Nación

Los padres de jóvenes muertos de Monimbó y La Fuente reclaman justicia a Ortega

Exguerrillero de Monimbó: “A mi hijo me lo asesinaron”

Álvaro Gómez

Bala impactó a Álvaro dos centímetros arriba de una tetilla. El proyectil le destrozó la mandíbula a Ismael. Ambos víctimas de la mansalva policial



La bala perforó el pecho, exactamente a dos centímetros arriba de la tetilla izquierda. Álvaro Alberto Gómez nació en una familia de izquierda. Su padre, Álvaro Gómez, combatió en el Ejército Popular Sandinista y perdió una pierna en la guerra. Treinta años después, también perdería a un hijo. Este joven de 23 años es uno de los 32 muertos que deja la represión del régimen Ortega-Murillo en la última semana, según el recuento confirmado del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh).

La cifra de 32 muertos sigue creciendo. Los nombres de estudiantes y jóvenes muertos aumentan a medida que sus familiares reconocen cuerpos no identificados en los hospitales o que otros heridos de gravedad no logran sobrevivir. La Comisión Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos (CPDH) también lleva una lista que ya suma 38 fallecidos, y ambos organismos siguen corroborando más y más nombres.

La familia Gómez apoyaba al comandante Daniel Ortega y Rosario Murillo hasta hace algunos años. Se fueron desencantando de este Gobierno hasta que la ruptura fue total hace una semana, cuando estallaron las protestas contra las reformas a la Seguridad Social.

Álvaro Alberto se sumó a la rebelión popular en Monimbó, el histórico barrio que también se insurreccionó contra la dictadura somocista. El joven creció en esas calles cargadas de misticismo revolucionario. Las mismas donde cayó entre las barricadas alzadas por los ciudadanos para defenderse de los antimotines y la Juventud Sandinista.

“Fue algo desigual. Me lo asesinaron”

Gómez es profesor de matemática y física. Nos recibe en la sala de su casa. Un espacio frugal dominado por una pizarra en la que siguen resueltas las ecuaciones que explicó a los alumnos ayer. El padre no creyó que su hijo había muerto cuando lo llamaron por teléfono para avisarle. Era aún muy temprano el domingo.

“Para mí que andaba trabajando, porque trabaja en la zona franca aquí en Masaya”, afirma Gómez. Pero no. Álvaro Alberto estaba tendido en una camilla hospitalaria con la bala incrustada dos centímetros arriba de la tetilla izquierda. El joven era estudiante de cuarto año de Banca y Finanzas de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN).

“Lo que me molesta es la forma en que lo mataron”, reclama Gómez. En la guerra en la que el padre perdió la pierna todos andaban fusiles en mano. Los sandinistas y los Contras. “Mi hijo llevaba un palo, una piedra, pero él que estaba frente a mi hijo no estaba igual: tenía un fusil, una pistola”.

Álvaro Alberto tampoco podía manejar un arma, insiste el profesor de matemáticas. “Fue algo desigual. Me lo asesinaron. Fue un cruel asesinato. Me lo golpearon”, reclama Gómez.

El padre no sabe exactamente “de dónde salió la bala”. “Pero sí salió de las manos de ellos. De la policía o de la Juventud Sandinista”, denuncia.

Monimbó fue uno de los lugares en el país donde los disturbios contra las reformas a la Seguridad Social (y que desembocaron en un repudio a la represión y el régimen Ortega Murillo) resultaron más violentos. En Masaya se contabilizan cuatro fallecidos, entre ellos Álvaro Alberto. En la entrada de la Iglesia de San Sebastián están escritos los nombres de ellos y los del resto de fallecidos hasta el día el lunes 23 de abril a nivel nacional. Los habitantes de Monimbó contabilizaban 27.

Uno de los altares callejeros en la Iglesia San Sebastián de Monimbó rinde homenaje a los caídos que ya suman 32. W. Miranda | Confidencial

Si se toman en cuentan las cifras actualizadas de la Comisión Permanente de Derecho Humanos (CPDH), los nombres ya no alcanzarían en la iglesia de Monimbó, donde veladoras derretidas por el sol yacen al pie del altar callejero.

“Ellos mandaron a reprimir a su pueblo”

“Aunque me hayan matado a mi hijo sigo siendo sandinista. Pero no un simpatizante de la familia Ortega-Murillo. Ellos saben quiénes dieron la autorización de matar. Fueron unos fanáticos los que mataron a mi hijo”, repudia Gómez.

Los vecinos de Monimbó acusan al alcalde de Masaya, Orlando Noguera, de proveerles a las turbas de la Juventud Sandinista morteros para atacar a los ciudadanos durante los disturbios. Noguera no respondió a las llamadas de Confidencial. “El alcalde lo sabe porque ellos mandaron a reprimir a su pueblo”, dijo Gómez.

El profesor de matemáticas duda de su lucha en el pasado a la luz de la muerte de su hijo. “¿Valió la pena?”, se pregunta. “Me da vergüenza este país”, responde más tarde y sin que se lo preguntemos.

Gómez, que es profesor en el Instituto Público Carlos Vega Bolaños de Masaya, rechaza que el comandante Daniel Ortega llame pandilleros a los jóvenes que protestan. A muchos de los que están en las calles les imparte clases. “No son delincuentes”, dice el maestro en tono desafiante. “Durante la insurrección tenía ocho años y me acuerdo cómo reprimían a mi pueblo. Y ahora se repite la historia”, agrega el padre que perdió al hijo, ahora en tono amargo.

Una madre: “¡Amor!, ¿qué te hicieron? ¿Qué fue esto?”

María Ramona Vílchez se abalanzó sobre su hijo al verlo en la camilla del hospital Manolo Morales la mañana del domingo 22 de abril. “¡Amor!, ¿qué te hicieron? ¿Qué fue esto? ¿Qué te hicieron?”, le preguntaba con frenesí a Izmael. No hubo respuesta. Izmael había muerto minutos antes a causa de un disparo a mansalva en la mandíbula.

La viuda y la madre de Ismael Pérez Vílchez interponiendo la denuncia del asesinato en el Cenidh. Carlos Herrera | Confidencial

La última vez que María Ramona escuchó la voz de su hijo fue a través de un mensaje de WhatsApp. Esa misma mañana Izmael Pérez le comunicó a su madre que el trabajo fue suspendido ese día por los disturbios ocasionados por los saqueos a los comercios.

Izmael laboraba en una ferretería como instalador de cielos rasos y cerámicas. Su jefe lo dejó cerca de un supermercado en el barrio La Fuente. Encontró un disturbio. Algunos pobladores defendían el comercio de los saqueadores. En el video que la madre usa como prueba, se ve cómo el enfrentamiento se salió de control.

Los oficiales no ayudaron al joven cuando pidió ayuda

Según sus familiares, Izmael defendía el supermercado a la par de los oficiales. En el caos cruzó la calle y uno de los oficiales abrió fuego. A mansalva. La bala lo impacta en el mentón. El hombre da tres pasos y cae el piso, justo frente a los policías. El caos cesó. Los oficiales no ayudaron a Izmael que pedía ayuda. Esas serían las últimas palabras de su vida.

Izmael Pérez solo vivió 32 años. Dejó dos pequeños en orfandad. El mayor mira y mira impertérrito el video fatídico. Como que no creyera el asesinato de su padre.

Ramona fue notificada de la muerte. Corrió hacia el hospital Manolo Morales, donde el hijo había sido trasladado en la tina de una camioneta. “Mi hijo cae a la par de la policía y no hacen nada humanamente por él. Fueron los ciudadanos quienes lo auxiliaron”, cuenta la madre en la sede del Cenidh este miércoles.

Gonzalo Carrión, director jurídico del Cenidh, aseguró que “la magnitud de esta masacre criminal” todavía no ha sido dimensionada. Las denuncias de asesinados, heridos, desaparecidos, malos tratos y presos siguen apareciendo a borbollones.

Un disparo de AK destrozó su mandíbula

Izmael tenía un suero en la mano y la mandíbula destrozada. El rostro desfigurado por la potencia de proyectil. Fue el de una AK. Ramona denuncia que fue un “policía de apellido Vallecillo quien lo mató”. La tropa “era dirigido por el comisionado Juan Valle Valle”, añade.

“Hay un patrón sistemático de una represión orientada que se debe investigar, sancionar y evitar que se vuelva a repetir. Ya hemos confirmado más de 30 muertos”, dijo Salvador Marenco, asesor legal del Cenidh.

A Ramona le frustra la muerte de su hijo. Uno porque “era un gran sandinista que andaba diciendo en la dos en la dos (la casilla electoral del comandante Ortega)”. Dos porque los niños quedan huérfanos. Pero entre las lágrimas la madre saca fuerza y advierte que luchará por buscar justicia. No quiere impunidad.

“Si Daniel Ortega tuviera un poco más de conciencia y fuera más razonable, que haga justicia con todos los jóvenes que ha matado la policía. No solo es mi hijo. Le pido que lleguemos hasta el final con este caso”, dijo Ramona Vílchez, comerciante de profesión.