Opinión

¿No hay candidato opositor?

Probablemente, la demanda de agua, pronto sea la consigna socialmente más revolucionaria



El proyecto de la concesión canalera, tal como

está, es una nueva forma de esclavitud.

Francisca Ramírez

A estas alturas no sólo no hay candidato opositor, sino, que el Consejo Supremo Electoral, por instrucciones retorcidas de Ortega, no convoca a elecciones, de manera que no arranca la campaña electoral para los comicios de noviembre próximo.

El objetivo de las distintas agrupaciones opositoras es el mismo – dice Eduardo Montealegre -, pero, la táctica es distinta. Así, por diferencias tácticas, explica Montealegre la múltiple división de la oposición tradicional en fracciones cada vez más pequeñas. Sin percatarse que en política como en todos los campos de la realidad existe una interrelación decisiva entre medios y fines. Y que ambos factores, en política, se derivan de la necesidad de tomar la iniciativa táctica para cambiar favorablemente la relación de fuerzas con el adversario.

En realidad, la percepción ciudadana es que las diferencias que prevalecen entre los políticos tradicionales corresponden al orden de participación de cada organización en las listas electorales, lo que determina la probabilidad, para cada quien, de acceder a puestos públicos. De tal manera, que la tendencia lógica a unirse a ciegas -conivnctis viribus– como opción conjunta electoral, lleva aparejada la discordia por la cuota de los puestos previsibles. Lo que les resta credibilidad aún en los sectores más atrasados de la población.

No hay una unidad estratégica, sin una estrategia combativa

Un buen estratega conoce que no son los objetivos generales los que unen, sino, un programa de lucha. O sea, la acción combativa concreta para cambiar favorablemente la correlación de fuerzas, con base a encuentros oportunos en contra de la táctica del adversario.

El secreto de la estrategia de unidad está, no en programas ilusorios de gobierno, sino, en encontrar las consignas centrales de movilización de las masas, que se correspondan con el carácter progresivo de la contradicción fundamental de la realidad política.

Para ello, hay que concentrar el trabajo de agitación política en los sectores sociales en grado de tomar la vanguardia de la lucha contra Ortega, en virtud de sus propios intereses sociales.

Las elecciones son un medio supeditado a la lucha real

Cualquier dictadura, de carácter retrógrada, tiende a ganar las elecciones sin necesidad de fraude. Simplemente, porque la sobrevivencia de grandes sectores de la población está supeditada, cada vez más, a formas vitales de dependencia respecto a las estructuras partidarias del régimen opresivo, identificadas plenamente con la burocracia estatal. Pretender, sin embargo, que las elecciones validen democráticamente esta realidad dictatorial, constituye, lógicamente, una paradoja.

Las elecciones, para un partido progresista, deben ser evaluadas por la estrategia, como medio apropiado o menos, según el nivel de conciencia de las masas, para promover en este proceso político la movilización independiente de los trabajadores contra el orteguismo. Las elecciones son, al fin de cuentas, un medio supeditado a la lucha real.

Ilegitimidad de Ortega ante la desolación electoral

Las elecciones representan, sin embargo, un momento crucial de incomodidad para el régimen dictatorial de Ortega, ya que muy a su pesar, con un proceso electoral desolado, completamente deprimido, acaba por jugarse la legitimidad de la prolongación de su gobierno ante la opinión pública nacional e internacional.

En palabras sencillas, una dosis de aparente legitimidad requiere una dosis mínima de credibilidad en las masas como fuente de poder.

A Ortega, por lo tanto, se le ha pasado la mano tontamente al desprestigiar y minimizar las elecciones. De modo, que neciamente se aísla a sí mismo, con la idea mesiánica que él es fuente de su propio poder. Su cálculo político, entonces, es similar a la agudeza analítica de quien serrucha la rama del árbol en que está sentado.

Sentido dialéctico de la apatía electoral

Este fenómeno de apatía electoral tiene su origen en la ruptura de todo vínculo entre la participación ciudadana y las decisiones que el poder político orteguista toma de manera oscura, oculta y caprichosamente, y que vienen ejecutadas a ciegas por una burocracia servil, que sólo responde verticalmente al vértice del poder.

De manera que, como el vino en odres nuevos, en el interior de esta reacción apática posiblemente fermente una revolución social.

Después de todo, la pérdida de confianza en las elecciones ofrece una oportunidad a un partido progresista para crear un movimiento de masas combativo. Los partidos electoreros, indecisos ante su propio dilema existencial, ven la apatía electoral como si al enjabonarse en la ducha se percataran, con perplejidad, que no sale agua por la regadera.

¿Qué es la dictadura?

Cuando escuchaba el reproche amargo de la población, que el orteguismo restableció una dictadura peor que la de Somoza, Tomás Borge, como argumentum ad consequentiam, preguntaba a este respecto: ¿Dónde están los presos políticos? ¿Dónde están los torturados y los muertos?

Este razonamiento de Borge constituye una falacia lógica. Las características violentas de una dictadura son de naturaleza dialéctica, responden al intento de una burocracia, en situación de aislamiento, de conservar el poder a cualquier costo.

La dictadura, en esencia, no es la violencia o el fraude electoral, los cuales son circunstanciales, sino, la identificación plena de la burocracia partidaria con la burocracia estatal. Peor aún, si el Estado, y con éste el Derecho, es reducido a instrumento personal, como hace el orteguismo.

El orteguismo conduce a un Estado sumamente débil. Ello no significa que sea menos represivo o que controle menos abusivamente cada movimiento ciudadano, cuanto que carece de estrategia económica nacional. La debilidad estribaría en la carencia de ideología, en la falta de una coherencia metodológica, que se ve sustituida, muy pobremente, por el capricho discrecional del dictador, ávido únicamente de enriquecimiento improductivo desvergonzado.

La mafia moderna, en el mundo globalizado, intenta diluir su inmenso poder económico en la legalidad, adaptándose a las reglas del poder democrático, para mimetizar sus operaciones financieras en el orden jurídico establecido. Ortega, en cambio, ha seguido el camino inverso. Ha mimetizado el orden jurídico establecido en las operaciones mafiosas, reduciendo el Estado y sus instituciones a meros apéndices de los negocios corruptos, para acaparar, con una legalidad espuria, un inmenso poder económico.

Se trata, entonces, de una dictadura degenerativa, que convierte el Estado en un aparato de alcances miserables, destinado a garantizar la impunidad personal de Ortega.

El agua como consigna revolucionaria

Las contradicciones sociales más profundas contra la dictadura orteguista ocurren hoy por la tierra, tanto en las zonas de especulación de la concesión canalera (no en balde es la mayor traición política de Ortega), como en el Caribe nicaragüense; y contra la explotación depredadora de los recursos naturales por una economía extractiva, con despales que arrasan con los bosques y con las zonas protegidas.

Probablemente, la demanda de agua, como expresión de la más aguda contradicción con la burocracia orteguista, pronto sea la consigna socialmente más revolucionaria. Para enfrentar con eficiencia la gravedad de la emergencia hídrica, habrá que transformar íntegramente la sociedad. En ese proceso, el orteguismo está llamado a implosionar, por los efectos estratégicos de los altos costos destructivos de su aparato depredador.

Las clases dominantes no son los agentes del cambio inaplazable, antes bien, se engolosinan entusiasmadas, como moscas ebrias en la miel, con los negocios especulativos que ofrece la corrupción orteguista.

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El autor es ingeniero eléctrico.