Opinión

Ser mujer se paga con la hoguera

Mujer

Me pregunto si este extremismo nos moverá como sociedad, o la noticia será olvidada hasta que otro horror nos invada



No me puedo imaginar el sufrimiento de Vilma Trujillo García mientras ardía en una hoguera, desnuda, atada, indefensa, condenada por un grupo de fanáticos religiosos que determinaron, en nombre de dios, que la mujer estaba endemoniada. La angustia, la desesperación, el dolor, su impotencia. Como en la cacería de brujas de la Santa Inquisición, allá en la oscuridad del siglo XV, a esta mujer de 25 años se le condenó por un solo delito, pero el único verdaderamente imperdonable: haber nacido mujer.

Esta es una historia de horror en la que al odio a las mujeres se une el fanatismo religioso y la brutalidad, un salvajismo de cavernas. Leemos historias horrendas de países que han sufrido el yugo de grupos extremistas, como el Afganistán de los talibanes, donde a una mujer se la lincha en plaza pública acusada de haber quemado el Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Y lo veíamos como algo lejano y nos decíamos qué bárbaros son esos afganos. Pero la brutalidad nos tocó a la puerta en esta Nicaragua del siglo XXI, salió de la mano de nuestra propia gente, campesinos fanatizados que ante la enfermedad de una mujer decidieron entregarla a las manos de un evangélico chapucero que determinó que lo mejor era quemarla viva, porque dios así se lo dijo, le habló a él, su representante en la tierra. Es así que según el relato que nos llega de esa lejana comunidad caribeña, desnudaron a Vilma, la ataron y la echaron a las llamas. No fue suficiente la saña: una vez su cuerpo chamuscado, escogieron olvidarla tirándola en un barranco. Una escena tan terrible en un país que poco a poco parece retroceder al oscurantismo, de la mano de la ignorancia, el machismo, el fanatismo y una religión sectaria que desprecia, en nombre de dios, la condición humana.

Ahora me pregunto si este extremismo nos moverá como sociedad, o la noticia, pasado el calor de la indignación momentánea, será olvidada hasta que otro horror nos invada. Aunque es importante resaltar que esta indignación ha sido cauta, no como la generada por una zarigüeya que murió apaleada en un estadio durante un partido de béisbol o la de unos niños pobres expulsados de un centro comercial capitalino. En ambos casos jóvenes muy indignados exigieron cuentas en redes sociales y organizaron protestas y colectas para los niños pobres, golpeándose el pecho por tanta injusticia. Pero el encabronamiento duró lo que dura un noticiero, porque a los días, cuando nos enteramos de la muerte de Dayra Junieth a manos de la Policía en una miserable barriada del norte de Nicaragua, todos los indignados ya estaban demasiado cansados para seguir indignándose.

¿Entonces la vida de una zarigüeya es más importante que la de una niña de quince meses, o la de una mujer? Si la comparación le parece salvaje, más salvaje es que nosotros, nicaragüenses, no estemos en la calle exigiendo un basta ya a estos asesinatos brutales de mujeres. Ya que no nos movemos por la defensa de la democracia y la libertad, al menos deberíamos hacerlo ante este machismo que nos desangra y que condena a una mujer a la hoguera por un único delito, pero el peor de todos: haber nacido mujer.