Opinión

Mi renuncia al Consejo Editorial

La crisis que explotó en abril del año pasado hizo que esta publicación cayera en el abismo de la polarización que hoy sufre nuestra sociedad



A: Carlos Fernando Chamorro, Director de Confidencial

De: Andrés Pérez Baltodano

Me dirijo a vos en tu calidad de director de Confidencial para informarte que he decidido renunciar al Consejo Editorial de esta publicación. He colaborado con Confidencial desde hace muchos años; y lo he hecho con mucha satisfacción porque se trataba de una publicación realmente independiente; es decir, no subordinada al Estado, a partido político alguno, o a los intereses particulares de un grupo o clase social. Creo que no me equivoqué, porque así funcionó Confidencial hasta que la crisis que explotó en abril del año pasado hizo que esta publicación cayera en el abismo de la polarización que hoy sufre nuestra sociedad. En vez de buscar formas de superar las suicidas divisiones que sufre nuestra nación, Confidencial se ha convertido en un medio que alimenta la fragmentación del país. Basta ver sus titulares para darse cuenta de que dejó de ser un periódico de reflexión y análisis, para convertirse en un vocero más de los intereses que mueven a un sector de nuestra sociedad; un sector que, dicho sea de paso, es el más privilegiado del país. Basta ver las caricaturas que publica para entender que lo que busca es explotar la imagen de la sangre para encender las emociones de la población. O basta ver la tendencia dominante —y casi exclusiva— de sus cada vez más monocromáticos y predecibles artículos de opinión, para saber que lo que le interesa es construir una Nicaragua que, por unidimensional, no incluye a todos/as los/las nicaragüenses.

En la Nicaragua de Confidencial no cabemos todos y, sobre todo, no caben los que, por buenas y honestas razones, apoyan el modelo de Estado construido por un gobierno del que yo ya no tengo que repetir lo que pienso. He criticado al FSLN pero también he dicho que detrás de la corrupción de este gobierno, existe un importante sector de nuestra población que lo apoya por razones que son legítimas porque nacen de las entrañas del hambre y sed de justicia que sufren millones de nuestros conciudadanos. Un periodismo verdaderamente crítico e independiente debe tomar en consideración las necesidades de este sector social y, sobre todo, no debe reportar la crisis económica que castiga hoy a las clases más vulnerables de nuestra sociedad, como noticias que, sin mencionar a todos los responsables de esta crisis, simplemente tratan de promover el colapso del régimen actual. Para muestra un botón: “Más impuestos más hambre” (Confidencial, 05/08,2019); “Gobierno sacrifica el crecimiento” (Confidencial, 11/08,2019); “Caída de 8.7%: Más pobreza, desempleo y migración” (Confidencial, fecha de hoy 12/08,2019).

La crisis que explotó en abril del año pasado es el producto de las acciones del gobierno, pero también de las acciones de los que se levantaron contra los Ortega-Murillo. Se puede y se deben analizar las razones y los pesos diferenciados de esta responsabilidad. ¿Pero cómo puede llamarse crítico e independiente un periódico que evita reconocer la complejidad social del conflicto nicaragüense, manteniendo un silencio total frente a la responsabilidad del sector que hoy representa; y rasgándose las vestiduras ante cada indicador que muestra la profundidad de la crisis?

Fue tu padre, el Dr. Pedro Joaquín Chamorro, quien con la sensibilidad social que lo caracterizaba, nos enseñó que la condición humana de los pobres no debe ser nunca utilizada como un arma en la lucha política entre los nicaragüenses. Por el contrario, nos dijo, que el bienestar de los pobres debe ser el objetivo de todos/as en esta lucha.

El conflicto que sufre Nicaragua hoy no es, simplemente, un pleito entre grupos y personas. En el trasfondo de este conflicto, lo que está verdaderamente en juego es el modelo de Estado que va a funcionar en el país. Un periódico crítico debería ser capaz de visibilizar y analizar este trasfondo. Más aún, debería exigir a la llamada “oposición” que exponga el modelo de Estado con el que piensa gobernar el país.

Un periodismo crítico también debería ser capaz de reconocer que, a pesar de la corrupción del gobierno actual, el modelo de Estado construido por el gobierno Ortega-Murillo ha servido para satisfacer las necesidades de sectores que los gobiernos neoliberales que surgieron en 1990, decidieron ignorar. Reconocer esta verdad palpable no significa que debemos abrazar a Daniel Ortega. Significa, simplemente, que un periodismo que se dice crítico debería ser capaz de reconocer la complejidad —la multidimensionalidad— de la situación sociopolítica actual, en lugar de simplificarla hasta hacerla coincidir con sus intereses particulares.

Hace varias décadas, José Coronel Urtecho reflexionó sobre el vicio del divisionismo que hemos padecido desde la Independencia. Criticaba la estupidez de los llamados Partido Conservador y Partido Liberal que se mataban entre sí y que destruían el país, mientras los pobres se morían de hambre. En sus Reflexiones sobre la Historia de Nicaragua (Managua: Colección Cultural de Centroamérica, 2001), hablaba también sobre el papel de los intelectuales y, especialmente, de los historiadores que después de la Independencia iniciaron la práctica de lo que él llamó “la historia escrita” como “repetición de la historia vivida como guerra civil” (p. 5); es decir, criticaba el vicio de los historiadores liberales y conservadores que escribían libros que supuestamente recogían la historia de Nicaragua, pero que en realidad ofrecían visiones brutalmente partidarias y sesgadas de los hechos históricos y, sobre todo, de los responsables de estos hechos y sus consecuencias. En Nicaragua se practica hoy, “el periodismo como guerra”; una guerra que es a veces fría, a veces ardiente, pero que siempre pagan los más débiles y necesitados de nuestro país. Son las clases populares, de un lado político y del otro, los que hoy, como antes, ponen los muertos; mientras los representantes de las clases privilegiadas de nuestro país se dedican a alentar a “sus pobres” para que se enfrenten y hagan desaparecer a “los pobres del dictador”. Un periodismo crítico e independiente no puede callar frente a esta manipulación y, mucho menos, alentarla.

Nicaragua necesita hoy un periodismo que se eleve sobre la miseria de nuestras divisiones para alumbrar las posibilidades que tenemos como nicaragüenses. No hablo de un periodismo anfibológico y gelatinoso. No hablo de un periodismo que se balancee entre el bien y el mal. Hablo de un periodismo que, como antes lo hizo Confidencial, sea capaz de decir la verdad, y de reconocer lo positivo en cualquiera que tenga algo positivo que ofrecer, así como de criticar a quienes merecen ser criticados sin apegos ideológicos, o sociales. Hablo pues, de un periodismo que promueva y defienda la construcción de un sentido del “bien común” y que nos ayude a soñar sueños colectivos.

Nunca saldremos de nuestra miseria hasta que hagamos de Nicaragua un espacio ético y social donde todos podamos coexistir con nuestras diferencias. La razón de ser de la política —no de la politiquería— es la construcción de este espacio. El periodismo —un periodismo verdaderamente crítico e independiente— debe asumir como propia esta misma misión. De lo contrario, nos seguiremos matando, mientras las sociedades más inteligentes y con un periodismo de mayor altura que el nuestro, avanzan hacia un futuro que para nosotros se perfila cada vez más lejano.

Para despedirme, quiero agradecer la oportunidad que me diste de expresarme en Confidencial. No siempre estuviste de acuerdo con mis escritos, pero nunca me negaste el espacio de la publicación que dirigís. Me dirás, entonces, por qué hablo de un Confidencial política y socialmente cerrado. Mi respuesta: porque un periódico se define por la orientación ética y política que se refleja en su línea editorial; y porque la presencia de una voz esporádica que se sale de esta orientación solamente puede contribuir a afirmar la pretensión de periodismo crítico e independiente que, con cada vez menos credibilidad, mantiene Confidencial.

Me retiro, pues, porque no coincido con la línea editorial del nuevo Confidencial y porque presiento que nuestras divergencias van a crecer en el futuro. Prefiero, entonces, ponerle punto final a nuestra colaboración y buscar otros medios de expresión que me permitan contribuir a evitar lo que, para ahorrar palabras, defino como el retorno del odioso Ben Hur, el espectáculo que, mejor que cualquier análisis sociológico, reveló el alma de los gobiernos neoliberales que Confidencial —consciente o inconscientemente— intenta hoy hacer reaparecer en nuestro país.

En el plano personal, te deseo buena suerte. En el plano político, deseo que el proyecto —a todas luces excluyente— en el que se ha embarcado Confidencial no logre triunfar, porque sería una desgracia para los millones de conciudadanos/as cuyas voces y necesidades Confidencial consciente o inconscientemente ignora.

CC: Miembros del Consejo Editorial de Confidencial


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