Opinión

Nicaragua: de la esperanza a la tragedia

FSLN

A 39 años de la gesta heroica, para los chilenos los sucesos trágicos que se suceden en Nicaragua son particularmente dolorosos.



En julio de 1979, después de 40 años de una dictadura oprobiosa, el pueblo nicaragüense terminaba con la dinastía de la familia Somoza. Una mayoría ciudadanía abrumadora, encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), se rebelaba contra la expoliación económica, la represión política, la muerte y la tortura. La revolución popular sandinista no sólo abría un camino de esperanza para Nicaragua, sino se convertía en una referente de lucha para América Latina, región aplastada por dictaduras militares oprobiosas.

Este 19 de julio se cumplieron 39 años de una gesta heroica. Pero, se trata de una celebración trágica, porque una nueva dinastía, de la familia Ortega-Murillo, oprime al pueblo nicaragüense. La policía, encabezada por el cuñado de Ortega, junto a bandas paramilitares, han asesinado a 300 civiles, con miles de heridos, desaparecidos y torturados. Esta ha sido la respuesta del régimen orteguista frente a las demandas ciudadanas contra la arbitrariedad, el robo y la corrupción.

La reforma a la seguridad social contra los trabajadores hizo explotar en abril el descontento social, acumulado por años. Pero antes, el pacto de Ortega con el expresidente, el liberal somocista Arnoldo Alemán, había puesto de manifiesto el giro hacia la derecha y el autoritarismo del nuevo Gobierno.  Ese pacto aseguraba un manto de protección a los robos de Alemán y, al mismo tiempo, el apoyo de éste a la gestión de Ortega. A partir de ese momento el FSLN y el Partido Liberal se reparten las instituciones públicas, desde la Corte Suprema hasta el Consejo Electoral.

En el Consejo Electoral son nominados tres sandinistas y tres liberales, a los que se agrega un miembro de la Iglesia, nominado por el cardenal Ovando, quien designa a su sobrino, Roberto Rivas, cuyo enriquecimiento ilícito ha sido reconocido urbi et orbi.

A partir de su primer mandato, en 2007, Daniel Ortega construye una sólida alianza con el Consejo Superior de la empresa privada (COSEP), respaldado por el FMI y el Banco Mundial.  Recibe además el beneplácito de los Estados Unidos, a cambio de la garantía del control estricto del tráfico de droga, con una presencia activa de la DEA, en territorio nicaragüense.

Así las cosas, el nuevo Gobierno “sandinista” con un claro viraje hacia la derecha y hacia el autoritarismo, favoreció el enriquecimiento de la oligarquía tradicional, pero también el de una nueva burguesía, la burguesía orteguista.

El entendimiento del Gobierno con el capital nacional y extranjero ha tenido su expresión más brutal en la concesión de la construcción de un canal interoceánico por territorio de Nicaragua, en favor de un aventurero de nacionalidad china. Se trata de una descarada entrega de soberanía nacional, que da continuidad a concesiones mineras, forestales y pesqueras, manejadas directamente por la familia Ortega Murillo y a sus allegados, y que han provocado el rechazo reiterado de campesinos y medioambientalistas.

Por otra parte, hay que reconocer que gracias al crecimiento económico y a las políticas sociales de corte asistencial se ha avanzado en la reducción de la pobreza. A este propósito ha sido útil la ayuda venezolana, gracias a un ventajoso acuerdo petrolero. Dineros que nunca pasaron por el presupuesto de la nación y que fueron manejados directamente por la pareja presidencial y sus allegados. Fondos que sirvieron además para multiplicar los negocios de la familia presidencial, entre ellos la compra de canales de televisión, administrados por los hijos de Ortega.

En las condiciones descritas fue fácil para Ortega reelegirse el 2011 y luego en el 2016, y gracias a una reforma constitucional, iniciar un tercer mandato; esta vez acompañado en la vicepresidencia por Rosario Murillo. Todos los esfuerzos de las fuerzas opositoras por construir una alternativa han sido aplastados por Ortega y sus socios del PLC, gracias a las instituciones que monopolizan

El excomandante Hugo Torres, resume bien la naturaleza del orteguismo, comparándolo con el somocismo,

“Las similitudes entre el Gobierno actual de Daniel Ortega y el tejido que logró armar la dictadura somocista da escalofríos. Daniel Ortega se ha apropiado del partido de la revolución, el Frente Sandinista, lo ha desnaturalizado y lo ha convertido en su partido, en un partido familiar.”

“A través del pacto con Arnoldo Alemán, Ortega ha ido convirtiendo al PLC en su propio partido zancudo (subordinado), dándole a éstos cuotas de poder, lo que le permite vender la imagen de legitimidad porque tiene “oposición”, mientras mantiene dividida al resto de las fuerzas políticas opositoras. No ha podido con el conjunto de la jerarquía de la iglesia católica, pero en ese esfuerzo atrajo al Cardenal Obando, convirtiéndolo en cómplice de sus fechorías. También ha venido manejando las mejores relaciones con el gran capital. Y el gran capital está tranquilo haciendo negocios y no cuestiona al régimen. Y, por si fuera poco, Ortega alimenta un mesianismo y un culto a su personalidad escandaloso, superior al que practicaron los Somoza.”

En suma, Ortega privatizó al FSLN y el Estado, convirtiéndolos en instrumentos al servicio de su familia y allegados. Todas las instituciones del Estado -Poder Judicial, Poder Electoral, Fiscalía, Contraloría, Procuraduría de Derechos Humanos- están subordinadas a su control.

Hoy, la conmemoración de los 39 años de la revolución sandinista nos llena de tristeza.

En los años ochenta, el FSLN no sólo había tenido éxito en derrocar a la dictadura sino también en defender la revolución, negociar la paz y garantizar la alternancia democrática. Fue un proceso político inédito. Ello le consagró un masivo apoyo internacional de gobiernos de variado signo político y de ciudadanos de distintos países que llegaban a Nicaragua a apoyar la revolución.

Hoy, el FSLN de Ortega, y su Gobierno, son una vergüenza. Deshonran la memoria de Sandino. El giro a la derecha, el nepotismo, la corrupción y, ahora, los asesinatos masivos de ciudadanos indefensos, han borrado de una plumada el referente que la izquierda latinoamericana tuvo en el sandinismo.

Ortega funda su apoyo en la represión, porque ha perdido toda legitimidad. La mayor parte de los históricos comandantes ya no están con él y tampoco el exvicepresidente Sergio Ramírez. Los empresarios, la Iglesia y los propios norteamericanos, que han sido su principal fuente de apoyo, se están desembarcando. Incluso su aliado, el Secretaria General de la OEA, Almagro, ha comenzado a pronunciar discursos en su contra.

Pero, lo más importante, la ciudadanía masivamente lo rechaza.

Para los chilenos los sucesos trágicos que se suceden en Nicaragua son particularmente dolorosos.

Nuestra relación con Nicaragua tiene larga data. Rubén Darío, el padre del modernismo, escribe su novela Azul en Chile, apoyado por el hijo del presidente Balmaceda. Gabriela Mistral, nuestra poetisa insigne, se compromete con la lucha antimperialista del general Sandino, quien la nombre abanderada del Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional.

Finalmente, es imposible olvidar el papel jugado por revolucionarios chilenos en el triunfo del 19 de julio de 1979. Especialmente en el Frente Sur, la presencia militar de nuestros compatriotas fue determinante en la derrota de la Guardia somocista. Lo fue también el rol de chilenos en la reconstrucción de las nuevas instituciones nicaragüenses y en la defensa contra la agresión norteamericana.

La esperanza que, en su momento, la gente digna y los demócratas del mundo entero cifraron en Nicaragua se ha visto frustrada por el Gobierno vergonzante de Ortega. Sin embargo, tengo confianza que la valentía del pueblo nicaragüense, junto al sandinismo decente, terminarán con la dinastía de Ortega, como antes lo hicieran con Somoza.

*Economista, exdecano de la Facultad Economía Política de la Universidad de Chile y exministro de Planificación de Chile. Publicado en www.eldesconcierto.cl