Confidencial

Lula en la cárcel

El dramático encarcelamiento de Lula en Brasil, marca uno de los capítulos más intensos y a la vez ambiguos en la épica historia del caso Lava Jato en Brasil y en el continente.

No es que en estos tiempos sea excepcional ver a un exjefe de Estado ingresar a la cárcel bajo sentencia de corrupción. Como señaló Andrea Rizzi en El País del 7 de abril: “En un solo día, este viernes, Carles Puigdemont salió de prisión en Alemania, […] la expresidenta coreana Park Geun-hye recibió una condena a 24 años de detención y el expresidente sudafricano Jacob Zuma se sentó en el banquillo y fue formalmente acusado por corrupción”.

Añade Rizzi, “…El expresidente Nicolas Sarkozy es sometido actualmente a una firme investigación en Francia; el primer ministro israelí en ejercicio, Benjamín Netanyahu, anda literalmente cercado por la inflexible iniciativa de policía y fiscalía; el presidente Donald Trump ve acercarse cada vez más a su despacho la acción del fiscal especial Müller sobre la trama rusa”.

Y eso, que no consideró otros casos en nuestra propia geografía.

En todos esos hechos, la independencia de poderes, especialmente del judicial, es central para que las investigaciones sobre corrupción puedan llegar a los niveles más altos del Estado y la sociedad y actuar en ellos sin que el poder suponga privilegio.

El juez Sergio Moro lo escribió en su sentencia: “No importa cuán alto esté usted, la ley siempre está por encima de usted” (el texto es una traducción aproximada de “be you never so high the law is above you”, del clérigo e historiador inglés del siglo XVII, Thomas Fuller). O, para volver a citar a Rizzi: “la nobleza de una sociedad es siempre directamente proporcional a la independencia de su justicia”.

La independencia judicial solo se logra y mantiene cuando la gobiernan tres cualidades: conocimiento, inteligencia y entereza moral. Suena solemnote, lo sé, pero es lo real. Los casos más importantes, de avances tangibles en el mejoramiento de la sociedad a través de acciones significativas contra la corrupción (como en el caso Lava Jato o en el de la CICIG en Guatemala), han sido posibles gracias a líderes y otros funcionarios que reúnen esas cualidades.

Son pocas las personas que con algún grado de honestidad intelectual pongan en duda las hazañas históricas logradas por la investigación del caso Lava Jato… hasta que se discute la sentencia, y ahora la prisión, de Lula. Ahí la polémica divide a Brasil y al continente.

¿Es justa la sentencia? ¿Se aplicó apropiadamente, respetando plazos, procesos, la presunción de una posible inocencia? ¿Se hizo con imparcialidad o con el objetivo de influir y cambiar la agenda política? ¿Ha sido proporcional o lo contrario?

Menciono, en lista apretada y ciertamente no completa, algunos de los argumentos de quienes defienden a Lula:

Puede discutirse la severidad de la sentencia, pero creo que para cualquiera que haya investigado con cierto detenimiento el caso Lava Jato, existe poca duda sobre la responsabilidad de Lula y del PT en él. Hay otros actores políticos que tienen mayor culpabilidad, pero tener menor porcentaje de culpa no exonera de ella.

Pienso que el castigo es doloroso pero inevitable. Creo que Lula fue uno de los grandes presidentes de Brasil y que sus méritos y logros se verán con mayor claridad y nitidez en el futuro. Pero tuvo un lado corrupto, por la razón que fuere, desde la geopolítica hasta la codicia, y eso oscurece ahora sus mejores hechos.

Quizá, con más pesar que ironía, se pueda decir que la prisión de Lula es en cierta forma un tributo a su gestión. Como Presidente ayudó a construir un sistema anticorrupción de consistencia tal que hoy no vacila en castigarlo.


*Publicado en Caretas e IDL Reporteros de Perú.