Opinion

Memorias de una mujer auténtica

Las memorias de Cuta han sacado roncha y la han maldispuesto con algunos miembros de la familia de Tito.

In memorian de mi amigo,
Miguel Castillo Martínez

En uno de mis recientes viajes a casa de mis padres en Palo Solo, empecé a hojear el libro que mi hermana Luzana estaba leyendo. No disponía del tiempo requerido para completar su lectura. Apenas pude degustarlo. Deseaba ir más allá. Descubrí alborozado que en un país donde las falsificaciones, la doble moral, la mojigatería y la inflación de las palabras son el denominador común, las memorias de Rosa Salaverry Ocón, son una excepción a los comportamientos y normas imperantes. Me quedé con ganas de conocer cómo Cuta realizaba el acto de striptease que constituye todo acto de escritura. Deseaba saber cómo encara sus retos y desafíos existenciales. Mi impresión inmediata fue que estaba frente a una mujer que no hacía concesiones a la hora de hacer el recuento de los años cruciales de su vida. Algo inusual en la Nicaragua contemporánea. Lo leído me bastó para comprobar que Cuta desbordaba moldes y fronteras.

Siempre he creído que la crisis de valores que padece nuestra sociedad es una crisis ontológica. Una tesis que sostengo desde que publiqué La otra cultura, propuestas apra el cambio (1994). Además de la inflación del lenguaje —como caracterizó este fenómeno José Coronel Urtecho en 1973— asistimos a la instalación de la dualidad como forma de conducta. Para subsistir, muchos nicaragüenses se ven compelidos a ocultar lo que verdaderamente sienten y piensan. Tienen que asumir dos personalidades. Sobre todo en la esfera política. Una dentro del hogar, donde transcurre su vida privada y otra sumisa, en el ámbito público. Temen asumir posiciones que pongan en riesgo sus intereses. Cuta asume una actitud abiertamente contraria. Sus memorias —Una vida es una historia para contar, Segunda edición, 2015— rebosan autenticidad. Fiel a sí misma, no teme mal disponerse con su marido ni con sus familiares al relatar su vida.

Sin ambigüedades y de forma intensa, empezó desde niña a moldear su carácter y a ser consecuente con su manera de relacionarse con el mundo. Esta decisión la acompañará siempre. Será una constante en su vida. La entereza con que califica su niñez, no es más que el anticipo de la manera que juzgará a su padre. Separado de su madre, la arreglaban junto con su hermana Lucía, para que fueran a saludarlo en casa de su tío Raúl Marenco, en Granada. Su actitud era de rebeldía. “Yo nunca quería ir, armaba una parranda, llorando a pesar de las jaladas de pelo de mi mamá”. Desde entonces una de las características de su personalidad será no ser condescendiente con algo que no deseaba o rechazaba. No debe sorprendernos que dijese que no podía “querer a un señor solo porque me decían que era mi papa, me parecía que era una deslealtad para con mi abuelo”. ¿Cómo no admirar a una mujer que desde niña supo de qué lado estaba la justicia?

Uno esperaba que abordara en idénticos términos los hechos relacionados con su existencia y no nos defrauda. El hecho que su marido —Ernesto Castillo Martínez— fuese un hombre público de reconocidos méritos, no se tradujo en concesiones para evitar enturbiar su imagen. Tito no escapa a su forma de enjuiciar la vida. Cuta retrata sus andanzas bohemias y sus deslices amorosos, sus farras granadinas, las desobligaciones hogareñas, sus vaivenes y el rechazo que mereció de buena parte de su familia, por su condición de clase. Con naturalidad hace el esbozo de la actuación de las copetonas granadinas, la pobreza que ambos vivieron después de casarse siendo aún adolescentes y el cariño inconmensurable que sintió por sus abuelos, el amor a prueba de infortunios por su madre y las vicisitudes que marcaron sus primeros años de casados. Sus juicios los dicta su conciencia. No puede traicionarse.

Su vida a la orilla de Tito tenían que conducirla por los caminos de la política. No a la usanza tradicional. Eso no le hubiese atraído ni confortado. Su marido no quiso suscribirse como miembro de número de las paralelas históricas. Durante sus años juveniles en León, optó por los fatigosos y ásperos caminos de la izquierda radical. Esta decisión los llevó con el tiempo a apostar por la lucha armada. El primer sandinista que refugió en su casa fue a Julio Buitrago. El poeta Beltrán Morales lo llevó. Julio era perseguido por la guardia nacional después de un asalto bancario. A partir de ese momento sus vínculos con el sandinismo serían explícitos. Carlos Agüero también recalaría en su hogar. El estudiante de derecho en la UCA sería después uno de los guerrilleros más destacados en las montañas del norte. Eran tiempos duros. Cuta acuerpó a su marido. Ambos se aventuraban por una Nicaragua mejor.

Cuta no teme relatar sus angustias y privaciones —afectivas y materiales— tampoco oculta sus reveses y dolores. Dispuesta a contarnos el itinerario de su vida, asume con hidalguía el relato de sus intimidades. Sus narraciones son parecidas en su autenticidad, a la manera que el Che cuenta en su Diario, con ánimo desmitificador, los acontecimientos de la guerrilla en la selva boliviana, sus excesos y limitaciones impuestas por el asma. El Che sigue siendo paradigma universal por ser consecuente con su prédica. En su coherencia los jóvenes encuentran respuesta a sus propios dilemas existenciales. En todo gran héroe hay gestos románticos, desprendimiento y coraje. Las memorias de Cuta son impensables solo para quienes no están dispuestos mostrar sus debilidades y sinsabores, sueños y esperanzas. Cuta siempre soñó tener una vida digna. Su incorporación a la lucha revolucionaria se la brindó. Se sentía útil a los demás.

Su hogar fue refugio y casa de seguridad de Carlos Fonseca Amador. ¿Sería ahí dónde se produjo la entrevista entre Carlos y el poeta José Coronel Urtecho? Una entrevista que repercutiría profundamente en el futuro del poeta Coronel. No fueron tres o cuatro veces que Carlos llegó furtivo, sabiéndose a salvo mientras permaneciera oculto en casa de los Castillo Salaverry. Asumió los riesgos sabiendo que la vida de toda su familia corría peligro. Jamás depone su actitud crítica. No estaba en su temperamento obrar de esta manera. Supo detectar los primeros excesos en que incurría el sandinismo instalado en el poder. El atropello cometido contra los trabajadores en la Casa de Gobierno, mientras averiguaban la pérdida de unos enseres, le produjo irritación, profundo malestar —algo irreal para Cuta—; fue una especie de esclarecimiento. Empezaron “a caer las vendas de sus ojos”. Comenzaba a ser otra.

La forma como narra la incorporación de su hijo Ernesto Castillo Salaverry a la guerrilla y la noticia de su muerte en León en 1978, combatiendo por la liberación de Nicaragua, testimonia la coherencia con que Cuta ha asumido cada uno de los reveses de su vida. Única en su estoicismo y dignidad, reunió a Silvia, María José y Tito (todos hijos), para darles a conocer la muerte de su hermano. Lloró junto a ellos. No tuvo chance para la consolación. Sufrió en silencio su desgracia. Después de su caída en combate, la llamaban continuamente por teléfono para saber si quería enterrar en Granada los restos de su hijo. Su marido —miembro de Los 12— andaba en lo mismo y el país estaba en Estado de Sitio. Se requería permiso para la exhumación del cadáver. Estaba enterrado en los patios del Hospital de León, en una fosa común. Se abstuvo de solicitarlo. Años después se vio forzada hacerlo, de lo contrario jamás lo hubiera hecho.

Contraria a la actitud de Príamo, quien llegó hasta la tienda de Aquiles para suplicarle arrodillado que le entregara el cuerpo de Héctor, con el ánimo de darle un funeral apropiado y dispensarle los honores que merecía el héroe, Cuta asumió una posición totalmente diferente. Sin consultar con nadie decidió dejarlo donde estaba. “Mi hijo había caído peleando por los pobres de toda Nicaragua, que lo dejaran tranquilo sin ataúd, sin nada, ni una bolsa plástica que lo separara de los otros muertos producto de la insurrección… cómo iba yo a pedir como favor a un gobierno al que mi hijo combatió, era ilógico que yo hiciera algo parecido, era como reconocerle legitimidad al somocismo, y así quedó clara mi postura”. No actuaría como Príamo. Jamás se rebajaría ante los verdugos de la patria mancillada. Se vio obligada a exhumarlo y el dolor regresó. Deseaba que Ernesto continuara sepultado junto a sus compañeros. Se vio obligado a rectificar. En ese lugar se levantaría un hospital que al final nunca se construyó.

Las memorias de Cuta han sacado roncha y la han maldispuesto con algunos miembros de la familia de Tito. Su honestidad le ha valido incomprensiones y enemistades. Esto no debería preocuparle. Iguales reacciones provocó la publicación de La ceremonia del adiós (1981). Simone De Beauvoir —coherente con su manera de ser— creyó justo relatar los últimos diez años de vida de Jean Paul Sartre, su compañero sentimental y de mil batallas. La aparición de esta obra suscitó polémicas, desasosiego y encono entre los seguidores del filósofo francés. Una actitud incomprensible. Solo quienes desconocían la obra De Beauvoir, podían objetar a una mujer que se pasó escribiendo sus memorias y la de su familia, juzgándolos y juzgándose sin contemplaciones. Las discrepancias suscitadas por Una vida es una historia para contar, provienen de quienes ven mal confesar en público sus más auténticos y profundos sentimientos. Están atrapados por la dualidad, la doble moral y la mojigatería.

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