Opinión

¡Matándole, creyeron callarlo!

Periodismo

Cosas del periodismo, Javier tuvo tiempo de narrar su propia muerte, fue asesinado de la misma manera que fue ejecutado Ramón Arellano Félix.



Aun los que cierran los ojos o los que
se tapan con las manos. Todos
te miran. Lo hacen por última vez.
Javier Valdez Cárdenas. Levantones,
historias reales de desaparecidos y víctimas del narco.

El asesinato de Javier Valdez Cárdenas, en una calle de Culiacán, el lunes 15 de mayo, después de haberlo bajado del carro en que viajaba, arrodillarle y descerrajarle doce balazos, fue un latigazo de más de cien mil voltios. Estremeció las vértebras del periodismo, no solo mexicano, también hispanoamericano y estadounidense. ¿Siempre supo que así iban a terminar sus días? Sus constantes denuncias contra el narcotráfico, autoridades judiciales, ministros de gobierno, militares, políticos y los centenares de páginas escritas, lo habían convertido en un periodista excepcional. Valiente a toda prueba. En un ambiente enrarecido, donde la muerte camina por las calles —a vista y paciencia de todos— su palabra se esparcía como un bálsamo entre tanta podredumbre. Jamás se arredró. Embestía como un toro de lidia. Siempre hacia adelante. Predicaba con el ejemplo. Una voz imposible de apagar. Ahora se escucha más.

Ni sus premios —distinciones honoríficas, conferidas por organizaciones periodísticas, Pen Club y Universidad de Columbia, ganadas jugándose la vida— ni su valía trascendente, su posición irreductible y el prestigio que gozaba en el ámbito internacional, fueron suficientes para paralizar el ánimo de gatilleros a sueldo. ¿De dónde provinieron los disparos? ¿Quiénes ordenaron su muerte? ¿Cuál de los cárteles decidió asesinarle? ¿El poder público —al que sometió a escrutinio y acusaciones permanentes— fue quién envió a segar su vida? Valdez Cárdenas decidió balancearse sobre la cuerda floja, a sabiendas de los riesgos que corría. Cada una de sus columnas en Río Doce, eran un triunfo contra la desidia y la impunidad. Su carácter y valentía desbordantes, lo transformaron en rara avis. Insobornable. No transigía con los narcos ni con las autoridades de gobierno. Tampoco con jueces y procuradores. Terco e incuestionable. Incorruptible.

Caminar en medio de fuego cruzado, bailarle a la muerte en cada esquina, acusar una y otra vez a los poderosos, pensaron que la única manera de callarlo, era matándole. Su comportamiento es insólito. Estaba enterado mejor que nadie, que esta guerra sin cuartel —para atajar a los narcos— resultaba cada vez más complejo y difícil. La corrupción es una gangrena que corroe el tejido de una sociedad en espera de un mejor destino. Siempre supo —lo registró miles de veces— que vivía en la zona más turbulenta de México. En su defensa del gremio periodístico —para dar ánimo a los más jóvenes— buscó modelos apropiados. Lo hizo para dejar constancia que no libraba solo esta batalla. Hay quienes dicen —y en México todo es un decir— que su muerte obedeció a la publicación de su último libro —Narcoperiodismo La prensa en medio del crimen y la denuncia, Aguilar, Primera edición, 2016). Un texto que enaltece su trabajo, como de sus compañeros.

Javier se empecinó, la sordera de las autoridades, resultaba hiriente, ofensiva. Clamó fuerte y de manera incansable, ató su suerte al dolor de las familias, cuyos padres, hijos, hermanos y parientes eran levantados de la cama, en horas inimaginables. Interpeló a los jueces, convocó a los periodistas, entrevistó a las madres, desesperado, trató de encontrar un punto de apoyo —con el propósito de mover cielo y tierra— para dar con el paradero de los desaparecidos. Javier desanduvo el calvario de los hijos huérfanos de padre y madre, muertos por sicarios al servicio de múltiples intereses. ¿Cada vez que intercedía por los abandonados a su suerte, cerraba el círculo de su trágico destino? Su forma de encarar a los narcos, su manera de inculpar a las autoridades civiles y militares, rayaba en la temeridad. Durante más de una década se consagró a documentar las tropelías de los cárteles, dueños de vida y hacienda de los mexicanos.

Nunca se consideró un superhéroe, ni se creía distinto a ningún periodista, sabía que sus columnas y libros lo situaban como contradictor insumiso del crimen organizado y como defensor oficioso de las miles de familias que sufrían y sufren en carne propia, los desmanes de los diferentes cárteles. En lo que sí creía —no cabe dudas— era que las personas e instituciones que debían situarse en primera fila, en la defensa de quienes soportan con estoicismo la creciente delincuencia y criminalidad que padece México, no actuaban en consonancia con el mandato recibido. Muchos de sus miembros voltean la mirada y rehúyen a sus responsabilidades. Otros aparecen —con nombres y apellidos— en la lista de funcionarios al servicio de la narcoactividad. Valdez Cárdenas era osado. Callar para Javier suponía claudicar y no estaba dispuesto a renunciar a los compromisos que derivan del ejercicio del periodismo. Lo asumió al precio de su vida.

Comprendía —pero no justificaba— a los periodistas que optaban por la autocensura. Expuso como pocos, la forma que sus compañeros hacían periodismo en el infierno. El jamás se autocensuró. Protegía sus nombres. Entrevistó a Rodolfo —nombre supuesto, para resguardar su identidad— Javier Valdez Cárdenas jamás hizo. Su batalla era a campo abierto. Sin dobleces ni fisuras. Por eso gusta destacar, que Rodolfo era querido y admirado entre el equipo de periodistas. Angélica, nombre inexistente, una chaparrita guapa, reclamaba al fotógrafo de San Fernando, le enviaba siempre la misma fotografía. Lo regañaba, hasta que un día este le explicó, que todos los depósitos estaban contralados por los narcotraficantes y no podía hacer tomas. Angélica tuvo que huir de Reynosa. Javier, igual que sus compañeros, soportaba el drama. Con entereza otorgaba voz a las familias martirizadas por la acción punitiva de la narcoactividad.

Las lecciones que se desprenden de Narcoperiodismo, La prensa en medio del crimen y la denuncia, convierten al texto de obligada lectura. Radiografía la magnitud de los padecimientos de los mexicanos. Contribuye a entender los escasos márgenes que disponen medios y periodistas, al rechazar las ofertas provenientes de los cárteles. Conocía el acoso y aprendió su jerga. Panochón, (el reportero que al atestiguar un hecho del crimen organizado, los delincuentes lo ubican y amenazan, puede convertirse en dedo (delator) y recibir llamaditas (regaños del líder de la plaza. Puede ser castigado con manitas (cachetadas), tablazos (golpes de madera en espalda y nalgas), tijera (corte de las extremidades), fogones (quemaduras en partes del cuerpo) y piso (asesinado). La atmósfera  densa e irrespirable. Insufrible. Las confesiones sinceras. La autocensura es la manera de sobrevivir. No publicar para no sufrir o morir. Más francos no pueden ser.

Otro calvario son las restricciones impuestas por los dueños de medios. Ante los temores desatados por la furia de los narcos, llegan incluso a censurar a los periodistas, prohibiéndoles colgar en las redes sociales, sus trabajos de investigación acerca de los narcos. Javier revela que no todos lo hacían. La prensa del norte mexicano vive acorralada. Los jefes del crimen organizado han creado sus propias vocerías. Al encuentro convocado por ellos, llaman juntón. Imponen sus propias reglas. Una política informativa férrea, algo parecida a la censura de campo impuesta por los militares. Nadie puede difundir material sin que antes pase por el filtro del jefe de la plaza. La revelación que hacen a Javier es atroz. Cada cártel impuso su línea editorial, sus incentivos a las mejores notas y también las penas. Imponen el miedo. Lo grave es que las oficinas de comunicación de los gobiernos municipales y estatales fueron rebasadas.

Tamaulipas, Nuevo México y Reynosa, las regiones más críticas y peligrosas para el ejercicio del periodismo, (Mataupilas, en la acepción periodística). Los niveles a los que ha llegado la nota roja —en el diario Noroeste, en Culiacán— me dejó anonadado. Ojalá aquí sus oficiantes no escalen este peldaño. Ernesto Martínez Cervantes, logró ascender en jerarquía. Se convirtió en fotógrafo. Sus jornadas eran de veinticuatro horas de trabajo y veinticuatro de descanso. Ganaba 9 mil 600 pesos, con una paga adicional. Ernesto recibía 150 pesos extras, por muerto fotografiado. Solo si el muerto había sido por accidente o asesinato violento. Con pudor indaga ante Javier, quién era: Un mercenario de la nota roja… un zopilote de la fotografía y la sangre, un buitre del clic de su Cannon, un sepulturero de la información, un panteonero de todo tipo de decesos, un cobrador al servicio de la flaca, un babeante reportero de la maldad, un contador banal de almas en penas, un…

Cosas del periodismo, Javier tuvo tiempo de narrar su propia muerte, fue asesinado de la misma manera que fue ejecutado Ramón Arellano Félix. En su libro Miss Narco- Belleza, poder y violencia (Punto de lectura, México, mayo 2012), describe que Ramón cayó en una trampa puesta por Ismael Zambada García, El Mayo. Matones a su servicio sacaron a Arellano Félix del vehículo que viajaba, lo hincaron y asesinaron. Así fue su muerte. En los segundos que precedieron su ejecución, Javier vio desfilar por su mente un carrusel de muertos, personas mutiladas, madres acongojadas, niñas prostituidas, menores mancilladas, ejecuciones sumarias, cementerios clandestinos, cuerpos colgados bajo los puentes… todo el horror que puso ante nuestros ojos y el cual combatió a pecho abierto. ¿Moriría convencido que en algún momento, otros periodistas con igual temple y temperamento, recogerán su legado? ¡Esperamos que sí!