.

Los no sandinistas, los opositores, los que no estaban de acuerdo, se fueron quedando al margen de las organizaciones o tenían poca capacidad de incidencia al interior de éstas. Y quedaron desempoderados. Se los consideraba contras, enemigos de la revolución. Hubo, sí, algunos sindicatos que no eran del Frente, pero eran completamente marginales, no tenían ninguna significación.

AMPRONAC (Asociación de Mujeres ante la Problemática Nacional), que había nacido en 1977 para luchar contra la dictadura, fue de las primeras organizaciones que pasó bajo el control del Frente Sandinista. Fue disuelta, tomada por el FSLN casi “manu militari”. Funcionarios y administradores sustituyeron rápidamente a las fundadoras y dirigentes y la organización fue liquidada y sustituida por AMNLAE (Asociación de Mujeres Nicaragüenses Luisa Amanda Espinoza), un ala femenina del Frente Sandinista, que enseguida se convirtió en otra correa de transmisión.

Con la disolución de AMPRONAC se perdió para el conocimiento de todo el país la experiencia riquísima que había acumulado este primer gran movimiento de masas de mujeres que hubo en Nicaragua, organizado, autónomo, democrático, pluripartidista y pluriclasista, formado por mujeres de base y de todas las clases sociales.

No sabíamos nada de la Costa Caribe

Nosotros no sabíamos nada de la Costa Caribe nicaragüense. No conocíamos nada. El programa de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional sólo decía: “Se integrará al desarrollo del país la población de la Costa Atlántica”. Eso era todo. Una ignorancia absoluta. Ni siquiera se reconocía en el programa la existencia de pueblos indígenas autóctonos en esa región.

Pero la Revolución también desató expectativas entre la población miskita. Para la época de la Revolución tenía ya la Costa una nueva generación de líderes jóvenes y educados. Con la Revolución surgieron también nuevas organizaciones. Surgió, por ejemplo, MISURASATA, que significa Miskitos, Sumos, Ramas, aliados con los Sandinistas, aunque después de los conflictos le quitaron el SA, porque rompieron con los sandinistas y se llamó MISURA.

La avalancha de demandas y de reclamos que nos llegaban de la Costa fue realmente enorme. Pero como nosotros no entendíamos nada, eso causó enseguida desconfianza, desconcierto y de parte nuestra, sospechas y acusaciones de separatismo.

Además, tanto al Caribe Norte como al Caribe Sur la Revolución enviaba a funcionarios, a dirigentes del partido y de las instituciones gubernamentales provenientes del Pacífico. Los ponía al frente de todas las áreas del gobierno, pero esa gente tampoco sabía nada del Caribe.

Y esa gente quiso traspolar mecánicamente a una realidad absolutamente distinta todo lo que se estaba haciendo en el Pacífico: las mismas organizaciones, los mismos enfoques, los mismos discursos. Yo no recuerdo a un solo funcionario o dirigente político que haya al menos intentado aprender a hablar miskito. A lo mejor hubo alguno, pero de los principales yo no conocí a ninguno que al menos hiciera el intento.

Un enorme choque cultural en la Costa

El choque cultural que hubo en la Costa provocó insatisfacción e irritación en la población. Ellos sintieron la Revolución como una invasión de los “españoles”, porque para ellos todos nosotros, los del Pacífico, somos españoles. Se sentían invadidos. Y nosotros y la gente nuestra veíamos a los costeños como “indios mentirosos y matreros”. No entendíamos que tenían que mentir para defenderse, que tenían que simular para protegerse. Entre los “españoles” que llegaron allá se desarrolló un importante grado de racismo.

Fue positivo que la Revolución hiciera un programa de alfabetización en lenguas para la población costeña. Algunos dicen que les impusimos la alfabetización en español. No es cierto. En la Costa la alfabetización fue posterior a la campaña nacional, porque había que hacer textos diferentes, pero se alfabetizó en sus lenguas. Desgraciadamente, el contenido de los materiales para alfabetizar fue similar a los de todo el país, no tuvo en cuenta su cultura. Y los contenidos fueron, como en la campaña nacional, altamente politizados y sandinistas.

En este contexto de incomunicación, en la Costa se fueron ampliando las protestas y se generalizó la resistencia, en respuesta y en reacción a todo lo que venía de la Revolución. Hubo conflictos, después represión, después entró el apoyo norteamericano y empezó la guerra. Una guerra que fue diferente a la guerra de los Contras en el resto del país. Porque las demandas costeñas, especialmente las de los miskitos, eran totalmente específicas. Y tenían que ver con su identidad como pueblo.

Nicaragua es una nación multiétnica

A partir de cierto momento nosotros entendimos la realidad diferente que había en la Costa y le dimos a la guerra en la Costa un tratamiento distinto. En el año 1984 el gobierno emprendió negociaciones con YATAMA y con Brooklyn Rivera, el líder de los miskitos, buscando un cese al fuego y una discusión de sus demandas políticas.

En ese contexto, el gobierno revolucionario reconoció y publicó un decálogo de los derechos específicos de los pueblos indígenas. Fue un avance enorme respecto de lo que había habido hasta entonces en la historia de Nicaragua. Y lo que había habido en el resto del país era un benigno desentendimiento de los pueblos indígenas, y a menudo una explotación brutal de las empresas, principalmente extranjeras.

El reconocimiento de la cultura autóctona de la Costa Caribe fue un resultado de mucho trabajo, de diálogo, de reuniones. Siempre mantuvimos comunicación con algunos líderes miskitos. Finalmente, todo esto desembocó en 1987 en el Estatuto de Autonomía y en el reconocimiento, en la Constitución de ese mismo año, de que “el pueblo de Nicaragua es de naturaleza multiétnica”. Hasta entonces, nos habíamos visto como un pueblo únicamente mestizo.

La autonomía no fue perfecta y posiblemente ya está agotada en la manera como se concibió y cómo se construyó. Hoy, la realidad en la Costa es mucho más compleja, porque ahora hay mayoría de mestizos en la Costa y vemos cómo el gobierno actual no defiende a las comunidades indígenas ante el avance agresivo, a veces armado, de los colonos del Pacífico.

Creo que la autonomía de la Costa Caribe y el reconocimiento de los pueblos autóctonos fueron aportes muy importantes que hizo la Revolución y que llevaron a un cambio en la manera como nos veíamos como país. Pero, ¿fueron un mérito del gobierno revolucionario? No sólo. Fueron también fruto del esfuerzo y el sacrifico de los miskitos, que lucharon y resistieron y pusieron sobre el tapete lo que nosotros ignorábamos.

Las confiscaciones y los campesinos

La agresión multifacética que desarrolló el gobierno de Estados Unidos contra la Revolución en Nicaragua no hubiera alcanzado la dimensión que alcanzó si no se hubiera producido un alzamiento masivo contra la Revolución de los campesinos del centro del país, desde el norte hasta el sur. Y esto, a pesar de que la Revolución consideraba como sus “fuerzas motrices” a la “alianza obrero-campesina”.

¿Por qué se alzó contra la Revolución una de esas “fuerzas”, por qué se alzaron los campesinos si había reforma agraria? Voy a dar algunas posibles razones. En primer lugar, las confiscaciones. Las confiscaciones de tierras empezaron a afectar primero a los somocistas, después a “los allegados al somocismo”, cuando era menos claro quién era o no allegado. Después, se siguió confiscando por razones políticas para castigar a la gente que colaboraba con la Contra o era un opositor activo. Estas actuaciones fueron percibidas como arbitrariedades o abusos en una sociedad donde la propiedad privada y el trabajo eran valores muy importantes.

Además, muchos de los confiscados tenían parientes y amigos que resentían lo que hacíamos. Recuerdo lo que me dijo una señora de Boaco en 1979, después que le confiscaron la finca a alguien que ella conocía, con el argumento de que había sido somocista. “¿Y por qué le confiscaron la tierra a él? -me reclamó-. Él era somocista, sí que lo era, pero esa finca que le quitaron la hizo con su trabajo, no se la robó a nadie ni nadie se la regaló”. Esta mentalidad de que si uno había hecho honestamente su propiedad, tuviera una u otra filiación política, tenía derecho a ella y era injusto quitársela, era generalizada en las zonas rurales. Nuestras confiscaciones golpearon los valores tradicionales de la sociedad agraria del centro del país.

También influyó que las confiscaciones las ejecutaron funcionarios y dirigentes políticos que venían de las ciudades con una visión ideológica del campo, sin conocer la identidad de la sociedad campesina. Eso creó más contradicciones y una incomunicación, una incapacidad de relacionarse con el campesinado, que hablaba otro idioma, distinto al de quienes llegaron al campo representando a la Revolución.

Los tranques a los productos rurales

Con la guerra fue agudizándose la escasez y los precios de los alimentos fueron subiendo en las ciudades. El gobierno quiso entonces proteger a sus bases, principalmente urbanas. Se estableció entonces una política de precios oficiales de los productos alimenticios, producidos por los campesinos. Se pusieron tranques en los caminos y cuando venía algún productor con su producción para venderla en la ciudad se le quitaba el producto, se le pagaba el precio oficial, y ese producto se vendía en las ciudades a precios más bajos. Esta política lesionó de manera fundamental el modo de ser, de vivir y de entender las cosas de los campesinos, que rechazan las imposiciones.

Fue una política muy negativa. Se protegió a las ciudades con alimentos a precios más bajos y eso fue positivo, pero a costa de un enorme sacrificio para los campesinos. La producción se cayó, porque los campesinos vieron que no les pagaban lo que valía su esfuerzo. Y al caerse la producción se agravó el desabastecimiento.

También se provocó un deterioro dramático en el nivel de vida del campesinado, agravado por el hecho de que mientras los precios de sus productos se mantenían bajos, los productos industriales subían de precio. Sólo un dato del empobrecimiento que esta política provocó en las zonas rurales: en 1978 un pantalón lo compraba un campesino con 49 libras de maíz y una camisa con 22 libras. En 1985 un pantalón se compraba con 230 libras de maíz y la camisa con 140.

Otros factores que incidieron en el alzamiento campesino fueron la presión para formar cooperativas, el enfrentamiento con la jerarquía de la iglesia católica, la destrucción de las redes comerciales tradicionales y el continuo acoso en las zonas rurales.

La represión también provocó la guerra

Éstas son algunas de las razones del alzamiento campesino. Pero no son todas. Estuve hace unas semanas en la Universidad de Brown, en Estados Unidos, en un evento convocado para hacer un balance de la Revolución a 40 años de aquel acontecimiento. Y ahí un dirigente de la Contra explicó por qué razón se había integrado él a la Contra. Y no mencionó ninguna de las razones que he mencionado. Dijo que él se alzó con la Contra por temor. Por temor a la represión, por temor a que lo echaran preso y lo despojaran de sus propiedades.

En un contexto de guerra, la represión y los abusos tienden a multiplicarse y si a esto agregamos el imperativo de defendernos de la agresividad y permanente amenaza del gobierno norteamericano, que colocaba al gobierno revolucionario en una situación de lucha a muerte por su sobrevivencia, la vigilancia sobre el respeto a los derechos humanos se debilitó y los abusos crecieron y sólo unos pocos de estos abusos fueron investigados y sancionados.

La sublevación campesina se encontró con la agresión de los Estados Unidos y el resultado fue una guerra a gran escala. La guerra de los años 80 partió al país, y llevó a centenares de miles de jóvenes, y de no tan jóvenes, a integrarse en las unidades del Ejército Popular Sandinista o a las filas de la Contra.

Las consecuencias de aquella guerra no tienen parangón en la historia de nuestro país. No creo que ninguna de las muchas guerras entre liberales y conservadores que llenan nuestra historia haya producido ni la décima parte de lo que causó la guerra de los 80: muertos, huérfanos, lisiados, gente desquiciada de la cabeza, destrucción material en gran escala, divisiones y odios, resentimientos. Secuelas enormes, divisiones profundas, heridas que aún no se han cerrado y que en el contexto de la realidad actual se han abierto nuevamente.

Los cambios llegaron demasiado tarde

La guerra de los 80 no admite una interpretación maniquea, la guerra no fue en blanco y negro. Hubo miles de gentes, tanto de la Contra como del lado del sandinismo, que fueron a luchar convencidas de que era lo único justo y decente que debían hacer. Unos y otros tenemos ejemplos de heroísmo desinteresado cuya memoria honramos. En el servicio militar hubo muchísimos jóvenes que fueron voluntariamente y jóvenes que antes de cumplir la edad se ofrecieron para ir al campo de batalla. De un lado y de otro luchaban todos por una Nicaragua mejor, convencidos de la justeza de su causa.

A partir de 1985 la Revolución hizo el intento de corregir el rumbo. Y en base a una evaluación de la situación, el gobierno decidió implementar una serie de cambios en las políticas que más impacto tenían en el campo. Se ordenó suspender las confiscaciones. Se liberaron los precios de los productos agrícolas. Se intentó desarrollar un comportamiento más político y respetuoso de las fuerzas armadas y de las autoridades del FSLN. Y resaltamos que esta guerra no podía verse meramente como un enfrentamiento bélico, sino principalmente como una lucha política para conquistar el apoyo del campesinado.

Fue muy difícil implementar cabalmente todos esos cambios en las dimensiones necesarias. Y ya era muy tarde. Ya la desconfianza del campesinado con la Revolución estaba bien clavada en la conciencia campesina. En mi opinión, ya no había nada que pudiera superarla.

La economía mixta no definía nada

Durante la Revolución hablamos de economía mixta, pero no había un modelo coherente de económica mixta. Básicamente, entendíamos por economía mixta la coexistencia en el país de distintos tipos de propiedad, que es lo que ocurre en todas partes del mundo, porque en todas partes hay propiedad pública, propiedad cooperativa y propiedad privada.

Decir economía mixta era una definición de nada. No había un modelo que explicara cómo se interrelacionaban los sectores, aunque sí se dijo que la propiedad estatal era el corazón de la economía nacional. Eso era lo único que estaba claro: que la prioridad de los recursos se concentraría en el área estatal. El comercio exterior se nacionalizó, también se nacionalizó la banca y toda la industria extractiva. También estatizamos el comercio de los granos básicos. No había espacio en todas estas áreas para la empresa privada.

En las áreas productivas y comerciales se crearon grandes empresas estatales: agrarias, agroindustriales, industriales y comerciales. La empresa privada vio grandemente reducidos sus espacios y se vio obligada a competir desventajosamente con las empresas públicas por los escasos recursos existentes. La inversión privada casi se paralizó y la inversión en empresas públicas, a pesar de las grandes cantidades de recursos que se le asignaban, no pudo sustituir la pérdida de la inversión privada.

Las contradicciones del modelo económico

Los gastos de la guerra iban creciendo y creciendo, eran enormes, manteníamos grandes programas sociales y grandes proyectos económicos y ya no daba la cobija. No había recursos suficientes y se empezó a imprimir dinero. Y esto generó una hiperinflación, que en su momento más alto, en 1987, llegó a ser de 56 mil por ciento en un año.

A partir de 1988 hubo un cambio en la política económica. Se hizo un esfuerzo muy grande para reducir el gasto estatal. Se liberaron los precios de la mayoría de los productos. Se dejó que las empresas que exportaban y producían divisas se quedaran con las divisas para que pudieran reinvertir. Se suspendió la distribución controlada de los productos básicos. Los cambios trataban de darle al mercado un mayor rol en la asignación de los recursos. Todo este esfuerzo tuvo algunos efectos positivos, pero los gastos estatales siguieron siendo demasiado grandes y muy escasos los recursos disponibles y la inflación rápidamente volvió a agarrar fuerza.

El modelo de economía mixta fue fallido por sus propias contradicciones y por la imposición de la guerra, que gravitó en todo lo que hacíamos. La corrección que hicimos fue insuficiente y tardía, porque ya no había recursos para hacerla.

La revolución en la educación

En tiempos de Somoza la educación cubría a una pequeñísima parte de los jóvenes en edad escolar. Al triunfo de la Revolución había en Nicaragua más de un 40% de personas analfabetas, que no sabían leer ni escribir. La Revolución cambió eso radicalmente.

Se convirtió en un eje central del gobierno impulsar la cobertura educativa, masificar la educación, hacerla llegar a todos los que quisieran estudiar, facilitar el acceso de la gente a la educación. Sólo un dato: en 1978 había 2,696 maestros y maestras. Y en 1988, diez años después, ya eran 19,289. Un crecimiento tan acelerado tuvo consecuencias que afectaron la calidad de la educación. Tantos nuevos maestros no tenían la preparación suficiente. Y aunque se construyeron nuevas escuelas, no eran suficientes para el aumento de alumnos.

Mención aparte merece la campaña de alfabetización, un esfuerzo de toda la sociedad, especialmente de la juventud. Más de 100 mil jóvenes se incorporaron a la campaña de alfabetización. Muchos, de las ciudades del Pacífico, conocieron las zonas rurales enseñando a leer a familias enteras.

Fue una gesta heroica y creo que su gran impacto, además del evidente, que tanta gente campesina aprendiera a leer y a escribir, fue el que se produjo en la conciencia de estos jóvenes. Por primera vez muchachos y muchachas de las ciudades conocieron de primera mano la pobreza en la que vivían los campesinos, con los que en muchos casos establecieron lazos emocionales que todavía a estas alturas persisten. La alfabetización tuvo impactos en el desarrollo educativo del país y en el desarrollo de la sensibilidad y la solidaridad de la juventud que alfabetizó.

Recuerdo que en 1985 visitando una finca de café en Matagalpa me encontré con una muchacha que estaba dando clases a un grupo de chavalos. Me dijo que había aprendido a leer en la campaña de alfabetización y que eso le había permitido hacerse maestra y que ésa era su vocación, lo que ella quería hacer en la vida. Y estaba ahí, dando clases a un grupo de chavalos de tres diferentes niveles, un multigrado. No sé si lo estaba haciendo bien, regular o mal, pero a ella la alfabetización le cambió la vida, le dio la posibilidad de lograr un sueño y también de hacer una contribución a la sociedad. Es el tipo de cosas que la alfabetización dejó y que no reflejan las estadísticas.

¿Qué no estuvo bien en todo el esfuerzo educativo de la Revolución? La politización de la enseñanza. Porque la educación fue también un instrumento de socialización del sandinismo, donde a la par de valores muy importantes, se promovía al FSLN como el conductor de la sociedad. Y ése fue su pecado capital.

Hubo grandes avances en la salud

La Revolución logró que por primera vez nuestro país tuviera un sistema nacional público de salud. En el somocismo no había existido. Los hospitales estaban a cargo de unas Juntas Locales de Asistencia Social. La salud pública se veía casi como una caridad del gobierno con la gente que llegaba a los hospitales. Esto cambió radicalmente con la Revolución, que invirtió mucho en recursos y en capacidades.

Se le dio un peso muy importante a la salud preventiva y se movilizó a la población para que participara en diferentes actividades. La salud no fue vista como responsabilidad exclusiva del gobierno. Miles de personas participaban en las jornadas de salud que se hacían en diferentes períodos del año vacunando y brindando información sanitaria.

Hubo importantes resultados. Se cuadruplicó el número de profesionales sanitarios respecto a los que había antes de la Revolución. Y las campañas de vacunación redujeron muchas enfermedades transmisibles. Nicaragua, que era territorio endémico de poliomielitis erradicó en 1982 la polio y desde entonces hasta hoy no se presentaron más casos. Desde 1983 no aparecieron epidemias nacionales de difteria y sarampión, aunque después del 90 hubo alguna epidemia en la Costa Caribe. Y en los años de la Revolución la mortalidad infantil fue reducida en un 50%.

Las conquistas en salud y educación quedaron instaladas después de 1990 y todos los gobiernos siguieron impulsando lo que iniciamos en los años de la Revolución. Unos lo han hecho mejor, otros peor, pero la salud y la educación quedaron establecidas definitivamente como derechos de todos los nicaragüenses.

Se democratizó el acceso a la tierra

En el acceso a la tierra, a pesar de todas las contradicciones y limitaciones de la reforma agraria, hubo una amplia redistribución de la tierra, tanto en forma individual como en forma colectiva.

¿Qué queda hoy de la democratización de la propiedad? Lo único que tenemos a mano son los datos del Censo Agropecuario de 2011. El Censo dice que los propietarios de menos de 10 manzanas poseían antes de la Revolución el 2% de la propiedad de la tierra cultivable y en 2011 tenían el 6%. Que los dueños de propiedades de entre 10 y menos de 50 manzanas poseían antes de la Revolución el 11.2% y en 2011 tenían el 20%. Que los medianos propietarios de entre 50 y 200 manzanas tenían antes de la Revolución el 30% de la tierra y en 2011 eran dueños del 36%. Y que los propietarios de más de 500 manzanas, que tenían antes de la Revolución el 41% de la tierra, en 2011 tenían menos: el 22%.

Les dejo estas ideas, un poco deshilachadas, que confío contribuyan a un necesario y postergado debate sobre la Revolución, con sus luces y sus sombras, y con sus consecuencias para el país.

Tengo la esperanza de que mis palabras hayan contribuido a entender que no hay respuestas fáciles ni interpretaciones en blanco y negro, que las explicaciones simplistas solamente alientan el extremismo y no nos permiten aprender de nuestros errores para no volver a cometerlos.

El Frente Sandinista hoy es una banda mafiosa

Trataré de responder también a algunas preguntas sobre lo que sucede hoy en la actualidad. ¿En qué quedó el Frente Sandinista después de 1990?

El proceso de destrucción del Frente Sandinista fue gradual. Con la derrota electoral hubo una crisis y una lucha entre dos sectores.

Unos queríamos hacer la transición hacia un partido verdaderamente democrático, que jugara con las reglas del juego electoral y que renunciara a la violencia como arma política. Y el otro grupo, encabezado por Daniel Ortega, planteaba mantener el mismo modelo, los mismos esquemas y el mismo discurso. En el Congreso del Frente Sandinista de 1994, que yo diría fue el más abierto y democrático que tuvimos, ganó Daniel Ortega.
Su victoria reflejó que nuestra postura era minoritaria dentro del Frente Sandinista. Los que perdimos, perdimos porque éramos minoría. Y porque Daniel Ortega entendió la sicología de las bases sandinistas mejor que los que queríamos un cambio.

Las bases sandinistas no querían ningún cambio. Para las bases el cambio del que hablábamos nosotros representaba más temor y más inseguridad de la que ya sentían. La derrota electoral había representado un cambio tan traumático para la inmensa mayoría de las bases sandinistas, que lo que buscaban era la reafirmación de que la derrota había sido sólo un accidente histórico, pero que el Frente Sandinista tenía la razón.

Y eso lo captó muy bien Daniel Ortega y eso fue lo que hizo: responder a la necesidad sicológica que tenía la mayoría de la gente y no a la necesidad política que tenía el Frente Sandinista si quería evolucionar.

A partir de entonces Daniel Ortega se fue adueñando del Frente Sandinista. Hoy no es ni siquiera un partido político, porque no tiene una dirección ni espacios de debate. Lo que queda hoy es sólo una banda mafiosa al servicio de una familia que mantiene alianzas con otros individuos y grupos de poder para imponerse en el poder político.

Ortega y la representación de la revolución

En los años de la Revolución, la Dirección Nacional funcionaba como un cuerpo colegiado y entre nosotros había debates. La Dirección era también expresión de un equilibrio de fuerzas en el que también había alianzas internas, como sucede en todos los organismos de poder.

La dirección colegiada se fue debilitando a partir de 1985, porque al ser electo Presidente Daniel Ortega en 1984 su legitimidad de origen ya no derivaba de que en 1979 la Dirección Nacional lo había puesto al frente de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional. A partir de entonces su legitimidad derivaba de que había sido electo por el pueblo, derivaba de otra fuente de respaldo político.

En 1984 nadie lo impuso como candidato, tampoco en 1990. Todos coincidimos en que lo mejor era evitar cambios que pudieran crear conflictos o divisiones internas.

Daniel Ortega fue la figura más mesiánica de todas. Se consideraba la representación personal de la Revolución. Esta idea fue creciendo en él y se fue agudizando después del 90. Con esta idea, sus concepciones y sus decisiones, cualesquiera que fueran, las veía él como las verdaderamente revolucionarias. Y, por lo tanto, cada vez fue considerando menos importante tener el consenso de los otros miembros de la Dirección Nacional.

Yo renuncié en 1995 a la Dirección Nacional y a la militancia del Frente Sandinista. Por diferencias que consideré insalvables. Hay algunos que rompimos, otros se fueron desligando y al final con él quedaron Tomás Borge y Bayardo Arce. Por cierto, Tomás Borge y Bayardo Arce eran de la tendencia Guerra Popular Prolongada y Daniel Ortega de la corriente Insurreccional Tercerista, de la cual ninguna figura importante lo acompaña ahora. La mayoría de las figuras de cierta relevancia que están con él ahora vienen de la tendencia Guerra Popular Prolongada.

Los vicios de nuestra cultura política

Daniel Ortega no ha sido el primer dictador de Nicaragua. Veníamos de una dictadura de cincuenta años, la de los Somoza. Y antes fue Zelaya, y el otro y el otro. La matriz autoritaria está enraizada en nuestro país. Las tendencias autoritarias del Frente Sandinista no vienen sólo de factores ideológicos, vienen de nuestra historia. Y si no conocemos la historia, la volveremos a repetir.

Después de la rebelión de Abril existe un riesgo si no se reconoce que el problema de fondo que hoy enfrentamos no es sandinismo versus antisandinismo. Muchos de los presos y de los muertos vienen del sandinismo y entre los azul y blanco hay quienes reproducen las conductas y valores que nos llevaron a Daniel Ortega. Hoy, el enfrentamiento es entre dictadura y democracia, pero el autoritarismo se repetirá si no aceptamos que todos somos portadores de antivalores, de actitudes autoritarias, poco tolerantes a las ideas diferentes y a la crítica. Hay algunos jóvenes que creen que porque son menores de 30 años ya están exentos de los males de nuestra cultura política. Se equivocan

¿Cómo superar esto? Tenemos que mantener un debate permanente, es la única forma. Tenemos que mantener la información y la reflexión.

Lamentablemente, los tiempos después de Abril han sido tiempos de acción y de vísceras. Mucho activismo y reacciones muy viscerales en las que “el malo” siempre es “el otro” y la “única verdad” es “la mía”. Y eso impide una auténtica reflexión política, de autocrítica y de diálogo. Eso nos lleva a la exclusión y a repetir el ciclo.

Una reflexión indispensable sobre la revolución

Uno de los grandes problemas de nuestra historia es que después de una gran crisis no sólo hacemos borrón y cuenta nueva, sino que además tapamos, enterramos, ponemos un velo sobre todo lo que pasó antes.

Después de la derrota electoral del Frente Sandinista surgieron dos narrativas sobre la Revolución y sobre la Contrarrevolución, sobre la guerra de los 80. Dos narrativas que nunca dialogaron entre sí. Hoy vemos el costo de esa falta de diálogo. Y si hoy no dialogamos, si no ponemos la verdad sobre el tapete, el riesgo de la repetición quedará vigente. No se trata ni de venganza ni de desquite, porque tampoco eso garantiza la no repetición, sólo profundiza los odios.

Es indispensable la verdad y la justicia para poder reconstruir lo que se perdió en Abril. Y si todos los involucrados en los crímenes contra el movimiento azul y blanco quedan sin sanción de ningún tipo, ¿por qué razón otros no van a repetir acciones similares sabiendo que no serán sancionados? Si repetidas veces en la historia de Nicaragua ha habido amnistías, hasta 52 leyes de amnistía antes de la última de este año, tal cantidad es la mejor prueba de que las leyes de amnistía no resuelven la necesidad de reconciliación y de justicia entre los nicaragüenses.

Creo que una Comisión de la Verdad, o varias Comisiones, son indispensables. También creo indispensable una reflexión sobre el período de la Revolución, sobre las conductas y los comportamientos de quienes la dirigimos, porque veo a algunos sectores de la oposición azul y blanco repitiendo las mismas conductas que nosotros tuvimos.

Creen que basta con rechazar a Ortega y con descalificar a los que pasamos por el sandinismo. No entienden que, por razones culturales e históricas, todos somos portadores del vicio del sectarismo. En mi partido, el MRS, hemos hecho una permanente y profunda reflexión sobre muchas de las características de la cultura política que nos llevaron a Somoza, que nos llevaron al Frente Sandinista y que nos han llevado a Daniel Ortega.

Un balance personal: yo estuve ahí

Finalmente, la reflexión y el balance sobre la Revolución es siempre también un balance personal. Porque yo no puedo negar que yo estuve ahí, aunque en 1995 me separé y desde 2005 hasta el día de hoy he estado activo en contra de esta dictadura.

¿Yo soy el de antes del 79, el joven idealista comprometido con dar la vida por la Revolución? ¿O soy el de los 80, y en qué momento de los 80 soy? ¿O soy el de los 90 o el de 2005? ¿O soy el de ahora? Soy todos, con mis contradicciones, con mis motivos de orgullo y también con la responsabilidad por las cosas que hice o dejé de hacer.

Para mí la revolución fue un sueño. Yo me metí a luchar por la Revolución sin ninguna certeza de que la iba a ver. Muchos murieron en el camino y casi como una sorpresa me tocó a mí el ver la culminación de nuestra lucha. El triunfo fue una sensación embriagadora después de años en la clandestinidad, sufriendo tremendas restricciones, dificultades, peligros. Fue una borrachera, que aumentaba cuando uno veía a miles y miles y miles de personas movilizadas con el mismo sueño.

Y ya logrado el sueño, si bien había cosas malas, sentía que esas cosas malas no negaban la esencia de lo que era la Revolución, porque en todas las sociedades hay cosas malas, en todas hay corrupción. También las había en el gobierno y en el Frente Sandinista, pero esas cosas malas no justificaban romper con la Revolución o pasarse al bando de la contrarrevolución.

¿Pudo haber sido de otra manera?

Pensábamos que la Revolución era perfectible, que podía mejorarse, que podía perfeccionarse. Y entendíamos también, y esto ya por razones de visión ideológica y política, que toda revolución genera una contrarrevolución, que la revolución tiene que pararse firme para no ser arrastrada por las fuerzas contrarrevolucionarias. Todo eso era el modelo ideológico y político que teníamos en nuestras cabezas.

Era en ese contexto que veíamos el cierre de los espacios políticos, la censura de prensa y la represión como armas en una lucha a muerte y en desventaja. No me estoy justificando. Hoy pienso que no todo tenía que haber sido como fue, que hay cosas importantes que pudieron haber sido diferentes. Pero así lo veíamos en aquel momento.

En mi caso personal, antes ya de las elecciones del 90, yo venía acumulando una cierta frustración. Veía lo que se había logrado hacer en diez años y se me quedaba muy por debajo de lo que había sido el sueño y el ideal que teníamos. Y me preguntaba si podía haber sido de otra manera, si eso era posible, si lo que habíamos vivido no era una circunstancia particular, sino más bien una ley de la historia, el costo a pagar por una revolución como la nuestra, en un contexto mundial totalmente adverso, con el triunfo de Estados Unidos en un mundo unipolar.

En 1990 se abrió una posibilidad distinta

Con la derrota de 1990 yo me percaté de que los cambios en los comportamientos de las personas no se pueden hacer por la fuerza. Que las transformaciones sociales que se hacen por la fuerza son también reversibles. Porque no están asentadas en la conciencia de la gente. Y me decía que en un contexto democrático es diferente: primero hay que cambiar la conciencia de la gente para después poder lograr los resultados políticos. Había sido distinto con la Revolución: primero se produjo el cambio político y después aspiramos a que la gente moldeara su conciencia a esos cambios que estábamos haciendo desde el poder.

Cuando se produce la derrota electoral del Frente en 1990 yo sentí personalmente que se abría una posibilidad distinta: que si la Revolución por sus caminos no había logrado lo que alguna vez soñamos, se abría otro camino por el que había que transitar para seguir tratando de lograr lo mismo de otra manera.

Surgieron entonces determinados valores que vienen de mi formación personal, de mi familia, de mi militancia por un tiempo en las filas de la iglesia popular, valores que habían pasado a un segundo plano y que fueron soterrados o disminuidos por el tsunami de la Revolución y por la idea de que la Revolución era tan grande que todo lo justificaba.

Eso me llevó a entrar en conflicto, primero conmigo mismo y luego dentro del Frente Sandinista, y después a romper en el año 1995 con la organización de la que formé parte casi por 25 años. Y hoy me siento a gusto, a pesar de que entonces estaba en el poder y hoy estoy en la llanura.

*Publicado con autorización de la revista Envío.