Opinion

México, la Celac y los dilemas de la integración

La presidencia pro tempore de México en la Celac será la coyuntura que permitirá medir qué tanto de ese esperado giro de AMLO es retórica o compromiso

Este año México asume la presidencia pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). La cancillería mexicana presentó hace unos días un plan de trabajo en el que se trazaron algunas prioridades para la reactivación de ese importante foro regional. Según el documento, México intentará reforzar la cooperación internacional en temas como ciencia y tecnología, educación superior, salud pública, gobernanza, rendición de cuentas, transparencia, combate a la corrupción y protección del medio ambiente.

Desde un punto de vista estrictamente geopolítico, el documento hace alusión a la importancia que México dará a la colaboración con China, a la concertación de posiciones regionales en foros multilaterales como la ONU y al desarrollo de mecanismos de diálogo y solución pacífica de conflictos. Se trata de una agenda ambiciosa y pertinente, pero que presupone un consenso democrático que no se ha logrado en la región. Antes de cualquier avance en dicha agenda, México deberá lograr que se sienten en una misma mesa gobernantes cuyas relaciones son ásperas o inexistentes como Nicolás Maduro e Iván Duque, Jair Bolsonaro y Alberto Fernández, Sebastián Piñera y Daniel Ortega.

La Celac no fue una creación exclusiva de Hugo Chávez, como afirman algunos de sus defensores y detractores más ideológicos. Como recuerda la profesora de El Colegio de México, Ana Covarrubias, en un ensayo reciente, el papel de Lula da Silva y Felipe Calderón, quienes consumaron la ampliación del Grupo de Río en la cumbre de Playa del Carmen, en febrero de 2010, fue decisivo. Hugo Chávez incorporó a dicho foro el bloque bolivariano y organizó la cumbre de Caracas de 2011, pero tras su muerte en 2013, el peso principal de la organización recayó en Sebastián Piñera, Raúl Castro y Luis Guillermo Solís, que organizaron las muy concurridas cumbres de Santiago, La Habana y San José.

La crisis interna venezolana, que siguió a la elección de Nicolás Maduro como sucesor de Chávez, tanto en Caracas como en el propio bloque bolivariano, se reprodujo a nivel regional y afectó profundamente a la Celac. La asistencia de mandatarios y el poder de convocatoria de las cumbres de Quito en 2016 y Santo Domingo en 2017, se vieron seriamente dañados por la crisis venezolana. Desde entonces, la historia de la Celac ha sido la de un mecanismo que pierde progresivamente influencia y capacidad de impulso a los resortes de la colaboración inter-latinoamericana y caribeña.

Nuevos liderazgos de la izquierda regional, como el de Andrés Manuel López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina, podrían recomponer la estructura de esa gran alianza. Ambos poseen una legitimidad democrática de la que carecen otros mandatarios de la región y no arrastran los sectarismos propios del periodo chavista. Aun así, el fuerte posicionamiento de México en la crisis boliviana supone una fisura, que tendría que superarse con el nuevo proceso electoral en ese país andino, para que la presidencia mexicana de la Celac sea plenamente inclusiva y eficaz.

El reto no será fácil dada la polarización regional que se ha vivido en relación con los conflictos de Venezuela, Nicaragua y Bolivia, pero también de Chile, Ecuador y Colombia. El cruce permanente de descalificaciones entre la Alianza Bolivariana y el Grupo de Lima, o entre los seguidores y adversarios del Foro de Sao Paulo, ha instalado la discordia entre los gobiernos latinoamericanos y caribeños. Recuperar la Celac implica limar esas asperezas y algo más difícil: reconocer la legitimidad de rivales ideológicos.

Mucho se ha debatido, desde la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador, sobre un eventual giro de la política exterior mexicana hacia América Latina y el Caribe. Pues bien, la presidencia pro tempore de la Celac será la coyuntura que permitirá medir qué tanto de ese giro es retórica o compromiso.

Este artículo se publicó también en La Razón.

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