Opinión

Esto que se da en llamar el sueño americano

Para algunos economistas, el sueño americano era la esperanza de un mejor nivel de vida: el sueño del progreso



Nueva York.– En 1968, el periodista gonzo Hunter S. Thompson reflexionó sobre “esto de la muerte del sueño americano“. ¿Pero qué era eso llamado el sueño americano? ¿Qué lo hizo exclusivamente americano?

El sueño americano
Los hermanos Viramontes posan frente a los dulces mexicanos que confeccionan en la planta de producción de su empresa “Dulces Colibrí” en Gardena, California. EFE | Iván Mejía | CONFIDENCIAL.

Para algunos, el sueño era la creencia de los norteamericanos de que su economía era una cornucopia de bienes que sin duda ofrecerían un nivel de vida inimaginable en otras economías: el sueño de una abundancia y un confort sin igual. Pero, si bien Estados Unidos tenía un nivel salarial superior en los años 1700, Gran Bretaña prácticamente cerró la brecha salarial con Estados Unidos en los años 1880, y Alemania llegó casi a la misma instancia en 1913. Alemania y Francia alcanzaron a Estados Unidos en los años 1970.

Para algunos economistas, el sueño era la esperanza de un mejor nivel de vida: el sueño del progreso. El economista Raj Chetty ha venido midiendo la mejora que experimentó la gente en comparación con la que tuvieron sus padres. Chetty determinó que, en 1940, casi todos los norteamericanos jóvenes -el 90%, para ser precisos- tenían un ingreso familiar más alto del que tenían sus padres cuando eran jóvenes. Ese porcentaje elevado refleja, en gran medida, el rápido crecimiento de la productividad de Estados Unidos, que impulsó los niveles salariales. Sin embargo, entre 1890 y 1940, el rápido crecimiento de la productividad también era normal en Gran Bretaña, Alemania y Francia -como lo fue en los “30 años gloriosos” de 1945 a 1975-. De manera que si el sueño era el progreso, los europeos también podrían haber soñado con el progreso.

Para muchos otros, el sueño se refería a la esperanza de los desposeídos de Estados Unidos -motivada por Eleanor Roosevelt, Martin Luther King Jr., John Rawls y Richard Rorty- de que su país de alguna manera pondría fin a la injusticia de salarios tan bajos que los aíslan de la vida del país: el sueño de la inclusión. Sin embargo, ese sueño no podía ser exclusivo de los pobres y marginados en Estados Unidos. Por cierto, los árabes y romaníes en Europa han soñado con estar integrados a la sociedad.

Para otros académicos, como Richard Reeves e Isabel Sawhill, el sueño americano tiene que ver con la movilidad en términos más generales. Es una esperanza que albergan los norteamericanos, en la clase trabajadora y la clase media así como entre los pobres, de poder pasar a un peldaño más alto en la escalera socioeconómica, no un ascenso de la escalera en sí: el sueño de un mayor ingreso o condición social en relación al promedio. En verdad, desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, los cambios estructurales que trajeron aparejados el cambio tecnológico y la demografía en la economía de mercado de Estados Unidos hicieron que muchos participantes ascendieran -mientras que otros caían-. Sin embargo, es incierto que este “juego de las sillas” fuera exclusivo de los norteamericanos. Desde 1880 hasta bien entrados los años 1920, los alemanes y los franceses vieron cómo la globalización transformaba sus economías; los británicos tuvieron esa experiencia aún antes.

Lo que diferenció al sueño americano no fue ni la esperanza de ganar la lotería ni de ser mantenido a flote por las fuerzas nacionales de mercado o la política pública. Fue la esperanza de conseguir cosas, con todo lo que eso conlleva: valerse del conocimiento personal de cada uno, confiar en la intuición personal, aventurarse a lo desconocido. Reflejaba la profunda necesidad de esos norteamericanos de tener la experiencia de triunfar en algo: la gratificación de un artesano al ver cómo su virtuosismo se traduce en un trabajo mejor, o la satisfacción de un comerciante al “hacerse rico”. Era el éxito lo que importaba, no el éxito relativo (¿alguien querría ser el único triunfador?). Y el proceso puede haber importado más que el éxito.

Existe abundante evidencia de este objetivo, ya que los norteamericanos lo elaboraron en sus libros y obras de teatro. Mark Twain, si bien era un escritor oscuro, apreciaba la búsqueda del éxito de sus personajes jóvenes. Al final de su clásico de 1885, Las aventuras de Huckleberry Finn, Finn aspira a “partir hacia el Territorio antes que los demás…” Los escritores de Hollywood encontraron otras palabras para expresarlo. En el filme El pequeño César (1931) Rico dice: “El dinero está bien, pero no es todo. Sé alguien… Hazlo a tu manera o nada”. En Nace una estrella (1937), la aspirante a cantante Esther Blodgett exclama que “¡Voy a salir a tener una vida de verdad! ¡Voy a ser alguien!” Y en Nido de ratas (1954), Terry Malloy se lamente ante su hermano Charley: “Podría haber tenido clase. Podría haber sido un luchador. Podría haber sido alguien…”

Por supuesto, soñar con el éxito no podría haberse generalizado -un fenómeno nacional- si los trabajadores norteamericanos no hubieran tenido una economía que les diera a los participantes libertad para emprender: intentar nuevas maneras y concebir cosas nuevas. Y soñar con el éxito no podría haberse generalizado tanto como sucedió si los norteamericanos no hubieran percibido que podían triunfar sin importar su origen nacional y su condición social.

Al observar que la empresa, la exploración y la creación podían ser cautivadoras, hasta atractivas y profundamente gratificantes, los norteamericanos llegaron a pensar que trabajar en empresas, trasladándose desde las zonas rurales hasta las ciudades, era un camino a la Buena Vida. Y las recompensas de esa vida no eran sólo dinero. Suponer que el dinero era su motivación -inclusive en sus sueños- es no entender lo que distinguía la vida norteamericana.

Desde principios del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, los norteamericanos demostraban la sabiduría de los filósofos desde Montaigne y Voltaire hasta Hegel y -un éxito en Estados Unidos- Nietzsche: que la buena vida tiene que ver con probar suerte en el mundo y hacer “que crezca tu jardín”, no con abultar tu cuenta bancaria.


Edmund Phelps, premio Nobel de Economía en 2006 y autor de Mass Flourishing, es director del Centro sobre Capitalismo y Sociedad en la Universidad de Columbia. 

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