Opinion

Monseñor Pedro Casaldáliga: “Un mártir vivo que nos alerta siempre”

Cartas y poemas de Ernesto Cardenal y Pedro Casaldáliga, son al alimón. Son un son de revolución verdadera y no perdida.

En la oquedad de nuestro barro breve.

Juan Valverde Gefaell, hijo del poeta hermano de Nicaragua José María Valverde, el mismo extremeño que junto con otros catedráticos en la Universidad de Barcelona se solidarizó con más catedráticos también perseguidos por el franquismo en Madrid, y quien al renunciar a su cátedra de estética hizo célebre y universal la despedida que escribió en el pizarrón de su aula: “Sin ética no hay estética”. Ese hombre, amigo de Pablo Antonio Cuadra, ese “olivar José María” descrito por José Coronel Urtecho en un soneto, fue también hermano en la Teología de la Liberación de Pedro Casaldáliga y de Ernesto Cardenal, y fue, como venía diciendo, el padre de Juan Valverde, quien el mismo sábado del fallecimiento de Pedro, 8 de agosto, en que apareció en CONFIDENCIAL mi artículo “Sangrientas son las burlas de la Papisa y el Apóstata”, me envió un artículo de Siscu Baiges transcrito por Juan Valverde: “Hoy sábado 8 de agosto falleció el obispo Pere Casaldáliga en un hospital de la población de Batabais, en el Estado de Sao Paulo, Brasil. El martes, procedente de Sao Félix de Araguaia, en el centro del país había sido ingresado en ese centro hospitalario en un estado de salud muy frágil que hacía temer el desenlace final. Hacía años que sufría de la enfermedad de parkinson, además de complicaciones respiratorias.”

Pero nunca le dolió respirar. Bien pudo Pere Casaldáliga llamarse Alvarito Conrado. Bien puede, como el título uno de sus libros ser “Nicaragua, Combate y Profecía”, y se descubrirá que esa Nicaragua de hoy, es la que surge de Abril del 2018, y no de cuevas que se dicen solidarias, socialistas y cristianas. No es la de hoy lo que no es. Es lo que es. La de la “Epístola a Monseñor Casaldáliga” de Ernesto Cardenal, a quien le responde: “Querido Ernesto, hermano, maestro, compañero de camino:

Nos comunicamos poco, pero estamos en constante comunión; fraterna y pascual… En la paz subversiva del Evangelio. Te abrazo cariñosamente. Pedro Casaldáliga.” Un abrazo a Ernesto desde esa esa paz evangélica y subversiva de la que brota la explicación del título de su libro “Me llamarán subversivo”, y la razón de que dijera en mi artículo pasado que “estamos en dos contrasentidos de nuestra reciente historia. Uno, del odio hacia lo auténticamente cristiano. Odio hacia la Sangre de Cristo. Odio de cúpulas que hace exclamar: por sus atrocidades los conoceréis”.  El otro, el del amor, es al que yo llamo el del mártir vivo. Es quien vela por nosotros. A quien Pedro, cuando aquel sacerdote ciego por ejercer su ministerio le pregunta: -¿Qué hago ahora yo, don Pedro, si no sirvo para nada? Pedro le responde: -“Usted, padre Francisco, no tiene que hacer más que estar. Usted es como un santísimo permanentemente expuesto. Un mártir vivo que nos alerta siempre.” Y yo le agregaría: -Usted es como la Sangre de Cristo. Como esa imagen y esa capilla que acaban de incendiar. Usted es nuestro espejo. Usted es esta patria.

Poco después que escribí mi texto premonitorio, recibí el correo de Juan Valverde avisándome del fallecimiento de Pedro Casaldáliga, quien se fue a sentar en la misma banca en que yo me encontraba, y ambos consternados contemplamos cómo de aquella imagen ennegrecida más por el odio que por el fuego, volvía a fluir llena de vida la Sangre de Cristo. Corrió por el piso y dejó escrito:

 Pedro Casaldáliga  –sobre sí mismo-: Con un callo por anillo,/ monseñor cortaba arroz./ ¿Monseñor martillo/ y hoz?/ Me llamarán subversivo./ Y yo les diré: lo soy./Por mi pueblo en lucha, vivo./ Con mi pueblo en marcha, voy./ Tengo fe de guerrillero/y amor de revolución./ Y entre Evangelio y canción/sufro y digo lo que quiero./Si escandalizo, primero/ quemé el propio corazón/ al fuego de esta Pasión,/ cruz de Su mismo Madero./ Incito a la subversión/ contra el Poder y el Dinero./ Quiero subvertir la Ley/ que pervierte al pueblo en grey/ y al gobierno en carnicero./ (Mi pastor se hizo Cordero. Servidor se hizo mi Rey.)/ Creo en la Internacional/ de las frentes levantadas, /de la voz de igual a igual/ y las manos enlazadas…/ Y llamo al Orden de mal,/ y al Progreso de mentira./ Tengo menos paz que ira./ Tengo más amor que paz./ …Creo en la hoz y el haz/ de estas espigas caídas: / una Muerte y tantas vidas!/ ¡Creo en esta hoz que avanza/-bajo este sol sin disfraz/ y en la común Esperanza-/tan encurvada y tenaz!

Estas cartas y poemas de Ernesto y Pedro, son al alimón. Son un son de revolución verdadera y no perdida. Son poemas. Son su vida. Vidas jamás perdidas. Y Ernesto, ya para terminar y al final de la misma, le responde a Casaldáliga con su Epístola a monseñor Casaldáliga: “Profeta allí donde se juntan el Araguaia y el Xingú/ y también poeta/ usted es la voz de los que tienen esparadrapos en la boca./……/Saludes a los posseiros, los peones, los seglares en la selva,/ al cacique tapurapé, las Hermanitas de Foucauld, a Chico, a Rosa./

Le abraza.

Ernesto Cardenal.

Isistirá entonces Pedro, ahora que desde hace muy poco Ernesto y él están juntos, en el contenido de su “Soneto Libre a la Patria Grande”, del que incluimos su último terceto:

Serás un parto de utopías ciertas
y el canto de tus bocas hermanadas
enseñará la dignidad al Mundo.

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