Opinion

Nicaragua 1990-2020: La desconfianza colectiva y la tinta que se desvanece el día de la votación

Necesitamos tres grandes cosas: Condiciones para elecciones libres y transparentes con reformas al CSE; trabajo y organización; y confianza.

El 25 de junio de 2020, se firmaron los estatutos de la Coalición Nacional. Un paso muy importante en la consolidación de la unidad nacional que aún enfrenta muchos retos. Diferentes voceros de la Coalición han expresado que esta no tiene fines estrictamente electorales, Alexa Zamora, miembro del Consejo Político de la Unidad Nacional Azul y Blanco, expresó que, “el fin último de la Coalición no son las elecciones y que el día uno, empieza después de las mismas”.

Este mensaje puede llamar la atención, al tener en cuenta que muchos nicaragüenses ven en este acto de unidad la futura “opción electoral” a la que apoyaremos para salir de Daniel Ortega. Además, uno de los puntos que conforman la misión de la CN es precisamente “transitar de la dictadura a la democracia con elecciones libres transparentes con observación irrestricta nacional e internacional en las que los ciudadanos puedan elegir a sus autoridades nacionales regionales y municipales para acceder el poder”.

Entonces, ¿por qué se hace tanto hincapié en que la Coalición no tiene fines electorales? Todos queremos elecciones libres, pero el tema de la alternativa electoral y candidatos genera mucha suspicacia y desconfianza. En ese contexto es entendible que la Coalición ponga mayor énfasis en el plan país y en la construcción de un nuevo contrato social que en el tema de la competencia electoral que con normalmente se enlaza con la repartición de “puestos” y “curules”.

El proyecto de la Coalición es cambiar un país en el cual, tras años de vivir en condiciones antidemocráticas y de violencia estatal, las y los nicaragüenses asociamos el proceso democrático con intereses particulares, y solo después con la instauración de un nuevo Estado que permita una administración en función del bien común.

La violencia estatal y paraestatal, la inseguridad ciudadana, la incertidumbre del entorno, las condiciones económicas que cada día son más duras y que ponen a las familias ante situaciones de ansiedad cotidiana las cuales provocan una disminución de la confianza hacia las autoridades, también generan posiciones de desconfianza ante liderazgos que se perciben como “futuros funcionarios públicos”.

En este escenario, la Coalición tiene como desafío proponer una propuesta país para el transcurso de las próximas décadas mientras se enfrenta al enojo como sentimiento público. Los nicaragüenses que queremos salir de la dictadura tenemos el reto de atender la herida de la “desconfianza” que amplía su efecto a través del enojo y que orienta nuestras conductas individuales y colectivas.

Atender la “desconfianza” no supone creer ciegamente en la Coalición, sino en lo que podemos hacer nosotros y en recordar cada día ¿quién es el enemigo? Planificar una transición, lleva mucho tiempo. Michelle Bachelet se refería a la experiencia chilena, diciendo: “La transición requirió miles de reuniones políticas y de seminarios, implicó viajes por todo el país para reunirse con líderes sociales y sindicales (…) En un principio, ni siquiera nos pusimos de acuerdo sobre cómo gobernar una vez que se volviese a la democracia, pero el proceso de vencer a la dictadura a través de elecciones, era claro”.

Esa última frase, vencer a la dictadura a través de elecciones es lo que debemos tener claro, y en Nicaragua vamos a necesitar tres grandes cosas: 1. Condiciones para elecciones libres y transparentes que pasan por las reformas al CSE, y la observación electoral, entre otras cosas; 2. Trabajo y organización, 3. Confianza.

Los nicaragüenses hemos confiado antes y podemos hacerlo ahora. El domingo 25 de febrero de 1990, se llevaron a cabo las elecciones que permitieron una de las transiciones en Nicaragua. Para esas elecciones la Organización de Naciones Unidas para la verificación en Nicaragua y la OEA habían montado una red de observadores que provocaba confianza a los nicaragüenses de tal modo que creyeran en el voto como recurso para el cambio.

En el libro “La difícil transición nicaragüense” Antonio Lacayo, jefe de campaña de la Unión Nacional Opositora (UNO), cuenta cómo luego de ir a votar con su esposa Cristiana Chamorro al Colegio Calasanz escucharon en la radio que la tinta venezolana con que se manchaba el dedo a cada elector se quitaba con agua y jabón. Aparentemente, todo estaba preparado para el fraude.

Esa tarde el expresidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter se reunió con los jefes de campaña de cada partido y les dijo que habían detectado varios problemas con la tinta utilizada para marcar el dedo y que algunas personalidades aseguraban que las elecciones ya eran un fraude, expuso que en vista que los resultados de la elección podrían ser puesto en duda por cualquiera de las partes. Ellos estaban dispuestos a cancelarla a lo inmediato sí la UNO o el FSLN  creían que en efecto habían montado un fraude y para eso necesitaba la respuesta de los jefes de campaña

No era una deliberación fácil porque se estaba decidiendo sí legitimar unas elecciones que podrían darle una victoria al FSLN. Antonio Lacayo decidió que, aunque la tinta tenía problemas, iban a confiar en los observadores, pero sobre todo en que los nicaragüenses iban asistir las urnas para depositar sus votos.

Lo interesante de este recuento, es que por encima de la tinta que se desvanecía y de todas las marrullas sandinistas, estaba el hecho del “aporte ciudadano”, “el poder de la gente”. Ahora, al igual que en el pasado, somos los nicaragüenses quienes vamos a decidir el futuro del país a través del voto secreto, pero más importante aún, vamos y podemos gestar los cambios través de su participación en el proceso de organización de la Coalición nacional, la democratización de las organizaciones que la integran, la presentación de propuestas para el plan de nación y la crítica efectiva.

Es importante señalar que la nueva Nicaragua pasa por la construcción del nuevo ciudadano que debe interiorizar que después de las elecciones comenzará una etapa cuyo éxito dependerá del esfuerzo y la voluntad de todos, de nuestra capacidad de alcanzar acuerdos y trabajar en función del bien colectivo.

*Estudiante de Relaciones Internacionales, miembro de Acción Universitaria.

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