Opinión

En memoria de Juan Carlos y los combatientes de Octubre

Los días más difíciles no serán los de la insurrección, sino el del tiempo por venir, solía repetir Juan Carlos, “Foquita” Herrera



Esta tarde hemos sido convocados por la memoria de una buena parte de nuestras vidas. Una memoria compuesta de palabra, de imágenes sonoras y paletas multicolores como los sueños de Juan Carlos y de sus compañeros Francisco Castellón Peinado, Israel Lewites, Norman y Rolando López Porras, Manuel Sánchez García, Maximiliano Somarriba, quienes entregaran su sangre por la liberación de Nicaragua en las filas del Frente Sandinista de Liberación Nacional, durante el asalto al Cuartel de la G.N. en Masaya;  una larga jornada en la que, en ese día, también cayeron en distintos puntos de nuestra patria Pedro Aráuz Palacios, Carlos Arroyo Pineda, Róger Langrand, Genoveva Rodríguez y Martha Angélica Quezada, y en días anteriores Elbis Chavarría, Donald Guevara, William González, Roberto Pichardo y Jorge Sinforoso Bravo.  En este lapso de tiempo transcurrido,  la memoria de Juan Carlos y compañeros ha servido para dotar de contenido las vidas de quiénes compartimos con él su breve tránsito por este mundo.

Juan Carlos
Juan Carlos, “Foquita” Herrera. Cortesía.

Nuestras memorias suelen ser múltiples y diversas,  adoptan las formas de líneas delicadas, como las que Juan Carlos solía practicar en las libretas de papel de deshecho que confeccionaba nuestro padre en su imprenta, o bien, para ilustrar sus sueños en las paredes con las reproducciones a lápiz de las figuras prehispánicas que divulgaba La Prensa Literaria, o con crayones de colores con los que dejó plasmado El Principito en las paredes de tabla de nuestra casa ancestral en Nindirí.

Esta memoria íntima y familiar de Juan Carlos está muy vinculada a lo que nuestra patria chica experimentó en la década de 1970. Muy poco hemos reflexionado los nicaragüenses acerca del trauma social que sufrimos con el terremoto de Managua, que Juan Carlos tuvo que sufrir en la lejanía y experimentarlo en la desaparición de su amigo de adolescencia Cairo Chávez Espinoza, ya no decir de las guerras, de los huracanes y del duelo de lo políico. Una razón la podríamos encontrar en el principio de nuestra historia latinoamericana, que ha sido escrita con la palabra labrada en piedra y barro, debido a nuestras necesidades de resistir y sobrevivir. Esa palabra que construye un lenguaje de múltiples significaciones: resistencia que revela el viaje de nuestra historia, memoria de dolor, grito consciente de protesta, constancia de nuestro tránsito en este mundo. Una historia en la que, al decir de nuestro imprescindible Gabriel García Márquez, no hemos podido tener un instante de sosiego y nuestras tentativas de cambio social, no siempre se han correspondido a los sueños y la terquedad de nuestras “mujeres de leyenda” y nuestros “hombres alucinados”. Aunque El Moro, nuestro otro imprescindible, dejó dicho: “… la humanidad solo se propone los problemas que puede resolver”.

Hoy, nada de lo que intentemos, hagamos o dejemos de hacer puede resultar indiferente en  la suerte de otras personas. Para superar los traumas del pasado que se nos presentan a diario, deberìamos de tener una responsabilidad compartida. Frente a las tormentas globales que amenazan a nuestras sociedades, deberíamos de crear nuevas trincheras de ideas que nos permitan hacer de nuestra madre tierra un refugio seguro. Por tanto se torna imperativo construir una nueva cultura y con ella una nueva civilización, urge crearlas en la pràctica política cotidiana, sólo asì el esfuerzo de nuestras “mujeres de leyenda” y “hombres alucinados” por realizar el cambio social, dejará de ser una mera tentativa y entonces podrá proponerse una nueva meta: garantizar la vida de la especie humana.

No siempre tengo el espacio suficiente para escribir. Ahora quiero recordar a Juan Carlos y compañeros, quienes nos han acompañado en este viaje. He  contemplado en la ría de su memoria, los días del hombre de las dificultades. Los días màs difíciles no serán los de la insurrección, sino el del tiempo por venir, solía repetir Juan Carlos. Estas palabras hoy resuenan como música de violines e instrumentos de aire que marchan en la caravana de la vida, con el buen vino de la medianoche, exento de amargos  vinos del exiliado, posesos de la fuerza de la historia y de la palabra de la poesía. A manera de autocrítica, soy como el tipo de la vieja canción, el que vive en la carretera dentro de un autobús de arriba para abajo entre la ciudad sí y la ciudad no (ya no en tren como el poema de Evtuchenko), con un apenas de aliento para dar lo mejor de mí.

Ahora, Juan Carlos  quiero recordarte en este XL Aniversario, y decir que el tramo de carretera compartido ha sido exquisito y posible, gracias al afecto y cariño con el que cada uno de tus compañeras y compañeros conserva en su memoria, la rebeldía sempiterna de ¨Foquita¨. Hoy queremos darte las gracias con este acto de memoria, que nos reconcilia en el amor.


*Palabras leídas en el cementerio de Nindirí en homenaje a Juan Carlos Herrera y sus compañeros, caídos en combate en Octubre 1977.