Camilo Bárcenas era tan torpe con los trabajos manuales que bien podría decirse que tenía dos manos izquierdas. Las suyas eran dos extremidades imprecisas y desatinadas. Si en la escuela le pedían un cono a él le salía un cubo, si quería hacer un cubo le salía un trapecio. “Era una cosa terrible, nunca aprendí a dibujar bien”, cuenta Bárcenas desde Houston, Texas.

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Este nicaragüense, nacido en Managua en 1944, se mudó a Estados Unidos a finales de los años 60. Allí se convirtió en nefrólogo y fundó y preside “Renal Specialists of Houston”, un grupo de especialistas que manejan el cuidado de más de 1,500 personas en diálisis y anualmente realizan alrededor de 80 trasplantes de riñón.

“Yo sabía que en la cirugía uno tiene que tener una habilidad manual muy extraordinaria y yo nunca la tuve, preferí aplicarme más al diagnóstico y a la elucubración de los problemas de la medicina interna”, explica.

Por eso, y por una pequeña venganza, estudió en Dallas la que para él era la especialidad de medicina interna más complicada de la época: Nefrología. Con su título regresaría a Nicaragua y el Gobierno, bajo el mando de la familia Somoza —después bloquearlo y obligarlo al exilio—, tendría que darle trabajo. Sería el segundo médico en el país preparado para ocuparse de los riñones y sus enfermedades. A los Somoza no les quedaría más opción que contratarlo. O al menos eso creía.

Todo empezó en León en 1960. En su vida de universitario, Bárcenas, se había enredado en las luchas estudiantiles. Llegó a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua un año después de la masacre de julio, ejecutada por la Guardia Nacional.

La UNAN estaba “politizada” y él no podía quedarse al margen. Atizó huelgas. Se revolvió con opositores al régimen. Desde luego su nombre se coló en las listas negras. Según él, fue Hope Portocarrero —esposa de Anastasio Somoza Debayle, primera dama y presidenta de la Junta Nacional de Asistencia y Previsión Social de Nicaragua— quien lo puso en estas famosas listas. Para él no había, ni habría, empleo.

“No me daban trabajo de residente, ni de ayudante, ni en el Seguro Social, ni en los hospitales públicos. En ninguna parte”, recuerda Bárcenas.

Tuvo que irse, planeó su regreso triunfal y cuando estaba listo para volver estalló la Revolución Sandinista.

El primer trasplante

El último cálculo que Camilo Bárcenas hizo de pacientes a los que ha atendido, data de principios de la década de los 90 y roza los 3 mil casos, solo de insuficiencia renal aguda.

Graduado en la Universidad de Texas, Bárcenas, se entrenó en el Hospital Parkland Memorial —famoso en Estados Unidos porque ahí fue atendido el presidente John F. Kennedy, luego que una bala le volara la cabeza en 1963—, posteriormente fue responsable de la sección de diálisis en el Hospital de Veteranos, y fue escogido para crear el área de nefrología en el St. Luke’s Patients Medical Center en Houston.

Tratamiento de diálisis bajo la dirección del doctor Bárcenas
Tratamiento de diálisis bajo la dirección del doctor Bárcenas

En 1977 se mudó con su familia a esa ciudad, una de las más populosas del país. Pensaron quedarse solo un par de años, era más cerca de Nicaragua y ahí podían esperar que pasara la efervescencia en el ombligo de América, pero cuando llegó la Revolución Sandinista la decisión pasó de temporal a definitiva. El doctor Bárcenas resolvió arraigarse en Estados Unidos.




Así reclutó a su primer socio de “Renal Specialists of Houston”, que según su portal web, es la práctica de nefrología más grande de Houston y una de las 10 prácticas de nefrología más grandes de Estados Unidos. Son 22 nefrólogos que deben atender desde la admisión y atención de los pacientes, hasta el control de infecciones y los trasplantes de riñón.

En 1982 él participó, por primera vez, en un procedimiento de este tipo. Un muchacho de veintitantos años, le daría voluntariamente a su padre uno de sus riñones. Bárcenas preparó al paciente para recibir el trasplante y luego de la operación, le dio seguimiento para que no rechazara el órgano. La cirugía fue un éxito.

Un par de años después el joven donante murió en un accidente automovilístico. Su padre, hasta hace poco, seguía vivo. “Todavía tiene el riñón del hijo, todavía está sin diálisis”, recalca este médico nicaragüense.

Bárcenas ya casi no atiende a pacientes. Ahora se dedica más a la parte administrativa. Vela por la bienandanza de la práctica y por la correcta atención de los casos que reciben.

De conejos y cantantes.

Camilo Bárcenas se crió entre el barrio Candelaria en Managua y una finca familiar en Tipitapa.

Ahí en noches de cacería se interesó por la biología.

A los conejos que atrapaban para la cena, les abría la panza y les escarbaba la anatomía. Le gustaba fijarse dónde estaban los órganos. Siempre supo que quería ser médico.

Estudió en el Colegio Calasanz, el que se cayó con el terremoto de 1972, ahí se hizo amigo del músico Carlos Mejía Godoy.

Al bachillerarse se fue a León. Fue el mejor estudiante de medicina interna de su promoción.

Pasó su internado en el extinto Hospital El Retiro y se empezó a interesar en el área de nefrología, de hecho fue una de las primeras personas que realizó diálisis en Nicaragua.

Un cantante colombiano, de nombre César Andrade, fue su primer paciente. Lo habían envenenado en una noche de parranda y tenía los riñones paralizados. Con la diálisis, aún rudimentaria en 1966, se logró eliminar de la sangre el exceso de sustancias nocivas.

El colombiano sobrevivió y cada vez que el doctor llegaba a las tertulias del Country Club y del Club Terraza él detenía la música y decía:

—Viene entrando el doctor Bárcenas. Él me salvó la vida—.

Médico en Estados Unidos

Desde que Camilo Bárcenas llegó a Estados Unidos los avances en nefrología han sido “pasmosos”, asegura.

Para la década de los 60 había menos de mil personas realizándose diálisis en ese país, para 1972 la cifra aumentó a 10 mil. Todo por una ley que mandaba al Gobierno a asumir los gastos de los tratamientos, que por caso, cada año rozan los 25 mil y 30 mil dólares. A diferencia de Nicaragua cuya Ley de Donación y Trasplante de órganos, tejidos y células para seres humanos (Ley 847), sigue sin tener reglamento, y sin que en el país exista una lista de donantes y de pacientes que urgen recibir un riñón.

Los trasplantes de este órgano son muy exitosos, resalta Bárcenas. Alguien que obtiene un riñón de un donante vivo, tiene la posibilidad de vivir de 25 a 30 años. Uno de donante cadavérico (muerto) puede resistir 15 ó 20 años.

Hay un paciente que este nefrólogo no olvida. John Moore Washington, era un conserje de 50 años que sobrevivió a una insuficiencia renal, a más de tres años de diálisis, a la cirugía de trasplante, aceptó el riñón y un mes después murió por una varicela que le pasó su nieto. Todo porque en ese momento no habían medicamentos para salvarlo.

“Increíble, ¿no? Frustrante también”, lamenta el doctor.

¿Y Nicaragua?

Bárcenas, —cabello blanco, cejas negras y labios finos—, es padre de tres y abuelo de cinco. Tiene más de 40 años de matrimonio con Aurora Cárdenas. También nicaragüense.

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El doctor Camilo Bárcenas y su esposa Aurora Cárdenas

Para él, su familia es su mayor logro.

Amante de la Bossa Nova, la ópera y las películas de ciencia ficción (la saga de los Juegos del Hambre, salta entre sus filmes favoritos). Este médico viaja a Nicaragua entre tres y cuatro veces al año. Viene a visitar a sus amigos. A la familia.

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El doctor Camilo Bárcenas con su familia.

Siempre ha estado vinculado a su país. En plena contrarrevolución muchachos graduados en medicina, que huían de Nicaragua, fueron recibidos por él en Estados Unidos para capacitarse. Atendió a más de 20 en un período de 10 años. Les ayudaba a conseguir trabajo o programas de entrenamiento y a aprender inglés.

A sus 72 años, Bárcenas ya no caza. Desde que entró a la facultad de medicina no volvió a empuñar un rifle y pese a que sus primeros pasos como médico fueron con cuchillo(han pasado casi 60 años de cuando diseccionaba conejos) su fama la alcanzó en otro ámbito. Todo se debe, dice entre risas, a su “incompetencia manual”. A sus dos manos izquierdas.