Opinion

Aquí es ninguna parte

En “Ninguna Parte” no hay nada ya. Es “La Nada”. Un rey silencioso se reencarna en el coronavirus, y no sale de su escondite

En Guayaquil, camino a “Ninguna Parte”, salen los muertos. Ahí, como en otros lugares del mundo, llegó el coronavirus, el “covid-19”, a reinar derrotando la razón y la ciencia. Es la pandemia de dos cabezas y es hermafrodita. Guayaquil, es uno de sus laboratorios anatómicos, biológicos e inmorales. Ahí el coronavirus ha instalado sus más mortales tubos de ensayo. Trabaja in vitru sobre cadáveres regados por toda la ciudad. Dicen que es una Escala Técnica para llegar más siniestros y mortales que nunca a “Ninguna Parte”.

Tirados en cunetas o dentro de sus casas, los muertos no dicen nada. Sus familiares han llamado inútilmente a números de emergencia que ofrecen lo que no cumplen: recoger los cadáveres. Las imágenes son escalofriantes. Un carro llega a un punto en una calle solitaria con un cadáver que sus ocupantes pretenden envolver en plástico para abandonarlo a su suerte inmortal. Llega la policía y la solución que encuentra es obligar a los “embalsamadores” a llevarse nuevamente el cadáver, quizás para tirarlo a un cauce que simbolice la eternidad. En una casa cinco de sus ocupantes han ido muriendo uno por uno. Pienso yo que el último en morir conoció la eternidad antes de conocer la nada de sus semejantes. En la entrada de un hospital, aferrada a su silla de ruedas, acaba de morir una señora sin ser atendida. Han pasado cuatro horas. ¿Será esa la danza de las horas?

Mientras tanto, desde la “Escala Técnica” sale una peregrinación programada por los infieles, hacia un lugar que bien puede llamarse Popoyuapa. Mientras en un departamento ganadero de “Ninguna Parte” los demonios se preparan para celebrar su Semana Santa. Son, dicen, los virus de la corona alentados o mejor dicho azuzados por una sacerdotisa que es la reina de un rey ausente, o de un reino inexistente que vive del fariseísmo de sus invocaciones seudorreligiosas y del eco de sus interminables letanías. Sus disposiciones, contrarias a la razón del mundo que recomienda el aislamiento, distancia social y quedarse en casa para evitar que se propague la Pandemia, son todo lo contrario de lo que se recomienda, y todo parece confirmar que la Reina es la Pandemia, y que lo que pretende es que este pueblo muera en mal olor de multitudes, mientras sus serviles bailan, hacen peregrinaciones hacia un becerro de oro que solo ellos ven, y agreden verbal y físicamente a sacerdotes que evitando aglomeraciones, cargan el Santísimo para que los fieles lo vean pasar.

Pero de alguna manera la Semana Santa se repite, como en la novela de Nikos Kazantsakis, “Cristo de nuevo crucificado”. La Semana Satánica, por su parte y magia de la reina, se esconde en sus túneles sin fin, o fingen el sueño de Job en “El Carmen” En este periplo siniestro hacia “Ninguna Parte” ya Lázaro fue resucitado por Cristo en Guayaquil. El verdadero amor no se descompone y nunca es putrefacto. Por eso este Lázaro simboliza a los pocos que quedaron, y a la vez la lección para “Ninguna Parte”, destino de la peregrinación a Popoyuapa. El sacerdote eleva al Santísimo cada vez que Cristo cae con su cruz a cuestas. El pueblo, el verdadero, lamenta el sacrilegio de quienes bailan celebrando la barbarie. La sacerdotisa, como si fueran una corona de espinas coronavirus suelta sus letanías inútiles que se incorporan a una piara de cerdos enloquecidos, que se despeñan por las laderas de una montaña.

En “Ninguna Parte” no hay nada ya. Es “La Nada”. Un rey silencioso se reencarna en el coronavirus, y no sale de su escondite. Incluso, aterrorizado, si se ve al espejo se contagia de él mismo, ya que él es el coronavirus, como la reina la pandemia. Los dos son una misma persona o un mismo virus. ¿Será el rey ausente algo imaginario? Siempre ausente e inexistente. Sus destinos reales son la irrealidad. Como reinan en “Ninguna Parte” les interesa un pueblo muerto en las calles, como en Guayaquil. Entonces llegan “los enterradores”, poema de María Amanda Rivas de un libro con un título muy significativo, No hace daño disolverse: “Tu brazo puede halarte desgracias./ Y si otros sirven en la cofradía,/ los males se multiplican./ Se encadenan como bandadas de pájaros negros,/ no dan tiempo a nada ni a nadie,/ te sacan los ojos, te picotean la lengua,/no importa la ruta que escojas,/ socavan el paso y te hunden./Son interminables las fosas comunes:/ de manos que creyeron que dar de comer al/ hambriento los salvaría,/de voces alzándose ante la inminente catástrofe, /de quienes calmaron la sed que no cesa, se acrecienta/ en las urnas refrigeradas de los supermercados,/ pronóstico del futuro./ De hombres y mujeres, de niños. ¿Se salvaron de algo peor?/De huesos y carne se llena la tierra. / ¿Y, el libre albedrío, la lucidez, la iluminación?/¡Nada práctico lleva uno en el bolsillo! /La oración/el único poder que no acaba/sobrevive con todo el peso y nauseabundo hedor/ de los enterradores. / Como lombriz de tierra suaviza el poro por/ donde se suelta la esperanza.”

Jesús recorrerá en esta Semana Santa, el mismo camino de siempre. El mismo que vio Kazantzakis. El mismo camino de la sorna, pedradas y burla de los fariseos. El mismo de los Doctores de la Ley en la Asamblea Nacional: Legislando contra Cristo y contra la justicia. Por ese camino se vuelve a subir al Gólgota, y Jesús es puesto en su cruz al lado de los dos ladrones. Con el bueno conversa y le promete su salvación. El malo no cree en el amor al prójimo y regresa al lado del coronavirus. Los partidarios de la pandemia aplauden exactamente cuando se rasgan las cortinas del templo, y Jesús clama al padre creyéndose abandonado. Pero no es verdad. Su padre nos ha encargado bajarlo de su cruz, y llevarlo por el mismo camino, de regreso, al comienzo de esta historia. En “Ninguna Parte”, aquí, ninguno de los que existieron están. Ahora estamos nosotros.

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