Opinión

Nicaragua: “House of cards” de la vida real

El caudillo compite por un tercer término presidencial (con su esposa como vicepresidenta, removiendo los balances contra su poder. ¿Suena familiar?



La búsqueda del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, por el control político absoluto se ha vuelto más desnuda y evidente que nunca. Su reciente decisión de remover los contrapesos restantes a su poder ha provocado una ola de críticas en la prensa internacional. Gracias a hábiles maniobras del hombre fuerte de Nicaragua, es poco probable que su mandato, cada vez más autoritario, genere una reacción sostenida a nivel doméstico o internacional.

El siempre astuto Ortega, a sus 70 años, ha estado muy ocupado acumulando poder e influencia en todas las instituciones de su nación desde que regresó a la presidencia. Elegido en el 2006, y una vez más en el 2011, busca un tercer período consecutivo el 6 de noviembre – esta vez, con su esposa Rosario Murillo, de 65 años, como compañera de fórmula. Durante la última década, Murillo ha adquirido un poder sin precedentes – incluyendo el control de los programas sociales del gobierno – y se ha convertido en una gobernante de facto a la par de su esposo.

El inminente ascenso de Murillo a la vicepresidencia es solo el paso más reciente en el plan de Ortega para concentrar el poder. Insatisfecho con realizar elecciones ampliamente denunciadas como fraudulentas, controlar las cortes, establecer la reelección indefinida, descalifcar a los principales líderes de la oposición para competir, y prohibir la observación electoral independiente, Ortega – a través de sus leales en la Corte Suprema – ordenó la remoción de 28 legisladores de la oposición (16 propietarios y 12 suplentes) el pasado 29 de julio.

Pero, ¿representan estas últimas movidas antidemocráticas un mal cálculo que trae el riesgo de perturbar la gobernabilidad?. No parece posible. Ortega ha sido efectivo en erosionar todos los retos a su poder: va encarrilado a la reelección, con un 67% de intención de voto en las últimas encuestas, de acuerdo a M&R Consultores. Reconocido por su astucia política y no por sus inclinaciones democráticas, Ortega parece estar tratando de prevenir problemas que podrían socavar su mandato, o eventualmente, el de Murillo.

Consolidarse en el poder, es un objetivo que ha estado construyéndose durante décadas. Durante los 80, Ortega condujo el país como líder del movimiento sandinista que en 1979, derrocó a Anastasio Somoza, dictador apoyado por los EE.UU. La familia Somoza gobernó Nicaragua por 44 años. Fue un régimen dinástico, corrupto y despótico, cuyo estilo de gobierno fue conocido como Somocismo. La primera década de Ortega en el poder fue marcada por una intensa confrontación con Washington – que con intenciones de derrocarlo, financió sin éxito al ejército rebelde de la Contra -, y una ofensiva contra los intereses económicos del país, que condujo al colapso de la economía. Ante el ocaso de la Unión Soviética – su principal aliado internacional – y una economía en ruinas, Ortega accedió a llamar a elecciones en 1990, en las cuales fue derrotado por Violeta Chamorro.

Después de sufrir este revés, Ortega planeó metódicamente, durante una década y media, su regreso al poder. Construyó una alianza con los partidos conservadores tradicionales, que confrontó como revolucionario, lo que le permitió ganar en primera vuelta las elecciones del 2006 con tan solo el 38% del voto. Una vez de regreso en la presidencia, Ortega empleó una variedad de estrategias para acumular poder y perpetuarse en él.

Primero, uso engañosas maniobras legales para acosar a los que se resistian a alinearse con él, incluyendo a antiguos miembros del gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Hoy, la oposición está débil y fraccionada, luchando por abrirse un camino en un país donde las cartas están marcadas en su contra. En 2011, Ortega fue reelecto con el 62% del voto, y prácticamente no tiene contrincanteen la elección del seis de noviembre.

Aunque Nicaragua es el segundo país más pobre de América Latina después de Haití, Ortega ha gobernado sobre una tendencia de crecimiento constante – el PIB se ha duplicado desde el 2006 -, y ha recibido felicitaciones (incluyendo las del Fondo Monetario Internacional) por su prudente administración de la economía. Murillo y otros altos funcionarios de gobierno publicitan proyectos de progreso y desarrollo social, que le dan esperanza de movilidad económica a algunos de los más pobres.

Notablemente, y aún más importante que el crecimiento económico, desde 2007 Ortega ha forjado una especie de pacto de no agresión mutua con la comunidad empresarial de Nicaragua, acallando de esa manera a un sector potencialmente vigoroso de la oposición. A través de consultas regulares, la confederación nicaraguense de asociaciones de negocios, conocida como COSEP, ha construido una cálida relación con el gobierno – aunque bajo el entendido de que no se meterán en política, y en correspondencia, Ortega les dejará hacer sus negocios con poca interferencia y mínimos impuestos.

Este modelo “corporativista” distingue a Nicaragua de algunos de sus vecinos centroamericanos, donde las relaciones entre gobierno y sector privado son frecuentemente menos estructuradas y armoniosas. Aunque la última avanzada de poder de Ortega empujó al COSEP a expresar algo de preocupación, se ven reacios a afectar el acuerdo que tienen con el gobierno. Aún así, están silenciosamente nerviosos ante la posibilidad de que el cierre de espacios políticos desmotive a los inversionistas extranjeros, incrementando las preocupaciones existentes alrededor de la reducción de precios favorables en los rubros de exportación en los próximos años.

Similarmente, en el frente internacional, es improbable que Ortega encuentre mucha resistencia. A diferencia de los 80, cuando Nicaragua era un punto de atención en la guerra fría, esta nación centroamericana de seis millones de personas difícilmente figura en la agenda política de Washington. El foco de la política hacia América Latina reside en la implacable crisis de Venezuela, y los severos problemas de seguridad y gobernabilidad en los vecinos del norte de Nicaragua – Guatemala, Honduras, y El Salvador -. Las declaraciones de preocupación por parte del Departamento de Estado de EE.UU, y los gobiernos de Costa Rica y México, ante la expulsión de los opositores de la Asamblea Nacional, no tendrán mucho efecto, y tampoco el documento que prepara la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos.

El arreglo funcional que Ortega construyó con el sector privado, sumado al respetable desempeño económico del país y sus esfuerzos de desarrollo social, llevan a los observadores a hacer considerables concesiones al caudillo en lo que se refiere a la democracia. Desde hace mucho tiempo, es difícil negar el carácter autoritario del gobierno, pero ha sido “suave” en contraste a, digamos, el dominio con mano de hierro de Hugo Chávez en Venezuela, o la represión generalizada de eras pasadas. Y, después de todo, dicen con cinismo algunos observadores, dentro y fuera de Nicaragua, ¿por qué aplicar los estándares de la democracia liberal y representativa a una nación que, dada su historia, parece condenada a algún tipo de dominio autoritario?
Es más, los niveles de violencia de Nicaragua – al menos, medidos por la tasa de homicidios – son sustancialmente menores que los de sus vecinos del norte – donde reinan las narco-pandillas y el crimen organizado. La diferencia esnotable, y puede atribuirse en parte al hecho de que la fuerza policial de Nicaragua es más profesional. Además, Ortega ha sido un aliado de los EEUU en la lucha contra el narcotráfico, lo que le ha ayudado a ganar algo de favor en Washington.

Una de las pocas voces que consistentemente se niegan a aceptar el autoritarismo de Ortega como el precio que hay que pagar por crecimiento y seguridad es Carlos Fernando Chamorro, el hijo de la ex presidente y ahora el editor del medio Confidencial. Chamorro, que una vez fue sandinista, hasta que se desilusionó de Ortega en los 90, ha sonado la alarma sobre el sistemático desmantelamiento de la democracia en Nicaragua durante la década pasada: “estamos ante un régimen autoritario que no tolera ningún tipo de competencia en espacios institucionales, ni autonomía en los poderes del estado”, escribió en una columna de opinión en el mes de julio.

Chamorro también cree que las acciones recientes de Ortega pueden anticipar algunos problemas con su proyecto político. Para empezar, Ortega ya no puede recurrir a Caracas para apoyo económico. Desde inicios del gobierno de Ortega, la riqueza petrolera de Venezuela, primero bajo Chávez, y ahora con Nicolás Maduro, lo ha provisto de un subsidio anual estimado en 500 millones de dólares, que ya no puede mantenerse ante la economía colapsada de ese país. A través de sus trabajos de periodismo investigativo, Confidencial ha revelado que el subsidio de Venezuela fue utilizado principalmente como fondo personal de Ortega, y ha sido fuente de considerable corrupción – subproducto de la opacidad y la falta de rendición de cuentas que caracteriza al régimen.

También es bastante probable que mientras Ortega hace sus movidas en el tablero de ajedrez político, tenga en mente el destino de la faraónica construcción de un canal avalado por el empresario chino Wang Jing por el monto de unos 50 mil millones de dólares.

Comprensiblemente, hay mucho escepticismo sobre si se materializará el gigantesco proyecto que promete competir con el canal de Panamá. A la fecha, han habido pocos atisbos de progreso, y existe considerable resistencia de movimientos ambientalistas las comunidades campesinas en Nicaragua. Ortega bien puede haber anticipado disturbios sociales asociados al proyecto canalero, que podrían demandar de él poder absoluto para ordenar su avance. Alternativamente, puede haber concluido lo mismo que otros observadores – que el proyecto canalero no se realizará -, lo que sería un golpe económico y político, que podría significar tiempos duros en el futuro. De cualquier manera, Ortega necesita estar listo.

Es difícil saber qué pasará en Nicaragua después de las elecciones del seis de noviembre, en las cuales la fórmula Ortega-Murillo se enfrenta a casi ninguna oposición. Gracias a las últimas, más descaradas avanzadas de poder – la culminación de una erosión dramática de las salvaguardas democráticas – la pareja presidencial ejercerá el control total. Paradójicamente, Ortega parece haber perfeccionado el gobierno dinástico del somocismo que alguna vez derrocó.

Ortega es probablemente inteligente al prepararse para un período turbulento. Aunque la economía es estable, hay nubarrones en el horizonte. Un gobierno tan notablemente personalista tiene significativas vulnerabilidades inherentes. Aún así, el hombre fuerte de Nicaragua ha demostrado ser resiliente, aprendiendo de sus tiempos en la selva de la política. Sería un error subestimarlo.


* Michael Shifter es presidente de Diálogo Intermericano. Publicado en la revista “Foreign Policy”. Se reproduce con autorización del autor y de la revista